Saturday, November 1, 2014

Los sofismas de Ravsberg

“Normalidad y Progreso en Cuba” es uno de los últimos sofismas que el “agregado cultural” de la BBC, Fernando Ravsberg, acaba de publicar en el sitio “Cartas desde Cuba”. Confieso que a veces me siento harto de leer las mismas ideas repetidas, las mismas expresiones, casi hasta las mismas oraciones con signos de puntuación y acentos ortográficos de ciertos reportes, y reporteros, de la prensa extranjera en la isla.
La izquierda y sus representantes no pueden ver más allá de la propia nariz de sus tópicos. Y a veces actúan con un desprecio hacia el resto de los que pueden leerle que, honradamente, puede confundirse con ignorancia, desconocimiento o la simple percepción de que los demás actúan y piensan desde su misma silla de pensamiento.
Sentado en Miramar, desde una terraza soleada de una de esas viejas residencias de la burguesía de ayer, hoy exiliada en Miami, re-convertidas en casas para hospedar huéspedes ilustres, periodistas cómodos del régimen, tomando ese dulzón mojito con azúcar morena de caña, y tal vez delectando un mulato tabaco, cuyo hilo de humo dibuja piruetas en la briza sofocante del atardecer cubano, con las delgadas piernas (canillas le decimos los cubanos) señalando aquel mar, cuyo horizonte señala el camino de tantos cubanos en balsas y peligrosas aventuras de escapada, y que sobresaliendo de ese muy conocido pantalón corto, vendidos al por mayor en esas tiendas para turistas que pululan Norteamérica, parecen ser el signo distintivo de una realeza inexistente. La de los “tíos” que escriben el turístico panfleto de izquierda, el reporte de ocasión, la pintura tropicalista desde la altura de su planeta intelectual .
Así me imagino a Ravsberg.
Nos cuenta con ese dulzor de café moreno el encuentro en la “Fábrica del Arte” en La Habana, donde se habló de “normalidad y progreso”, ante una muy desacostumbrada muchedumbre de criollos preguntones. Entendiéndose “normalidad”, según el periodista, como el derecho a acceder “todos a internet, tener un salario que les permita a todos vivir dignamente y viajar a otras partes del mundo.”
¿Algo extraño en esa fórmula?
Parece que sí porque en sus propias palabras agrega entonces:
“Me parece muy bien que los cubanos aspiren a un progreso que los incluya a todos y no solo a una minoría pero si lo lograsen no serían ‘un país normal’ sino una excepción dentro de una región que ostenta el triste privilegio de tener la mayor desigualdad del mundo.”
Me pregunto, y le preguntaría a Ravsberg, ¿cuál fue el principio fundamental por el cual se hizo la “revolución cubana” entonces?
Porque desde el documento rector de aquel movimiento llamado “26 de Julio”, su autor y sus ejecutores, después de aquellas palabras, tenían esa intención: retornar las libertades usurpadas por el golpe de estado de Batista, combatir la pobreza (no repartirla), brindar las mismas oportunidades y hacer un culto del respeto a todas las libertades, civiles, políticas y económicas.
Dignificar al ser humano desde, supuestamente, la visión de “Patria es Humanidad” de Martí.
¿Lo conoce el BBC-periodista?
Quizás le pido demasiado.
Pero, además, ¿es que entonces no existen en Cuba las mismas diferencias o peores? ¿Es que acaso los hijos, nietos, familiares y amigos de sus oficiales, burguesía ideológica comunista, no hacen y deshacen de ese país?
¿No existen las diferencias entre el vecino de un barrio marginal en la misma Habana y el nieto del general-presidente-dictador de turno que entra en un concierto de “Buena Fe”, y no paga, rodeado de guardaespaldas y claque, consume en un hotel, reclama vacaciones en Varadero o disfruta de una facilidad que ese buen vecino de la Habana nunca podrá disfrutar?
Ah, y tiene casa decente, y autos donde moverse para no tener que sofocarse en un ómnibus destartalado chino, comida gratis y accesos a lugares exclusivos, restaurantes y comidas gratis, vida flotante de parásito oficial de un gobierno que no admite ser auditado, preguntado y cuestionado en sus gastos, balances financieros y cuentas en el arca institucional del país.
Sencillamente, la dictadura cubana es una perfección de transparencia financiera, sin ningún “accidente” de corrupción en su hoja clínica de comportamiento en 56 años.
Un perfecto argumento de novela para Corín Tellado. ¿Es así, Ravsberg?
