Sunday, November 30, 2014

Entomología política castrista y Ferguson

Al parecer, los sucesos últimos en los Estados Unidos están de moda, en la prensa. No así los sucesos en La Habana, Cuba. No los brotes de violencia, los crímenes, las pateaduras de estado, los abusos de poder y la vagancia improductiva del país caribeño.
Pero Ferguson no es La Habana.
Quienes escriben desde el oficialismo hablando sobre Ferguson, y quienes no lo hacen por ser menos oficialistas, no entienden lo que allí ocurre, desconocen algunos factores, o lo ocultan. Lo que ocurre en Ferguson no es que la democracia esté enferma, como algunos a conveniencia se apuran a concluir, sino que vive, es saludable, restaña sus heridas con el diario quehacer, se encuentra a sí misma y se redefine a diario.
La pregunta sería, en el plano de la verdadera conveniencia, si se pudiera decir eso de lo que ocurre en La Habana.
Dejémoslo claro. No se puede mirar a los demás y criticar, sin mirarnos a nosotros mismos. Los que en Ferguson critican al sistema, judicial y democrático, lo hacen desde sí mismos, no recurren a estratagemas alienistas señalando conflictos en el lejano oriente, entre israelíes y palestinos, o a las protestas en la Puerta del Sol en Madrid, ni tampoco a las campañas occidentales contra ISIS, ni a las marchas anti y pro gays en París.
Ferguson se mira a sí mismo. Se proyecta en el entorno social local, y general de su país, los Estados Unidos. Se enfrenta a su historia de racismo y discriminación, al contexto donde surgió el hecho, el contorno vecinal de violencia, drogas y alcohol que rodeó la muerte de Brown, la familia fracturada de la víctima y su propio pasado de alienación social.
Ferguson mira también la historia de sus propias instituciones, de sus autoridades judiciales y policiales. Su pasado lejano, su conexión reciente, el cúmulo de hechos y circunstancias que rodean y dan una proyección integral del problema en torno a la muerte del adolescente. Concita a sus autoridades, sus líderes sociales, su prensa, la opinión pública y particular de sus ciudadanos, implicados o no, cercanos a Ferguson o lejanos en su fisicalidad geográfica. Todos con derechos a la opinión, y a enfrentar su propia postura frente al conflicto.
Ferguson mira a Ferguson. A nadie más.
¿Sucede así en Cuba
¡Pues no!
Primero Cuba no se mira a sí misma, no concita a sus propios ciudadanos, no cuestiona su propia autoridad y su propia historia. La infalibilidad es la peor cualidad que un gobierno, y un gobernante, puede tener para ejercer su poder ejecutivo. Y en el régimen cubano, esta infalibilidad tiene la omnisciencia de una deidad feudal desde hace 56 años.
El régimen cubano se estructuraliza emocional, política y físicamente como una antigua y ancestral religión de estado. Se tiene fe y se cree, el resto se desprecia como infidelidad “mercenaria”.
Y como toda religión, esa ancestralidad convoca a una fe ciega en una individualidad infalible, transformada en deidad pública. Todas las religiones apelan a la fe, y casi todas no dejan ninguna atadura social y filosófica para la racionalidad intelectual de esa propia fe. La religión estatal castrista no admite interacciones posibles con sus principios básicos, no es racional, no permite cuestionamientos tácticos, y mucho menos criticalidad estratégica a largo plazo con sus lineamientos políticos.
Cuba es un país de extremismo musulmán de estado. Y lo practica en actos y fe.
El individuo entonces no ocupa ningún otro papel activo, no juega otro rol que no sea la aceptación unívoca de esa fe, sin voluntad independiente y sin posible interacción crítica mas allá de la práctica cotidiana de la ilegalidad judicial, constitucional y asertiva de la única autoridad aceptada. El dios poder, en minúscula.
Y es así que esa intolerancia se convierte en esta fe de estado, filosofía de insurgencia extrema contra la individualidad ciudadana, contra el individuo como persona. Los conflictos presentes cotidianamente en la isla, pero negados y ocultados por su prensa, los genera el mismo régimen con su práctica diaria de la intolerancia, la paternalización militarizada de todos los sucesos, acciones y actitudes, la centralización del estado como rector unidimensional de la sociedad, que no admite confrontación, segundas opiniones, líderes que no sean apuntados por los centros de poder.
La violencia cubana “fergusionada” se estructuraliza desde los altos mandos directivos del gobierno, y se instrumentaliza a través de sus órganos represivos, convirtiendo al ciudadano en herramienta útil de represión, en órgano suplente de castigo, en tuerca diseñada para responder, pero no para preguntar, cuestionar y exigir.
