Wednesday, November 19, 2014

De los vivos y los bobos

Emigrados de vacaciones en Varadero
Un nuevo servicio ha entrado en la paleta del buscón estado que se llama castrismo: la cena en Cuba de familiares de cubanos emigrados, y su pago en el extranjero. Suerte de remesa culinaria.
Así estamos los cubanos. Sufragando el castrismo, porque de esto es lo que se trata.
De alguna forma esto me trae a la memoria a Israel, ese país del oriente cercano recibe una inmensa cantidad de remesas de la comunidad judía internacional. Sólo que allí los judíos construyen su país, ayudan a construir una nación que estaba perdida en las edades de la historia y lo hacen sobre una estructura de democracia, sin inventar el pago de las comelatas de sus ciudadanos. Israel ha hecho lo que ninguna otra civilización: revivir una lengua que había desaparecido de la geografía filológica de este mundo nuestro.
En Cuba, los cubanos sufragamos zánganos.
Les enviamos remesas por más de 2 600 millones de dólares, de suerte que es un negocio mejor que el mismo turismo para ese buscón estado. Y no se cuente las importaciones emigradas de tecnología, comida, víveres, ropa y alimentos, medicinas y artículos electrónicos, memorias flash que parecen convertirse en luchadoras por la democracia más que los humanos.
Todo, menos una gota de entusiasmo para que luchen por lo que deben luchar: su libertad.
La emigración se ha constituido en el proveedor monopolista del estado castrista. Financiando sus aventuras y su politica, contribuyendo a la campaña de liberación de los cinco espías, y hasta sosteniendo l;a finquita agropecuaria donde el dictador en jefe pasa sus últimos días, alucinando que está creando nuevas maravillas alimentarias. 

Y son ellos, casi ellos mismos, los oficiales ejecutivos del castrismo. Sin contar que hay muchos emigrados que son, nominalmente, castristas en su ADN. Algunos merodean por New York y se hacen pasar como buenos masones, sin serlos de corazón y mucho menos de pensamiento.
Otros cabalgan las pampas argentinas, visitan en la cárcel a escritores disidentes y se enorgullecen de su proeza en burlar la vigilancia “gedocista”. ¡Como si el G2 fuera el tonto de las aventuras de aquella televisión en blanco y negro de los 70!
Burlones de burlados, los cubanos creen hasta el cuento de la buena pipa proviniendo de pronombres que, diciéndose luchadores de humanos derechos, tienen ADN de Díaz-Canel y otras cornucopias, y lo propagan como proeza de su disidencia. ¡Y se los creen!
Hasta la inteligencia se les ha escapado de la isla, y de sus propios cerebros. Nos creemos el primer cuento y ahora les pagamos hasta el plato en el restaurante de lujo.
Turismo de alpargata.
¿Es esto combatir el castrismo?
¿Alguien puede defender este turismo financiero?
Porque los habrá. Aparecerán justificaciones oportunas. Respuestas benevolentes. La misma receta de siempre: los vivos viviendo de los bobos. Y los bobos, rápidos en su bobería, siguen encontrando respuestas adecuadas para seguir en la misma bobería.

No es un trabalenguas.
Esta suerte de vivos que se escapan de Cuba para retornar al mes, después de tener asegurada alguna residencia, o refugio por una “persecución” que no existe.
Tiempo ha pasado que la emigración era exilio. Hoy la inmensa mayoría de la emigración cubana es una emigración castrista, pasiva o activa. Los hay que son simples agentes, ha ocurrido desde siempre. Ahí están los “cinco” torpedos de espías, escapados como los balseros, quedados, refugiados, emigrados en avionetas “secuestradas”.
Se llevan a cuesta su castrismo.
Y están los otros. Los que sacuden “huelgas de hambre” en México, pero no tienen los pantalones bien ajustados a sus cinturas para reclamárselas al gobierno de La Habana. Figurines. Trompetilleros. Babalawos de santos ajenos.
Otros, bueno, otros hacen disidencia de papelitos. Que reclaman levantamientos de embargos para que suceda esta receta financiera: pago en Miami, comelata en La Habana.
Y están los demás, los que nada les interesa. Justificándolo todo. Dándole la vuelta al trompo de las preguntas para encontrar una respuesta cómoda a su castrismo pasivo.
¿Se molestan?
Sigan haciéndolo. Las instituciones académicas están llenas de estos “trompetas” de bolsillos calientes, plantados por el castrismo, amancebados para su labor de pesca virtual de idiotas útiles. Aplaudidores de cuanta “apertura” al poscastrismo, pero no a la democracia. Se creen que levantando algo se levantan ellos mismos, pero no el país. ¡No se levantan ni ellos mismos!
El país sigue de rodillas con estos inventos a los que corren refugiados que no tienen nada de que refugiarse, emigrados de bolsillos, y areneros de cubeta. La Habana ha logrado sembrar el fruto necesario para recoger estas fórmulas de usurerismo estatal. Es triste y desolador observar el panorama que ofrece la sociedad cubana. Descorazonador ver que algunos disidentes hacen proyectos políticos de "comedores populares"... y reciben premios internacionales.
¿Qué inventarán mañana?
¿Qué nueva invención creará el catsrismo para que sus emigrados sigan ejerciendo su dolosa función de soporte económico, financiero y hasta politico de su proyecto de dictadura?
¿El pago de las fabricación de desodorantes en las sovietólogas fábricas estatales que se caen en pedazos? ¿La pavimentación de las calles habaneras, el bacheo, la impresión de libros escolares con la historia del castrismo romántico, los uniformes y pañoletas?
Perdón. ¡Ya esto último lo han inventado!
Las recetas y fórmulas que aparezcan sólo intentarán remediar el castrismo, aplatanarlo aún más, contenerlo en el nuevo paquete de acaramelada ponzoña, pero nada hará sembrar la democracia. No se lucha pagando la comelata en el “Gato Tuerto” a familiares y amigos, ni con la habitación en Varadero y hoteles de primera, ni en paseos en bote por clubes turísticos, ni vendiendo uniformes escolares en Miami e inventando la fábrica rusa de desodorante en Hialeah.
Se habla de la Cuba que no protesta ni dice nada. Hablemos también de esta emigración castrista que se le “parten las patas” corriendo para pagar el último invento de los hermanos Castro.
Sencillamente, ¡damos lástima!

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