Saturday, November 8, 2014

Martillo sin Hoz

Pedro de la Hoz está preocupado por las calabazas de Halloween, las banderas norteamericanas en los hombros “socialistas” de los jóvenes cubanos y las inconveniencias de las apariciones de ciertas competencias de “cheerleaders” en Cuba. Las llama “asimilación neocolonial de influencias foráneas”.
¡Qué extraño!
Esta misma Hoz nunca se preocupó por la asimilación poscolonial de influencias soviéticas. Nunca habló de intolerancias culturales, exclusividades ideológicas, favoritismos políticos de apellidos, filosofías exógenas caucasianas, símbolos exóticos este-europeos, campos de expatriados sociales por razones de credo, género y sexualidad.
Está preocupado por los símbolos extranjerizantes de celebraciones exóticas, pero no por la mediocridad de la cultura del ron aguado, de la guapería oficializada de los actos de repudio a disidentes y de “reafirmación” revolucionaria, vulgaridades culturales oficializadas desde el mismo buró editor de su diario exclusivo, periodismo inflamatorio de chismería ideológica, guataquería criolla, adulonería de apellidos y banalidad política de estado.
Está escandalizado por la invasión de celebraciones raras en lugares que debieran defender los “símbolos identitarios” cubanos. Me pregunto, ¿cuáles?
¿La cursilería melódica, la gritería de slogans ideológicos y el tropicalismo jineteril del producto cultural y natural cubano en plazas de atracción turística como Canadá?
Por estos días nos enfrentamos aquí, en Toronto, y en todo Canadá, a una lluvia mediática, infrecuente, de cierta publicidad mercantil sobre un país inexistente. Playas exóticas, aguas cristalinas, rostros sonrientes encuadrados en la postal tropicalista del auto antiguo, paisajes elusivos de un rincón geográfico que puede estar en la Riviera francesa, o en las costas sensuales de una playa en Bahamas, o tal vez en el paraíso irreal del turismo alienígena de un planeta del futuro distante. Todo lo que es “auténticamente” irreal, pero no es Cuba.
Pero esa imagen neocolonial, que en nada representa nuestros “símbolos identitarios”, no le molesta a este Pedro de la Hoz, sin el martillo.
"¿Auténticamente? Cuba", como se mercadea el país inexistente, nos deja con el sabor amargo de ese café que se desliza, con sensualidad socialista, cuesta abajo entre los pliegues curvilíneos al sur de la geografía morena de la jinetera cubana, la misma que atrapa al turista en el Malecón de medianoche, o en algún rincón discreto de Varadero. Nalgas turísticas, tabaco moreno comunista, sombrero pachangoso castrista, zoología de un poscastrismo encaramado en el potro viejo de un sistema que produce subproductos críticos como Pedro de la Hoz. Estalinismo petrificado en un país que dejó de existir hace ya mucho tiempo.
Le insultan las máscaras ajenas, pero rehúye hablar de las propias, establecidas en el nuevo lenguaje del oficialismo cubano.
¿Qué es más extranjerizante aquí: las calabazas de Halloween o el regaetton escandaloso y chismero de la cultura del ron aguado a la que acude el “Salón Rosado”, Artex, la Egrem, y los etcéteras castristas?
¿Que atenta más contra la identidad cultural: una fiesta inocente de brujas o las postales tropicalistas que las instituciones oficiales del poscastrismo promueven como cultura?
¿Qué realmente le molesta a esa Hoz?
¿Los gestos de contracultura a la oficialidad cultural promovidos desde esas mismas instituciones culturales a las que critica?
Si existen, si los jóvenes prefieren las banderas americanas en sus pechos socialistas, si florecen las “cheerleaders” cuando deberían “florecer” las “marchas combatientes”, de acuerdo a su lógica “auténticamente” cubana, es porque la cultura oficial no ha logrado convencer de su autenticidad, no ha dejado espacio a la creación, no se ha integrado al país.
En cambio, el país se marchó de ella, se escapó de su cordel, y ya no regresa.
La juventud no quiere seguir de la nariz con la argolla de la ideología del fracaso. Se evade, se escapa de ella, elude su entorno gris. Se enquista en el mismo cuerpo social del sistema que día a día se descompone.
Sencillamente, esperan un final biológico.
¿Se enteró, de la Hoz? ¿Todavía no llega esa noticia a "Granma"?
En otro orden de cosas, la política, que también es un componente importante de la cultura en cualquier sociedad, ha provocado la desvalorización de la identidad cultural, de la verdaderamente auténtica. En cambio, ahora tenemos la cultura del bochinche político, del chivatazo cultural, del ron aguado ideológico aderezado con sobredosis de actos de repudio social. Se dosificó desde las alturas intelectuales del castrismo, se le elogió en las páginas del periódico oficial donde mismo escribe esta Hoz, y se le justificó su existencia en función del embargo de una diversidad que siempre ha existido.
La diversidad es la premisa esencial de la democracia. La superficialidad, la banalidad y el kitsch no son ajenas a ella, pero no son exclusivas tampoco. La misma banalidad de un Halloween occidental se encuentra en esas marchas ordenadas, intrascendentes y sin contenido real de los primeros de mayo en plazas socialistas, actos “revolucionarios” que no revolucionan nada y “batallas” inicuas de sólo una posible idea. El detalle aquí es que la calabaza o el disfraz de la noche de brujas se sustituyeron por un cartel y una máscara de indiferencia.
Y al final Halloween no trata de ordenar, de coercer con una ideología, una religión política, ni siquiera un panteón de santos ideológicos. Transcurre inocentemente en la infancia de nuestras vidas. En cambio, el "halloween" político de la “Hoz y el Martillo” trata de establecer pautas, límites a nuestra libertad personal, es un muro de contención a la libre determinación del individuo como ser humano, social y estrictamente puntual.
En realidad, no sé qué es lo que le preocupa más a la Hoz, si es el hecho de que Halloween sea una tradición occidental o el que sea una fiesta de disfraces y máscaras, donde se hace burla del miedo.
¿Es que en el sagrario “identitario” cubano es peligroso burlarse del miedo?
¿O es que le atemoriza una fiesta donde una burla a ese miedo puede hacer uso de máscaras demasiado “sagradas” para esa celebración de inocencia?
La burla, la broma, la facundia criolla es típica de la tradición del cubano. Somos un pueblo bromista, burlador, jacarandoso, que hacemos de lo más serio, sagrado y sublime una pachanga. ¿Teme esta Hoz que mañana las máscaras de algún apellido sirvan para celebrar la burla al miedo en una fiesta de brujas?
La crítica cultural oficial cubana, que instaló ayer la alabanza al sistema soviético de valores culturales con el "realismo socialista, hoy critica la exoticidad de los valores del mundo occidental al que siempre perteneció Cuba, y se olvida, con mala intención o porque no puede hacerlo de otro modo, que ese mundo desapareció y ya no existe, para bien de todos.
Pedro de la Hoz, desde un periódico que nunca ha podido reclamar la máscara de auténtico, quiere ser martillo sin ya tener ninguna hoz que pueda sostener.

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