Y también, cotidianamente, ocurren los sucesos que replican a Ferguson en su escala física. La violencia policial, el racismo depredador, el desalojo de todos los derechos, materiales, espirituales y de pensamiento. Pero no se admite la respuesta ciudadana, la confrontación popular, la protesta. No se permite que el pueblo salga de sus casas y recorra sus calles, exija una respuesta o instrumentalice su rebeldía.
No se admite Ferguson, desde sus propias leyes constitucionales.
Me pregunto, viendo las manifestaciones en Nueva York y Denver, o del propio Ferguson, ¿qué pensaría ese americano si, desde sus instrumentos constitucionales, no tuvieran el derecho a ejercer su desafío, su protesta contra la autoridad?
La ausencia constitucional de un derecho, aún en una sociedad plena, perfecta y acomodada, representa una dictadura del poder, una violación a la soberanía personal, una represión a la diferencia.
Cuba no es ni plena, mucho menos perfecta y muy lejos de ser acomodada.
En Cuba hay quienes desconocen que ese derecho es un instrumento legal de su vida, una propiedad personal insustituible y necesaria como ser humano, como elemento vital de un país, de una sociedad, de un grupo geográfico humano de convivencia.
¿Por qué?
Simplemente porque en Cuba no está enferma la democracia, como algunos han planteado sobre Ferguson, en el país del Caribe lo que no existe es la democracia. Sustituida por una autocracia familiar de apellido.
Castro.
¿Qué queda entonces?
Un sistema que atrapa al individuo, que prohíbe la respuesta social, que le niega los instrumentos que los ciudadanos de Ferguson utilizan: el liderazgo ciudadano, las organizaciones de defensa de los derechos humanos y civiles, las voces paralelas al poder, los mecanismos judiciales con que el hombre común atiende sus quejas y opiniones, los instrumentos que velan por el orden y la seguridad ciudadana, y aquellos que controlan el ejercicio del poder y de la acción policial.
La decisión del gran jurado, la convocatoria federal a una investigación sobre los sucesos de Ferguson, la reacción expositora de la prensa, la opinión social vertida en campañas y redes sociales, en los medios de información y en la calle, no son permitidas en Cuba.
Y no existen para el ciudadano. Existen para el poder.
¿Qué sucedería si un grupo de cubanos se concentrara en las puertas de los hoteles y no dejara entrar al turismo internacional como protesta por un desalojo?
Pregunto.
¿Qué sucedería si en las tiendas de divisas los cubanos bloquearan las ventas, como lo hicieron en Ferguson y otras ciudades en el “Viernes Negro”?
Pregunto.
Otro lado del asunto es la conveniencia de apuntar a Ferguson, desde La Habana, y ocultar el lado de Ferguson que ocurre diariamente en aquella ciudad del Caribe.
¡Y ocurren!
Desalojos, represión violenta contra disidentes o ciudadanos que reclaman sus derechos, con indefensión judicial y social, crímenes de estado, asaltos a viviendas sin órdenes judiciales ni instrumentos legales, juicios políticos, judicatura atada de manos a las órdenes del poder gubernamental, acosos, secuestros, encarcelamientos temporales y a largo plazo sin cargos establecidos, con la violación total de las propias leyes creadas por el mismo poder que las viola y comete, agresiones publicitadas, e incluso alertadas con tiempo, vigilancia y control.
Instrumentos todos de un poder que condiciona la existencia de una sociedad sólo en la base de su impasibilidad frente a la impunidad policial, represiva, de ese poder.
El cubano no tiene ninguno de los recursos a los que acuden los ciudadanos de Ferguson.
Dejemos claro algo. La violencia civil no tiene justificación moral alguna, y los órganos policiales deben ejercer su función dentro de las normas legales de la democracia. Lo contrario es un actuar autoritario, de dictadura.
Aclarar también que Ferguson nunca será La Habana, por el simple hecho de que una democracia nunca puede actuar como lo hace una dictadura. Violencia existe en todas las sociedades, porque son los hombres los que la estructuran, y los excesos pueden ser cometidos por ellos mismos. Para controlar esos excesos, entonces, deben existir los mecanismos de protección a la civilidad.
En Ferguson, y en los Estados Unidos, existen. En Cuba no.
