Saturday, December 13, 2014

Despachos desde una Dictadura

En cierta ocasión Aristóteles dijo que no bastaba decir solamente la verdad, sino que era más conveniente mostrar la causa de la falsedad en todas las venturas y desventuras de la historia.
La frase me viene a la memoria gracias a leer un libro de David Halton titulado "Dispatches from the Front", que es una biografía de su padre, Mathew Halton. Se los recomiendo a todos los cubanos.
En realidad, se los recomiendo a todos los que quieran entender las causas, las verdaderas causas, de las carencias informativas de la prensa extranjera anclada en Cuba.
Todas las prácticas de la propaganda bajo una dictadura fueron ensayadas, diseñadas y utilizadas por la maquinaria de propaganda del régimen nazi. Los comunistas, después de Stalin, se nutrieron de esas fuentes. Y, ciertamente, el castrismo las conoció, y las usa.
También se me hace imprescindible decir que todas las malas prácticas de la prensa occidental, supuestamente democrática, fueron usadas durante el período de convivencia conveniente con el nuevo estado nazi alemán. Años 1933-1937. Todas expuestas por el gran periodista que fue Halton, y contadas en esta biografia.
Halton padre fue el más famoso y conocido de los corresponsales canadienses de la Segunda Guerra Mundial para la CBC. Como todo hombre de gran carácter fue poseedor de una personalidad plena de contrastes. Mujeriego, pero con un amor profundo por su esposa, a la que siempre volvía, y nunca abandonó a pesar de sus aventuras románticas. Brutalmente honrado hasta la testarudez, se enfrentó a la marea de la “convivencia conveniente” con el nazismo en el periodismo occidental en Norteamérica. Y sufrió sus consecuencias.
Hoy, sin embargo, es considerado un precursor, un hombre que logró ver mas allá de lo aparente, de la fachada creada por la maquinaria de propaganda del régimen nazi.
Es importante decir que Halton no fue el primero en alertar sobre los peligros del naciente régimen de Hitler. Ya había leído los reportes de Pierre van Paassen, un colega suyo del “Toronto Star”, y de Edgar Ansel Mowrer, el corresponsal berlinés del “Chicago Daily News”, que había sido expulsado de Alemania por sus reportes críticos. Pero en 1933, Matt era mucho más audaz y abierto en sus opiniones sobre Hitler. También más testarudo.
En uno de sus reportes escribió: “Yo pienso y creo que Hitler destruirá Alemania”.
Ningún otro periódico norteamericano había publicado una imagen tan comprensible y profética como lo hizo Halton para el periódico de Toronto, el de más alta circulación en Canadá, ni aún el “Winnipeg  Free Press”, furiosamente crítico de los nazis. Ningún otro periodista norteamericano demostró cuál era el mapa político de Hitler hacia la guerra, con tanta precisión y exactitud. Mientras muchos lo acusaban, o rechazaban sus reportes, algunos pocos, poquísimas excepciones, señalaron el valor de Halton al describir con exactitud lo que el hitlerismo significaba, el valor de haber realizado un servicio oportuno para el mundo democrático.
En esta etapa, en el otoño de 1933, casi ningún político y, ciertamente, muy pocos periodistas estaban haciendo este tipo de juicio condenatorio, demoledor. Incluso el gran periodista estadounidense Walter Lippmann llegó a alabar a Hitler en su momento como "la auténtica voz de un pueblo genuinamente civilizado."
Mattew Halton admitió que:
"En los pueblos y ciudades de Alemania, a través de la cual estoy vagando, todo en la superficie es la luz solar, la energía, el resurgimiento. Pero no tardaría más de 24 horas para cualquier persona que supiera leer o escuchar en Alemania para ver más allá de esa fachada.”
Dos meses antes de que la serie de Matt fuera publicada en el Star de Toronto, comenzó a aparecer, en el “Toronto Globe” y en el “Montreal Gazette”, una serie de 13 artículos donde se elogiaba pródigamente al régimen nazi (algo que me hace retornar demasiado mis pensamientos hacia el “The New York Times”). La serie había sido escrita por Erlan Echlin, un periodista independiente canadiense, que luego fuera encarcelado por el servicio británico de inteligencia por la grave sospecha de ser agente alemán.