Y a continuación agrega, no sin poca sutileza y sí mucha banalidad:
“Quienes hablan de que Cuba se convierta en un “país normal” no pueden estar pensando en la normalidad de Holanda, Suecia o Canadá. Sería un total desvarío pretender que una nación subdesarrollada y de muy escasos recursos naturales alcance esos niveles de bienestar.”
Cuba en 1958 tenía más desarrollo económico que la Holanda que el Sr. Ravsberg menciona en su escrito. Canadá era un proyecto de país entonces, con escaso desarrollo cultural, económico y social, que apenas había salido de las duras secuelas de la crisis de los años 30 y 40, y que empezaba a dar sus pequeños pasos legislativos constitutivos.
Sólo en 1965 vino a tener este frio país sus primeros símbolos unificadores como nación y a finales de esa década, en 1969, adoptar el multiculturalismo y sus dos idiomas oficiales. Y fue en los inicios de la década del 70, cuando Canadá comenzó a implementar las instituciones sociales que hacen de este país un símbolo de progreso, riqueza y fraternidad humana.
Cuba tenía entonces más de 300 años de historia y un desarrollo social, cultural, y económico que, de no haber sido dilapidado por la “involución cubana”, que es como debería llamarse esa tal ‘revolución’, nuestra pequeña isla sería ese “Canadá tropical” o la “Holanda caribeña” que sí hubiera podido ser, a pesar de todos los pesares de algún euro centrista periodista de la BBC.
Por cierto, lo que demuestra Canadá hoy día es, sin lugar a dudas, que se puede construir un país próspero y rico sin necesidad de destruir las instituciones democráticas y de participación. Sin necesidad de repartir la pobreza, sino de potenciar la riqueza. Sin necesidad de restringir la participación del talento individual en la construcción de un proyecto social, político y económico de una sociedad moderna, progresista y rica.
Pero, por encima de todo, el Sr. Ravsberg se olvida del ícono del desarrollo exponencial de una nación huérfana de recursos: Japón.
Ese gigante económico era un alfeñique en los 40, y con mucho menos recursos naturales que Cuba. Hoy es una de las más avanzadas economías del planeta.
Acto seguido, y sin tomar un respiro en sofismas, continúa Ravsberg:
“La única ‘normalidad’ que Cuba podría alcanzar a corto o mediano plazo es la de su región, la de Latinoamérica, donde no todos participan del progreso, muchos reciben salarios que no llegan a fin de mes y solo una minoría tiene acceso a internet o a viajar a otros países.”
Los conocimientos técnicos son el lado flaco de este 'periodista', devenido comentador de Cuba. Un país como Haití, de los más atrasados económicamente del planeta, posee un nivel mayor de conexión a internet que Cuba. En Cuba lo que no existe es voluntad política en desarrollar y expandir la conexión a internet para dar acceso a sus ciudadanos a la información, porque la información es una de las claves para el control político de cualquier sociedad.
Los países que nos rodean nunca han acotado el derecho de sus ciudadanos a viajar libremente. Y los salarios cubanos no es que no lleguen a fin de mes. No, Sr. Ravsberg, no llegan a fin de semana.
Retornando a Holanda y la Europa devastada de la II Guerra Mundial. ¿Qué hizo salir a esos países del desastre nazi y su destrucción?
¡El Plan Marshall norteamericano! Y gobiernos que lo utilizaron con inteligencia en su propia geografía física y política.
Pero Cuba también tuvo su “Plan Marshall”: 25 billones de dólares soviéticos que fueron dilapidados en planes alucinantes, donde la voluntad enloquecida de un ignorante trazó pautas inconquistables, irracionales e irrealizables, guerrillas de izquierdas devenidas narco-terroristas, destrucción de todo el entramado social, profesional, económico del país, aislacionismo voluntarista por caprichos políticos y excentricidades dictatoriales. Todo eso con el ánimo de alimentar el enorme ego personal de un ególatra rodeado de “vendedores de corbatas”.
Holanda creció y se convirtió en un país rico, cuando era sólo un terreno de “charcos y marismas”. Cuba, considerada en los 50 como la Suiza latina, se hundió hasta alcanzar niveles que la acercan a Haití.
El “Plan Marshall” de Holanda contribuyó a desarrollar un país. Y progresó.
El “Plan Marshall” de Cuba contribuyó a destruir una nación que ya estaba en el camino del progreso. Involucionó.
