Friday, November 28, 2014

Usura de Estado

Un reciente editorial del “The New York Times” aborda el tema del “robo de cerebros” en la política que, supuestamente, sostiene la Casa Blanca con respecto a otorgarle refugio a los médicos cubanos que abandonan su misión. No argumenta sus opiniones, sólo lanza su ronda acusatoria. No ofrece las estadísticas de los otros miles de cubanos que llegan a los Estados Unidos, sin ser médicos, pero huyen de Cuba. No esclarecen el papel causal del gobierno de La Habana de ese escape, de todos los escapes.
Su objetivo es claro: otorgarle a la ley de amparo por refugio al cubano el carácter ideológico del castrismo, la categoría de robo.
Pero, ¿quién roba a quién aquí? ¿Y cómo lo hace?
Si los que escriben, y subscriben, los editoriales del “The New York Times” fueran coherentes con sus predicamentos deberían entonces empezar por casa, y comenzar diciendo que ellos mismos han sido “robados” a otros gobiernos, otros países, otras áreas geográficas del mundo.
Deberían decir, para ser específicos y no caer en la casual acusación como cae el NYT, que el grupo editorial de ese periódico practica delitos de abducción de cerebros en otras partes del planeta. ¿Saben por qué?
Muy sencillo. Ese grupo editorial está compuesto, según el sitio oficial del diario, por 19 profesionales de la información, periodistas que han ejercido la labor en otros medios, incluidos el mismo NYT, y que han nacido muchos en otras partes del mundo. De todos ellos, 6 de sus componentes han nacido en la India, Burma, Colombia, Japón y Francia. El mismo director ejecutivo del grupo editor, Andrew Rosenthal, nació en Nueva Delhi. Y su coeditora, Terry Tang, es también hija de emigrados, como muchos hijos de emigrados de Norteamérica.
De acuerdo al mismo sitio del NYT, el grupo editorial sostiene encuentros para discutir los tópicos actuales de los que se van a ocupar, y los editoriales son escritos por uno de sus miembros y revisados tanto por Rosenthal y Tang, para después ser publicados. Es decir, los editoriales son productos de dos “cerebros robados” según los razonamientos causales del NYT, que no míos.
¿No es así “The New York Times”? ¿O es que sólo la terminología es aplicable al caso de la política norteamericana sobre Cuba, y a sus emigrantes?
Por supuesto, los editoriales, aunque no tienen nombre, pues son firmados por todos, alguien los tiene que escribir. Y en el caso de los que han abordado el tema de Cuba, se hace evidente que lo ha hecho el Sr. Ernesto Londoño, un producto también del “robo de cerebros” de ese diario. ¿O me equivoco?
Es importante decirlo como se debe, pero nadie, ni ningún gobierno, especialmente el norteamericano, va por el mundo acosando a los médicos cubanos para que deserten. Los médicos se van, como se fue el escribidor Londoño de Colombia, a buscar una buena vida en los Estados Unidos.
Y la encontró… escribiendo para que los cubanos no puedan encontrarla.
¿Le molesta? ¿Es algo personal? ¿Envidia quizás?
Que nadie se llame a capítulo, ni piense que es excesiva las inquisiciones al respecto. En la comunidad emigrante norteamericana hay molestias por las preferencias cubanas, y de ahí su oposición evidente a la “Ley de Ajuste”, a la cual también le dedicaron los editorialistas sus dardos. Y puedo comprender sus reparos, incluso sus personales envidias y molestias. La ley que ampara al cubano es discriminatoria por defecto de las demás nacionalidades, pero las demás nacionalidades no están sometidas a una dictadura. Es importante decirlo.
Sin embargo, alejándonos de estas banalidades, vayamos a algo con más sustancia e importancia. ¿Quiénes son verdaderamente los ladrones de cerebros en el caso cubano?
En esto me va a ayudar el mismo señor Londoño con su editorial. Dice:
“Cuba lleva varios años usando sus brigadas médicas como su principal fuente de ingresos y poder persuasivo.”
No es un secreto para nadie, ni para los mismos editorialistas que, escandalosamente, hablan con estos términos pero acusan al lado errado, el norteamericano. Y para colmo de lo vergonzoso, añaden:
“…La Habana podría pagarle a su personal en el exterior de manera más generosa si las brigadas médicas van a seguir representando una importante fuente de ingresos.”