¿Qué tal, Londoño?
Echlin describía la Alemania de Hitler como un país idílico, donde “el orden, la paz y la esperanza había sido restaurada”, donde millones de arios atendían conciertos y óperas, y donde las iglesias católicas y protestantes aplaudían a Hitler, por haber salvado la religión del bolchevismo. A Echlin le fue garantizada una entrevista con Hitler mismo, siéndole negado el derecho a citarle en sus palabras, pero donde podría escribir “libremente” sus impresiones.
Y en su peor estilo de servilismo Echlin describió al dictador como “fuerte y sin miedo”, “sin vanidad”, “él representa la paz” y “Alemania tiene sólo un deseo, preservar su independencia”.
Tan pronto como los despachos de Halton comenzaron a ser publicados el periodista fue acusado de ser “belicista y sensacionalista”, dentro de los círculos del periodismo norteamericano y, específicamente, en la prensa canadiense. Algunos de los ataques más virulentos a su credibilidad provinieron de la comunidad Católico-Romana, quienes aplaudían a Hitler por detener la “marea roja”. El Arzobispo Católico de Toronto llegó a pedirle a sus feligreses, en sus prédicas de domingo, que no compraran el “Toronto Star”, periódico donde publicaba Matt sus crónicas alemanas.
Más tarde en su vida, Matthew Halton se quejó de haber sido un profeta despreciado en su patria, Canadá. La serie de artículos sobre la Alemania nazi alertó a cientos de miles de canadienses del peligro nazi. Pero la serie no provocó ningún efecto discernible en la política del gobierno canadiense, y muy poco cambio en la opinión pública nacional.
Ah, ¡las playas de Varadero para los turistas canadienses como duermen conciencias!
Desde las posiciones de izquierda hasta las de derecha se pensó que no existían razones para tomar partido en los distantes asuntos de Europa. Hitler estaba “muy lejos”.
¡También lo está Cuba!
Lo más interesante del libro sobre Mattew Halton se encuentra en su capítulo 6 titulado “The German Series: sounding the alarm”. Donde David Halton, su hijo, hace un recuento de esa serie alemana de reportajes. Apartando la enorme importancia que tuvieron, y su exactitud histórica, para los cubanos lo más interesante del libro, y para mí, está en las revelaciones que en ese capítulo Halton junior hace de Halton padre.

Las revelaciones de los corresponsales extranjeros en Berlín


La mayoría de los corresponsales occidentales residentes en Berlín auto-censuraban sus informes, para evitar poner en peligro su prestigiosa publicación, o el riesgo de disgustar a sus empleadores de vuelta a casa y perder el empleo.
¿Les suena conocido?
Louis Lochner, jefe de la oficina de Associated Press (AP) en Berlín durante la década de 1930, más tarde resumió el mensaje que los corresponsales en Alemania estaban recibiendo de la administración de sus respectivas casas matrices:
"No decir ninguna mentira, pero informar sólo tanto de la verdad que se pueda informar sin llegar a distorsionar la imagen, lo que nos permitiría permanecer en nuestros puestos".
Como consecuencia, los corresponsales tendían a depender en gran medida de las declaraciones de los líderes nazis y los comunicados de prensa del gobierno, para sus reportes de prensa. Hubo una renuencia casi total a informar sobre el lado oscuro del régimen, y una evasión general del análisis crítico. Aún un corresponsal norteamericano tan importante, y valioso, como William Shirer, autor más tarde del best-seller “El ascenso y la caída del Tercer Reich”, escribió con aire de culpabilidad en su diario que suavizó una historia para evitar enojar a los nazis:
"Si tuviera agallas, o si el periodismo americano las tuviera, habría dicho algo en mi despacho esta noche. Pero no se supondría que fuera entonces 'editorial'".