En Cuba lo que existe es una estructura de protección al poder, con el control de sus ciudadanos. Se ejerce desde las mismas organizaciones que, a contrapelo de sus definiciones constitucionales  como “representantes” de la civilidad, se ocupan no del “hombre nuevo”, sino de los viejos líderes y de su familia.
LA CTC, organización sindical, no reclama derechos para sus afiliados, se los suprime.
La FMC no estructuraliza las reclamaciones sociales de su mujeres, centraliza la proyección estatal política del género sobre sus componentes sociales, y se convierte sólo en la máscara exterior de la ideología mercantil del estado. Nada más.
La UJC no agrupa a los jóvenes, agrupa a un sector ordenado de la juventud, que ha entregado su voluntad política a un acuartelamiento de su poder de convocatoria. Acuartelamiento estratégico de su voluntad. Importante en este sector, el más desafiante de todo poder.
Los CDR no agrupan ciudadanos con derechos civiles. Surgieron como lo que son: organismos de control represivo, de vigilancia y el ordenamiento cuartelario de la libertad.
Cuba no se estructura como sociedad, sino como cuartel. Y esas organizaciones de “masas” tienen sólo una ordenanza y un objetivo de control social. Sirven para invadir la representatividad que, en una sociedad en democracia, debería estar en manos de la ciudadanía.
Y es por esto, y mucho más, que La Habana no puede ser Ferguson. Y viceversa.
Por increíble que parezca, en la isla caribeña ha ocurrido lo que en otras sociedades que han estratificado su estructura civil, y la conciliaron con el poder. ¿Recuerdan aquel bloque soviético de los 60, 70 y 80? No hay sorpresa aquí, es lo cotidiano del comunismo.
Los estratos sociales más desafiantes a las ordenanzas políticas perdieron todo estímulo de vida social, se aplanaron y pasaron al escape. La juventud huye desenfrenadamente del país, de muchas formas. Y huye también estando y quedándose en él.
No desafía al poder, lo obvia. Busca cauces paralelos, que dan el síntoma de su hastío político y social. No crean nada, replican. Circulan formas de vida, modas sociales e intelectuales no autóctonas, importan. Y también eso hace que Ferguson no aparezca en La Habana, que la enemistad social con el poder no se encauce en un movimiento. Los jóvenes escapan, física y espiritualmente, de las fronteras líquidas del país.
Ferguson en Estados Unidos no hace que su juventud huya, escape, sino que se enfrente. Para bien o para mal. Aquí no hago valoración política de los acontecimientos en esa ciudad. Sus propios ciudadanos tienen el ritmo, la actitud y también la tolerancia para hacerlo.
Hablo de Cuba. Nuestro Ferguson está en La Habana, no en Missouri.
De todas formas, podremos estar haciendo comparaciones inútiles, críticas sobre aquellos sucesos y otros, generalizaciones oportunistas y valoraciones justificativas a nuestra conveniencia. Nadie le quita el derecho a nadie de hacerlas. ¿O sí?
Sin embargo, la infeliz oportunidad de apuntarlas, con arrogancia, o como herramienta para la acusación hipócrita y de oportunidad, algo muy común en la política informativa de los órganos cubanos de prensa, es únicamente oportunismo político, tan conocido en la práctica estatal de engaño de la autoridades de Cuba en el ámbito nacional, local, y en su proyección internacional.
Existe un intrigante experimento entomológico ejecutado por investigadores de esa especialidad. Muestra como una mariposa macho ignora a su hembra viviente, de su propia especie, a favor de una pintada en un cartón, dibujada por un artista o un entomólogo, si la de cartón es mayor en tamaño que ella misma, mayor incluso que cualquier otra de las mariposas hembras. Con incredulidad los investigadores de esos pequeños lepidópteros alados, de colores brillantes, observan como el macho salta, una y otra vez, sobre el pedazo de cartón pintado. Mientras, y muy cerca, la mariposa hembra, viva y revoltosa, abre y cierra sus alas en vano.
Algo muy parecido ejecutan los órganos de prensa, de “información” y poder en Cuba, acerca de lo que ocurre en Ferguson. No ha sido la primera vez, no será la última. Esta técnica, casi entomológica, se ha agarrado a la práctica cotidiana de la política estatal para que el mundo, los medios internacionales, y las propias organizaciones políticas, no gubernamentales, independientes o no, partidos políticos de conveniencia o de izquierda, atrapen la sugestión y se rindan a esta entomología política castrista.
¡Lo hemos vivido tantos años en nuestra propia carne los cubanos!
¡Ojo!
¡No somos lepidópteros, y Ferguson no es Cuba!

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