Saturday, November 1, 2014

La pagada voluntariedad de pedir a los demás

Y no a sí mismos, debería haber incluido en el encabezamiento del post. Los gobernantes del PSUV en Venezuela, en el poder, con una supuesta filiación de más de 7 millones, comenzaron una campaña de ¿un mes? en la que ‘cederán’ un día de su salario para reunir fondos para la formación.
Suena romántico, bonito, ‘revolucionario’ y honrado, ¿no es así?
Por supuesto, los miles, puede que millones, de tuercas automáticas que siguen las vueltas de la rosca del oficialismo se lo creen. Acuden en tropel, aplauden hasta la exaltación, levantan las manos en un éxtasis contagioso de orgasmo revolucionario. Pero, esperen un momento, ¿no ha ocurrido esto alguna otra vez en el pasado?
Sí, y muchas veces también… en Cuba.
Un día nos acostamos con un comité de vigilancia a nuestra vida familiar, de pensamiento y hasta sexual. Y le pagamos sus oficinas, sus puestos burocráticos, la mediocre función de vigilarnos la sexualidad, la fidelidad matrimonial, la fe en Dios o su descrédito, la apasionada defensa de lo indefendible, y otros actos fútiles de la ideología y la política personal del ordenador en jefe.
Otro decidieron que las mujeres debían luchar por su igualdad, y otra hoja de billete saltó de la cartera familiar para pagar la silla ministerial de la mujer oficial del ministro de la defensa, no del país, si no de la dictadura de su hermano, y después de la suya misma.
La transitividad es ley obligatoria del estado totalitario.
Al cabo del tiempo comprendieron que la cuenta no daba en la caja estatal de soporte a las organizaciones de los inútiles ordenados y decidieron crear otra ‘milicia’, territorial le llamaron. Ah, ¡qué buena idea!, a pagar un día de haber de tu salario… voluntariamente.
La palabra más utilizada en los regímenes bajo el socialismo para designar la obligatoriedad es ‘voluntad’. Quizás por aquello de que eliminan la voluntad de oponerse a lo obligatorio, algo muy común en estos sistemas de programación ciudadana donde la vida privada se pierde, la familia se atomiza en el conjunto anónimo de la categoría ‘pueblo’, y el verdadero pueblo perece en ese conjunto gris, al que acuden los dictadores socialistas, para que levanten la mano a su voluntad, la del dictador, la única verdaderamente existente en la geografía política del país.
Y después está la otra parte de la historia, nadie audita a esa burocracia ideológica. Nadie le pide cuentas, fiscaliza sus gastos, en qué invierten el dinero que recogen, y en quienes y por qué.
En Cuba, la burocracia institucional que pasa el sombrero por el salario de los trabajadores impone, además, la obligatoriedad de ese pago y de su pertenencia so pena de expulsión y del aislacionismo social. Quienes se niegan a contribuir con ese diezmo ideológico se convierten en parias sociales. Individuos sobre los cuales cae el peso del escarnio silencioso, pero público, de todos y todo.
Estas organizaciones no sólo ejercen el control de la sociedad, sino que ocupan cada segmento de ella para desplazar la posible iniciativa ciudadana independiente para crearlos. Y así, su posterior aparición puede ser catalogada, muy convenientemente, de subversión política.
Así ha ocurrido en Cuba por 56 años. Hoy ocurre en Venezuela.
¡Cuán lastimoso es constatar las similitudes!
Es, además, abrumador oír a estos dirigentes ‘peseuvistas’ repetir un estribillo para justificar el deslave del bolsillo de los autómatas del momento. Según la vicepresidenta del PSUV en el oriente del país, Yelitza Santaella, "todo aquel militante comprometido debe dar su aporte solidario a la revolución, al partido del comandante eterno, al partido de Chávez".
Comandante eterno, ¿se dan cuenta?
Las pautas continúan hasta el infinito. Las coincidencias no terminan en los hechos, saltan a las palabras, los gestos, como de los que saltan en éxtasis ‘divino’ en la foto del encabezamiento, impulsados por un entusiasmo menstrual de adoración supina. ¿Será la falta de originalidad de estas ‘revoluciones’ populares?
¿Por qué repiten lo mismo? ¿Por qué siguen las mismas pautas dondequiera?
Recuerdo una vez, en mi primer trabajo en un instituto de la Academia de Ciencias de Cuba, la visita de un ministro de ‘alguna cosa’ de cierto país socialista, no vale ni la pena recordar ahora el nombre de un país que ya ni existe en el mapa europeo de naciones. Lo llevaban de paseo para ‘enseñarle’ en qué habían empleado el dinero, o el asesoramiento, de su país en un laboratorio de supuesta robótica.
Había que esperarlo en la acera frente a la entrada de la ‘inaugurada’ institución. Todos, ‘voluntarios’ o no. Ordenados. Pacientes. ¡Orgiásticos!
Por supuesto, nadie iba a decir una palabra, nadie por su propia cuenta iba a aplaudir o a lanzar algún slogan político... ‘voluntariamente’. Se lo ordenaron a dos o tres ‘trompetas’ de la juventud y el partido comunistas. Hay que formar el sainete. Y así se hizo.
Terminado el show, de vuelta a los cubículos de trabajo, comentábamos la maltratada ‘inauguración’ del dichoso laboratorio, que había nacido ya viejo, atrasado en su tecnología, con goteras en su construcción, y con el sainete de palabras y slogans ‘voluntarios’ en la inauguración populista.
Y así ha pasado en todo en Cuba.
Círculos infantiles, escuelas de maestros emergentes, escuela latinoamericana de cine, escuelas de ‘ciencias exactas’, casas del médico de familia, un largo etcétera. Tropicalismos socialistas.
Un día los cubanos comenzaron a perder, aplaudiendo decisiones onerosas, la voluntad personal para terminar cediendo en todo: vida personal, futuro social, esperanza política, libertad.
A lo primero que llaman los totalitarismos es ‘a la voluntad popular’… para quitársela a todos, menos a ellos mismos.
Y entonces comienzan a repartir sillas en ministerios, en asientos en los clubes exclusivos del poder. Parlamentos, asientos en Consejos de Seguridad, organizaciones políticas y ‘de masas’, ministerios espurios, organizaciones carcelarias, organismos represores y depredadores de la seguridad personal y de las libertades civiles.
Y sufragar viajes a los que sí poseen la voluntad desgajada de la ‘militancia’ de cualquier cosa. Familiares, amigos, dictadores y ordenadores del mando. Todos gozan de buenas viviendas, viajes sin costo político a orillas del imperio, dinero solvente que no aportan al ‘peseuvismo’, castrismo, revolucionarismo, y otros istmos y enfermedades parásitas del socialismo, autos de lujo, tickets de avión a lugares exóticos.
¿Coincidencias?
No. Esa pagada voluntariedad de pedir a los demás y nunca a sí mismos es el primer paso a abrirle el bolsillo al desparpajo del erario público, del bolsillo familiar, personal, del ordenamiento financiero de la casta política que conformará el automatismo de hoy, de mañana y de siempre.
Sucedió en Cuba. Penosamente se repite en Venezuela.
Es el suicidio irremediable del ciudadano, y su conversión en la marxista categoría de ‘pueblo’: conglomerado gris con voluntad sólo para quitársela a sí mismo.
¿Hasta cuándo?

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