Wednesday, December 3, 2014

Cuba y sus 43 formas de quedarse muda

Estudié con un mexicano en Cuba, se llamaba Marcos. Indiano, pequeño, con esa apariencia típica con que nos imaginamos a todos los miembros del imperio azteca, sólo que Marcos no era ese cliché de fantasía con que nos regalan los malos productos comerciales de la televisión sobre los supuestos “nativos mexicanos”.
Inteligente, locuaz y alegre, pero también un joven con un profundo pensamiento de izquierda, de la izquierda romántica, esa que lo hizo irse a Cuba para estudiar matemáticas.
La Cuba de Marcos era ese país en su cabeza: ideal, con todos los matices sublimes románticos de la revolución liberadora, “con los humildes y para los humildes”.
Debo consignar aquí que Marcos se marchó cinco años después con otra Cuba, y otro profundo convencimiento. No quiso volver a regresar, y no creyó mas en la Cuba aquella que habitaba en su cabeza.
El desengaño político que Marcos experimentó en esos cinco años lo llevó a confesarme que tampoco creía en los jóvenes cubanos, y que no pensaba que a Cuba realmente le importara mucho lo que ocurría en México, en su pueblo, en sus habitantes, en el verdadero México de las calles.
El tenía a una Cuba en su cabeza, que no era la real. Y nosotros teníamos a un México en la nuestra, que tampoco lo era.
Conversamos largamente. Discutimos algunas veces. Pero siempre quedamos siendo amigos. Me explicaba Marcos que en México la policía era uno de los factores fundamentales de las desapariciones de personas, y que también los políticos, a todos los niveles, estaban implicados en muchas de esas desapariciones.
Me habló de presidentes, de partidos, de los dos más importantes. Ninguno de ellos de su entera confianza. Y todos corruptos, con una mano profundamente enterrada en los tratos ilegales con mafias políticas, e intereses económicos bastardos.
Esa era su voz.
Se molestaba cada vez que las autoridades cubanas hablaban de México laudatoriamente. Y aplaudían su política exterior en los escenarios mundiales, ensalzando la estatura “moral” de la política oficial mexicana.
“En México hay miles de desaparecidos, de eso nadie habla”. Me decía.
¿Por qué en Cuba no se habla nada de eso?
¿Por qué el gobierno revolucionario cubano no desenmascara la hipocresía del PRI?
Son esas algunas de sus preguntas de entonces.
Por supuesto, yo sabía muchas de las respuestas, y algunas se las dije. Algunas las creyó, otras pensó que, como el gobierno cubano no era muy simpático para mi persona, esas eran mis respuestas.
El tiempo le daría su respuesta, sólo el tiempo. Pensaba yo entonces.
¡Y así fue!
Un día le sugerí que organizara un conversatorio para los estudiantes de la facultad sobre México, el verdadero México del que me hablaba. Le sugerí que no mencionara con mucha especificidad los tópicos, y mucho menos que fuera a hablar de los desaparecidos, y de la implicación de los partidos tradicionales políticos en la existencia de esos desaparecidos cuando pusiera su convocatoria. "Prepáralo para la conferencia, pero no lo divulgues", fue mi consejo. Y así lo hizo.
La conferencia se realizó en una tarde de abril, a las 6, en una de nuestras aulas en la facultad de los laureles, como se conocía a nuestra facultad de Matemáticas y Ciencias de la Computación, la que está en el recodo de la izquierda de la planta baja, frente a los muy conocidos laureles de la colina.
Los asistentes fueron: Marcos, el que les escribe… y las hojas que el viento arrastraba de los laureles hacia el aula, y lograba colar por la puerta abierta.
A nadie le interesó llegarse ese día a aquel rincón de La Habana, ni aún a los que compartían con Marcos un “mayor entusiasmo y simpatía” por el gobierno cubano.
Es una triste historia. Yo sabía que iba a ocurrir algo parecido, no tengo que ocultarlo, aunque esperaba que al menos alguien, alguno de los que compartían con Marcos clases, y algunos de mis amistades de entonces acudieran. Nadie lo hizo.