Es decir, para los señores Rosenthal, Tang y Londoño, la práctica de mercantilización de la mano de obra profesional cubana no es escandaloso, ni es un robo, ni es “excesivo”. Denle unos miserables dólares más, y el resto quédenselo de su parte. Les dice al gobierno cubano.
Me pregunto, y les preguntaría si tuviera oportunidad de hacerlo, ¿también practica el diario neoyorquino la usura con sus empleados?
¿Acaso el Sr. Londoño permitiría que el gobierno americano, a través de la compañía que lo emplea, el “The New York Times”, lo usara como mercancía a cambio de un pago miserable?
¿Serían capaces todos, y cada uno de los miembros del equipo editorial del NYT, de entregar tácitamente parte de su abultado salario, sin protestar y sin conocer para qué se utilizaría ese destajo?
Me imagino que no.
Todavía existe un detalle significativo de estos editoriales que es necesario dilucidar. Entre las explicaciones “racionales” dadas por el “robado” Andrew Rosenthal, sobre la andanada de editoriales sobre Cuba, habla de que su diario ha utilizado este bombardeo periodístico en misiones como la lucha por la legalización de la marihuana.
Curioso. Déjenme explicarles por qué.
Al parecer quien estuvo a cargo de  escribir los editoriales sobre la legalización de la marihuana fue la señorita Juliet Lapidos, que se encarga de los temas culturales del equipo editorial, pero que se encargó de enfrentar, con una muy crispada actitud, las críticas que esos editoriales sufrieron. La señorita Lapidos es lo que se conoce, en el argot periodístico, como una “contrarian journalist”. Es decir, para los desconocedores del término, ese tipo de periodista que “parece ser ‘contrario por la fe de serlo’, especialmente a una posición opuesta por una mayoría y a pesar de lo impopular que sea esa opinión”. Proviene del diario digital “contrarian” por excelencia: The Slate.
Me pregunto, ¿habrán tomado nota de esta posición en el NYT y estarán haciendo la misma política editorial del “Slate” para re obtener el mercado perdido años atrás por los escándalos de credibilidad del NYT?
No es una conjetura despreciable. Todos ellos sabían que la comunidad cubanoamericana iba a reaccionar, que los medios anticastristas iban a protestar airadamente, que el castrismo iba a aplaudir con estruendo y furor, que los cubanos todos íbamos a atacarlos de uno y otro bando, acostumbrados a ser una comunidad opinadora, que se hace oír, a veces no en la mejor de las formas.
Contaban con ello. Es, sencillamente, un oportunismo mediático. Y es la forma personal del Sr. Londoño de probar su valía como agente de influencia en el grupo editorial.
Lo escandaloso, sin embargo, está en que el verdadero culpable del robo de cerebros sigue estando enmascarado: el castrismo.
Nadie habla de que ese uso de las brigadas médicas, extensible a todo tipo de profesional cubano, “como principal fuente de ingreso”, como mismo afirma sin vergüenza el NYT, se hace sobre las bases de explotar las carencias materiales, informativas y espirituales de los cubanos.
Esos profesionales marchan a Sierra Leona, Venezuela, Angola y Ecuador a ganarse unos miserables dólares, pero dólares que no pueden obtener en Cuba, donde no pueden vivir una vida decorosa con sus miserables salarios, aún cuando, como reclama el NYT, el régimen de La Habana les “aumentó” sus salarios recientemente a 60 dólares al mes.
Cuesta creerlo, que un profesional de la salud se le pague lo que, posiblemente, el señor Londoño gana en una hora de trabajo en su oficina refrigerada de Nueva York y en su contra.
Y son estos profesionales, los cubanos todos, los que marchan a misiones en condiciones indefendibles muchas veces, o todas las veces, envueltos en el “aura romántica” con que siempre ha caracterizado los chantajes ideológicos la llamada “revolución cubana”, es decir, el castrismo.
El gobierno de Cuba practica la usura ideológica con ellos. Esa política de la zanahoria y el garrote. O marchas y ganas esos pocos miserables dólares en las condiciones establecidas por el régimen cubano, o las puertas las tienes cerradas para siempre, y hay un ojo que comienza a verte desde entonces.
¿Lo conoce el NYT?
Sí, y hasta bochornosamente lo dice:
