Sunday, November 16, 2014

El regreso de Rusia al Caribe

La Crisis de los Cohetes, que es como occidente conoció lo que en Cuba se llamó la “Crisis de Octubre”, comenzó por el deseo de los gobernantes soviéticos de instalar una base de ojivas nucleares a la puerta de los Estados Unidos, su mismo traspatio. No funcionó entonces por muchos factores, entre ellos la existencia de unos Estados Unidos fuertes, influyentes, que dirigían los compases de las democracias occidentales.
También la situación política del hemisferio occidental, y especialmente de América Latina, fue factor decisivo, a pesar de los “encantos” románticos de la revolución castrista. O, quizás, a pesar de esos mismos “encantos”. No es lo mismo una “revolución” que se enfrenta con voluntad popular y casi nada más, que una “revolución” con ojivas nucleares.
De alguna forma, la crisis de los cohetes destiñó de romanticismo, una vez más, otra de las revoluciones.
El comienzo del final.
Desde entonces Cuba sirvió por lo que es, su estatus de colonia. Así lo veían los sucesores soviéticos en el Kremlin. Generoso dinero, generosa ayuda en tecnología atrasada, generosa instrucción tecnológica, visitas de ayudas, estudios universitarios y tecnológicos en los campus universitarios rusos, armas, víveres, tecnócratas y bases de vigilancia electrónica.
Cuba era lo que se alistó a ser: una colonia soviética, destinada a ser punta de lanza del imperialismo ruso en América. Ya que hablan de tanto imperialismo, ponerlos todos sobre la mesa es importante.
Todo se acabó en 1991, o quizás un poco antes. Hoy retorna.
¿Por qué?
La razón principal puede hallarse en dos factores fundamentales: Putin y Ucrania.
De alguna forma, y con no mucha sutileza, la tradición rusa nunca la ha tenido desde Rasputín, la democracia rusa nunca ha sido tal democracia, sino una suerte de club de mafiosos jugando al golf de la democracia en un campo de tiro. El mismo Putin fue miembro de la KGB, y nunca abandonó su espíritu de suspicacia. De ahí su aspiración al retorno de la grandeza rusa, aquella de la época de los cohetes, la guerra fría y el juego de los dos imperios.
Hoy la situación es distinta a entonces. Estados Unidos es débil, con un presidente que parece más un dandi de Hollywood invitando a fiestas musicales en la Casa Blanca. Una Europa que se desgrana en problemas, conflictos y cuyo euro ha estado perdiendo poder. Y una China que se agiganta artificialmente, extiende sus tentáculos a América Latina, también para invadir territorio que fue tradicionalmente americano.
Entonces surge Ucrania, y su respuesta es Cuba.
Putin sale a retornar la mano “amiga” a Cuba para amenazar, evidentemente, el retorno a los tiempos coloniales rusos en Cuba y su estancia como punta de lanza en las puertas de América. Y la estación radioelectrónica de Lourdes, el fantasma de los cohetes nucleares del 62, la financiación a través de las venas cubanas de cuanta desestabilización latinoamericana podía aventurarse Cuba, vuelven a jugar un contrapeso en la política del Kremlin.
Putin está en La Habana, retorna a su vieja colonia como el antiguo monarca que se fue, y hoy retorna. No es ni el hijo pródigo, tampoco el padre pródigo. Perdona deudas, ofrece contratos ventajosos para deslumbrar el poscastrismo, vende viejas naves aéreas a una industria cubana altamente hambrienta de una necesaria renovación. Precios baratos, tecnologías viejas, sí. Viejos amigos en el campo del coloniaje.
Es lo mismo. Para el ruso la sicología es simple. “Si América juega en su traspatio con Ucrania, yo también se hacerlo con Cuba”.
El retorno ruso es aritmética geopolítica. Y así se inserta las declaraciones del ministro ruso de defensa, Sergei Shoigu, de las negociaciones sobre el patrullaje de bombarderos putinescos por el Caribe. Entre los países que apoyarán el reabastecimiento de esos bombarderos está Cuba, y sus acólitos. Esos que son la sombrilla de su sostén económico, pero que también son sus rehenes diplomáticos, especialmente Nicaragua y Venezuela.
Y Putin conoce de esto, por supuesto.
Lo que viene a agravar la problemática de este retorno, no sólo para los cubanos, sino para la región, es precisamente la debilidad norteamericana, la payasería musical de un individuo que, en la Casa Blanca, ha sabido ser más huésped de musicales fiestas que de verdadera diplomacia política.
Para Cuba tiene una doble consecuencia.
Por una parte el gobierno de Castro recibe a su antigua metrópolis de vuelta, lo que le da seguridad militar, estratégica. Por otra, expande su importancia diplomática. El raulismo ha entendido que el regreso de Moscú no es por otra cosa que por su posición estratégica frente a las costas americanas. Lo supo bien desde un inicio, desde aquellos cohetes nucleares de entonces.
Hoy no los necesita. Es mucho más peligrosa una base cubana abasteciendo combustible a bombarderos que las mismas cabezas nucleares. Y no tienen el sesgo que disolvió el “encanto” romántico de aquella revolución que se fue a bolina un día de Octubre de 1961.
Sin olvidar que el combustible será bien pagado. Operación doble, entiéndase.
Pero Rusia vuelve por el peso diplomático de Cuba en sus neo-satélites latinoamericanos. Los necesita en su bolsillo chejoviano.
El reverso de la moneda es, con muchas posibilidades, el desprecio a cualquier diplomacia occidental en los organismos internacionales por el recrudecimiento posible de las acciones contra la disidencia interna.
Con el banco financiero en Venezuela, el apoyo estratégico de la contraparte imperial rusa, la diplomacia de la sonrisa con China y su inyección en la economía cubana, el gobierno raulista tiene lo que necesita para abrirle las puertas al poscastrismo.
En cierta medida, el retorno de las botas rusas es más importante que la misma Venezuela, sobre todo en las condiciones en que está hoy Maduro.
¿Significara esto el retorno de la “danza de los millones” rusos de los 70 en Cuba?
No. No volverán. Putin puede ser generoso en lo estratégico, pero no tonto como sus antiguos jefes soviéticos. Los mafiosos no regalan dinero, pagan favores.
Nada más.
Para aquellos que piensan que Cuba no es una amenaza para los Estados Unidos, deberían tomar bien en cuenta las palabras del ministro de defensa ruso. Equivocarse puede costar caro, especialmente si es por segunda vez.

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