Marcos preparó datos, nombres, listados de personas y lugares. Elaboró estadísticas. Buscó nombres de instituciones que luchaban por reivindicar esas muertes. Contactó con organizaciones de derechos humanos a través de su hermano, en Ciudad de México. Escribió su conferencia y preparó sus transparencias. Pero la realidad es que aquella aula quedó vacía toda la hora planificada.
Sólo las hojas de los laureles, unas pocas, fueron arrastradas por el viento.
Antes de irse de Cuba Marcos se llevó casi una biblioteca de libros. Entre ellos, las obras completas de Martí, que las había leído en sus cinco años de estudio en Cuba. Parece increíble, pero cuando lo recuerdo me causa pena saber que, siendo cubano, a muy pocos jóvenes he visto comprar las obras completas de Martí. Y él las compró, y las leyó.
Y para ser totalmente sincero, a nadie lo he visto hacer. Hay jóvenes cubanos que, incluso, ignoran el segundo apellido del apóstol de Cuba.
Me preguntarán por qué les hago la historia de Marcos, cuyo apellido hoy ya ni recuerdo.
Muy sencillo.
Desde el 27 de septiembre se reporta la desaparición de 43 estudiantes mexicanos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. La desaparición fue el final de una escena de violencia policial, donde estuvieron implicados también civiles, entre ellos estudiantes y periodistas. Los hechos dejaron un saldo de al menos seis personas fallecidas, veintisiete heridos y 43 estudiantes desaparecidos.
Desde entonces, México se ha tornado distinto, o al menos así parece.
La Escuela Normal Rural de Ayotzinapa ha sido objeto constante de represión por parte de los gobiernos locales y federal debido, fundamentalmente, a su fuerte tendencia de izquierda y una propensión a la violencia. Es asimismo conocida como semillero de luchadores sociales y disidentes.
Siendo así, sin embargo, no se explica el silencio del gobierno de Cuba sobre los hechos. Y tampoco que, cada vez que se aborde en la prensa oficial cubana, o no se profundice las implicaciones políticas sobre el gobierno local, y específicamente sobre Peña Nieto, o se haga remarcando convenientemente las palabras de este presidente sobre Iguala.
En otras ocasiones son sólo líneas telegráficas sin reporte alguno, ni opinión especializada sobre el tema.
Por ejemplo, el reporte sumamente escueto del 21 de Noviembre del 2014 de “Granma” donde hacen mención, con marcada conveniencia, de las palabras del presidente mexicano, como se puede ver en la toma de pantalla de este post.
La cancillería cubana, sin embargo, se mantiene muda. Como aquella aula que les hable, frente a Marcos y a mí, sólo cubierta por algunas hojas de los laureles en aquella tarde ventosa de abril.
¿También hay laureles sembrados en los alrededores de la cancillería cubana en La Habana?
No recuerdo.
La vocalidad cubana, y la gritería mediática del gobierno de Cuba, se acaban cuando sus gobiernos de conveniencia se ven implicados en escándalos, tribulaciones incómodas para la política de amistosa confraternidad con la complicidad diplomática entre sus gobiernos.
En otros casos y bajo otras circunstancias, cuando la “amistad” diplomática no existiera, y la complicidad muda no fuera necesaria, la cancillería de Bruno Rodríguez ya estuviera acusando a romanos y troyanos. Grecia ardería desde los cielos comunistas, y en la ONU ya estuviéramos escuchando los discursos inflamatorios “humanitarios” de la solidaria perversidad oficial de Cuba.
La historia de conveniencia entre el gobierno de Cuba y de México explica, y fue una de mis respuestas de entonces a Marcos, el silencio sobre otras desapariciones, y otras tragedias mexicanas, donde también ese gobierno ha tenido una mano escondida en el asunto.
Puede, para los ingenuos como Marcos, no entenderse el silencio sobre crímenes que la izquierda no debería callar, y quedarse muda.
Pero a veces la izquierda, de conveniencia y en el poder, se hace de derechas con la mudez de sus líderes “revolucionarios”.
En el caso de Iguala, el gobierno de Cuba tiene 43 explicaciones bochornosas para su silencio.

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