“Algunos médicos que han desertado dicen que las asignaciones en el exterior han tenido un elemento implícito de coerción, y se han quejado porque el Gobierno cubano se embolsilla la mayor parte del dinero que genera sus servicios.”
¿Cuál es el resultado entonces?
Muy sencillo: la acreditación mediática de que la usura estatal cubana es una política viable, acreditada por organizaciones internacionales como la OMS, la OPS y muchas de las restantes instituciones de las Naciones Unidas.
Y ahora por el “ícono de los diarios”: el “The New York Times”.
¿Se queda ahí el “robo de cerebros” en el caso del régimen de Cuba?
No. Lo sabemos todos los cubanos. No queda ahí.
El “robo del cerebro” comienza en la pérdida de la identidad individual desde que ingresamos en las escuelas primarias, y tenemos que jurar por “héroes” que no nos pertenecen, por historias incompletas, por literatura que no describe ya mas la realidad de Cuba, por dirigentes que hace mucho tiempo descendieron del “limbo revolucionario” para posarse en los nidos acomodados de su mitología infalible.
El “robo de cerebro” está en esa pléyade de autores, artistas y personas que tienen que huir de Cuba para ver su obra crecer, o que viven en la anonimidad para el cubano local por su inconveniencia ideológica. El robo del patrimonio de intelectuales que el propio régimen calló implacablemente, persiguió, encarceló y hoy publica y gana emolumentos a costa de su desaparición física, cuando ya nadie puede reclamar por ellos, y cuando su obra trasciende la obra que prometió construir la llamada “revolución” y que nunca acometió.
Esas víctimas del robo crecieron, superaron a sus victimarios, pero desgraciadamente desaparecieron físicamente para procesar por usura criminal a sus ladrones.
Nadie habla sobre ellos. Son las víctimas las que deben hablar de los ladrones, no los mistificadores de esos robos, sentados desde un periódico que, al parecer, no tiene muchos que lo compren si no apelan a la técnica periodística del bochorno: “contrarian journalism”(*).
Los editores del NYT deberían saber, por experiencia propia, ya que muchos son frutos de ese llamado “robo”, que elegir emigrar de un país, de la forma que sea, no es una anormalidad. La anormalidad es no elegir quedarse en el país.
Y la pregunta importante sería, entonces, ¿por qué no se quedan los cubanos?
Por muchas razones, muchas de ellas bien conocidas por estos traficantes del periodismo del bochorno.
En Cuba, los cubanos hemos vivido 56 años de experiencia atados a esa política de usura. Muchos casi ni reconocen ya cuán gravemente van siendo esquilmados desde las más tempranas edades, llegando a la adultez y tomando una profesión con un salario de miseria para sobrevivir. Los castristas que intelectualizan esta usura claman que el profesional cubano debe pagar sus estudios, la inversión que el estado castrista ha invertido en ellos. Olvidan ponerle un término temporal a esa usura, y también un coto a la exigida probidad ideológica al régimen.
Porque también hay robo cuando se exime al individuo de su opinión, de su parecer personal, de su derecho a la diferencia. Que nunca se ha respectado ni se respeta en ese país.
Los profesionales, y todos los cubanos que lo son o no, son expulsados de sus trabajos y estudios por sus ideas políticas. Se les inhibe de su derecho esencial a tener una vida normal, una profesión de la que poder vivir, no importa cuáles sean sus opiniones y pensamientos.
¿Es que en el conjunto de valores humanos de los editores del NYT no constituye eso un robo?
Y para decir todo lo que merece ser dicho, sin que quede pelos en la lengua ni falte la palabra que haya que decir: no pienso que un colombiano, un indio o un acogido a la ciudadanía americana proveniente de ninguna otra parte del mundo, tenga el mas mínimo derecho moral a reclamar robos de los que ellos mismos no han experimentado en carne propia.
¿O sí?
¡Empezad, entonces, por decirlo!
(*) “contrarían journalism” es un término al que no he encontrado una mejor traducción al español. Algunos lo llaman “periodismo contrario” pero, para mi gusto, sigue siendo demasiado ambiguo y no alcanza a atrapar el significado que tiene en inglés. Es por eso que lo uso en ese idioma.

1 comments:

Mario said...

Excelente Juan Martín