Otro factor que ayudó a crear una prensa extranjera generalmente dócil en Alemania era la medida en que fue cortejada, así como amenazada, por el régimen nazi. Hitler mismo, de vez en cuando, invitaba a los corresponsales “flexibles” para las sesiones de off-the-record en su refugio de montaña, en Berchtesgaden. Josef Goebbels, el ministro del muy orwelliano Ministerio de Instrucción Pública y Propaganda, hacía gran parte del trabajo de los corresponsales extranjeros, suministrándoles las fuentes y entrevistas.
Todo, por supuesto, con los simpatizantes de los nazis.
Este ministerio suministraba otros favores: ayuda en el arrendamiento de los apartamentos de los corresponsales extranjeros y la organización de viajes, pases especiales a los grandes eventos, y las entradas a precios reducidos para los conciertos y óperas, muy frecuentes en la época de ascenso de Hitler. Se construyó un club pródigo para los periodistas extranjeros con una sala de prensa bien equipada, que servía como oficina para algunos corresponsales. También organizó “noches de cerveza y embutidos”, de manera regular, donde los corresponsales eran informados por “insiders” nazis.
Muy pocos corresponsales occidentales se opusieron a la relación íntima con sus anfitriones. El baile anual de la Asociación de la Prensa Extranjera en Berlín, en el Hotel de lujo Adlon, era un evento social al que asistía regularmente el propio Goebbels, y los principales miembros de la jerarquía del partido Nazi.
Los nazis también usaron tácticas más siniestras para fomentar la docilidad de la prensa extranjera. A los corresponsales se les permitió intercambiar sus salarios en moneda alemana, a un ritmo de dos o tres veces mejor que a cuanto estaba el tipo de cambio oficial en el momento. Para algunos corresponsales eso significaba triplicar sus ingresos - una forma no tan sutil de soborno, pero práctica. Uno de los documentos del partido nazi llegó a afirmar explícitamente que "la amistad de la gente de prensa debe ser asegurada, si es posible, por el soborno."
Otra práctica nazi era plantar historias fabricadas anti nazis que, si se publicaban, luego se revelaban como falsas, y eran utilizadas para desacreditar al corresponsal. Usualmente un reportero inconveniente y molesto.
¿Le recuerda esto algo a CNN?
En Londres, en 1935, el propio Matt tropezó con una de estas operaciones en su contra, orquestada por los hitlerianos. Un alemán, que decía ser “un refugiado”, le dio una historia acerca de una supuesta atrocidad cometida por los nazis. Afortunadamente, Matt chequeó a fondo la identidad del supuesto refugiado, el cual se reveló como lo que realmente era, un agente alemán.
Leyendo la biografía de Mathew Halton, y especialmente ese capítulo 6, se llega a comprender cómo transcurre la vida del periodismo occidental en un país como, por ejemplo, Cuba, cuyo régimen ha practicado todas y cada una de las tácticas que el canadiense reveló, precursoramente, en los años 30, cuando todo occidente cortejaba a Hitler.
Occidente ha estado cortejando a Castro por 56 años, y tolerándolo. Su prensa sufre las mismas carestías y la misma falta “de agallas”, como decía William Shirer.
Llegué al libro de David Halton casi como un accidente. Un feliz accidente de amistad. Una amistad cubana de Twitter, Sandra Bajaña, me envió un enlace a un magnífico artículo de David sobre la biografía de su padre. Sandra me ha enviado hasta un video donde el autor habla sobre el libro. Y yo, con mi curiosidad, “como la de un fregadero” como decía mi padre, busqué en internet, descargué el ebook, y me leí de una tirada el libro en una madrugada, la de ayer.
Un excelente libro que a todos les recomiendo.
Nos habla de Halton padre, pero sin pretenderlo nos está hablando de Cuba hoy, de lo que sigue sucediendo con la prensa extranjera en aquel país, y con la práctica menesterosa de las agencias occidentales de noticias enclavadas en una dictadura. Esta vez, una dictadura en el mismo corazón de América.
Mathew Halton, como todo hombre de principios, y como todo verdadero periodista, supo mostrar la causa de las falsedades en la historia, como pedía Aristóteles. Habló ayer del régimen de Hitler, pero nos habla hoy sobre el régimen de Castro.