Cuando Ravsberg habla de mantener la educación y la salud gratis, vuelve a caer en la punta de esa “nariz de izquierda” sesgada de tópicos.
La gratuidad de un sistema educacional y de salud no puede conseguirse a base de socavar la calidad de sus instituciones básicas y de servicios. Hospitales y escuelas, médicos y maestros, instituciones de salud y de educación en Cuba son gratuitos a costa del control y la falta de opciones que sus ciudadanos tienen frente al sistema. Papá-Estado, Papá-Dictadura, tiene la patria potestad de decidir la suerte de sus hijos, todos sus ciudadanos, sobre su educación y su vida.
Hasta de otorgarle la muerte.
¡Maravilla de periodista! Cuba es el “paraíso” de America.
Sentado en su reclinador en Miramar, en aquella terraza soleada y bañada del salitre caribeño. No se acerca a los cuchitriles de La Habana Vieja, donde familias enteras viven en barbacoas de 3 metros cuadrados, se despojan de sus desechos humanos por los balcones, construyen instalaciones rústicas fitosanitarias con materiales robados a ese gobierno que no le paga un salario digno y no poseen, incluso, las mínimas instalaciones  de agua potable para su consumo. Cocinan, comen, disfrutan de “tres metros de vida” y duermen como seres hacinados en un paraíso de izquierda.
¡Maravilla de comentador de dictaduras!
Con su tabaco turístico mirando el mar desde aquel balcón de 5ta avenida. No se da un salto por las decenas de villas miserias, al mejor estilo de las favelas brasileñas, en la misma capital cubana. Barrios y zonas habaneras donde las instalaciones de agua potable, alcantarillado, bajareques de tablas y cartón, edificios convertidos en ratoneras de vidas, por donde desde hace décadas no ven correr una gota de ese preciado líquido, por instalaciones de la época en que Cuba estaba camino a ser la Holanda de hoy día.
¡Maravilla de ilustrador de dictadores!
Todo su sofisma se resume en el mismo tópico que la izquierda caviar hace tanto tiempo ha explotado, repite y se cansa de reinstaurar en el altar sagrado de la ‘revolución’ mundial: a veces es necesario poner límites a la libertad personal, a las libertades civiles, en aras de proteger ‘conquistas globales para la mayoría’.
¡Puro sofisma!
¡Pura mentira!
El Chile del bombardeo a La Moneda por Pinochet era un país subdesarrollado, pobre, cuyos índices económicos lo situaban muy lejos de la Cuba de 1958. La dictadura Pinochetista re-convirtió ese país. Lo lanzó al mundo y lo transformó en una de las primeras economías de América.
¿Eso haría la dictadura pinochetista moralmente merecedora de haber seguido existiendo y quedarse en el poder secuestrando la libertad a un segmento del país?
No, y mil veces no.
El pensamiento hipócrita de la izquierda, de esta izquierda desde la que Ravsberg escribe, intenta convencernos de que hay dictaduras “buenas” y dictaduras ‘malas”. Que las dictaduras y los dictadores de izquierdas son ‘buenos’ porque son benevolentes con los pobres, y le dan palos a los ricos. Y que los dictadores y las dictaduras de derechas son ‘malas’, porque le dan palos a los pobres y son benevolentes con los ricos.
Pero nada de eso es cierto. Las dictaduras no tienen apellidos. Dictaduras son.
No hay moralidad alguna en justificar una dictadura, ni aún por el pretensioso beneficio de una mayoría. Una sociedad es justa en la medida de cómo lo es con sus minorías: políticas, ideológicas, sexuales, de género y religiosas, de todo tipo.
Y para no guardar ni una gota en el tintero con respecto a “normalidades y progresos”. Mirarnos y tratarnos de ver en el espejo de lo peor, o de los posibles peores de la región es, cuando menos, el más despreciable sentimiento de inferioridad social que en una sociedad puede justificarse como proyecto.
No se hace una ‘revolución’ para ser como Haití. No se enfrenta un proyecto social y político para colocarnos al nivel de las favelas de Brasil, los niños-trabajadores de Bolivia o la violencia de México y Venezuela.
Se hace un proyecto social para ser Suecia, Holanda o Canadá, Sr. Ravsberg.
Y dejémonos también de estos sofismas. Las ‘revoluciones’ son un espejismo donde la primera baja es la verdad, el primer crimen el asesinato de la libertad personal, y la primera víctima la razón.
¡No existen!

1 comments:

adribosch said...

Excelente! lo publico en mi blog!