Monday, October 6, 2014

Las rejas tras las rejas

He leído varias veces el testimonio de Angel Santiesteban sobre su alegada fuga. He intentado entender su lógica, si existe la lógica en el raro comportamiento de un ser humano en prisión, alejado de lo que considera suyo, que no es necesariamente material, sino que puede ser ese aire que reclama Angel de su Habana.
He intentado entender qué significa estar en la cárcel. Es difícil. Nunca lo he estado. Lo más cercano a esos lugares pedestres donde se encierra un futuro, se troncha un presente, se escudriña una vida para destruirla, se malgastan horas de talento – si existe alguno en esos antros de eternidad detenida –, fue una vez, meses antes de abandonar Cuba, cuando fui asaltado, golpeado en un, aparente, intento de robo en una de las calles de esa Habana que Angel soñaba con volver a respirar. Acudí entonces para hacer la denuncia, y estuve en la antesala de la eternidad del hombre que perdió a Dios: una estación de policía.
No vi las rejas, vi algunas de sus víctimas. Y pude constatar por mí mismo como se ensañaban con ellas. Esposado. Indefenso. ¡Quién sabe qué había cometido! Un simple robo, levantar alguna cartera en alguna ‘guagua’. El delito es un delito, pero tampoco hay justificación para golpear un hombre indefenso, sometido y esposado, arrinconado entre bloques de mármol en un frio salón rodeado de guardias y uniformes, en una estación de policía.
La antesala de la eternidad por la pérdida de Dios, así le llamo yo a ese lugar. No hallo otra forma de describirlo y catalogarlo. No existe.
Por eso me conmueve que Angel Santiesteban comience su testimonio con esa pregunta:
Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?”
En su lugar yo preguntaría, ¿quién contra Dios? Porque es la disyuntiva imprescindible, la única posible, la que recorre con siniestra presencia esos lugares.
Se entra a una cárcel porque se ha perdido el camino de acudir a Dios. Por perdida de valores, por vicios que fueron sembrados desde la semilla de la vida, por rencor, cobardía, por humillación flagelada en tantos años, necesidades imperiosas, carencias imprescindibles, engaños.
En una dictadura también se entra en la cárcel para enfrentar a Dios contra el Mal, que es el dictador. Así entró Angel Santiesteban. Han entrado otros. Dios no puede poner la mano en esos predios por propia voluntad. Somos nosotros los que entonces tenemos que buscarla.
¿La encontró Angel?
Yo creo que no, y pienso que por eso salió de aquel lugar por algunas horas y días para volverlo a buscar y encontrar. Decirle, aquí estoy, no me olvides.
Según él hizo lo que un ciudadano normal debe hacer en una Habana solitaria, si existe esa categoría de normalidad en un país encarcelado. Caminar, recorrer el malecón habanero, respirar el aire cálido de la calle, ir al cine y al teatro. ¿Qué vio? ¿De qué disfrutó? ¿Por qué lo hizo?
Algunos tienen la propiedad prodigiosa de figurarse respuestas fáciles, sencillas, simples. No lo son. Los avatares humanos son complejos, enrevesados en la maraña de las circunstancias y eventos fortuitos, y también en el destino global y de Dios. Los caminos de los sentimientos y pensamientos no recorren las calles de la racionalidad cuando se sufre. Se sueña despierto, se vive dormido, se repasa cada uno de los pequeños detalles de la vida antes del traspaso a esa frontera de la eternidad, por la pérdida de Dios.
La cárcel es otro mundo.
La gran mayoría de los que ingresan a ella, por algún delito o prevaricación contra la ley, reinciden a su salida, a su regreso al mundo fuera de sus rejas. A la cárcel los condenan la sociedad, pero no los salvan. Los hunden mucho más.
En una dictadura la cárcel no está al traspasar esas rejas, sino también en el otro lado de ellas. Por el silencio, la mentira, el engaño, las dobles circunstancias y los dobles pensamientos y discursos humanos. El oportunismo de falsos amigos. La razón comprada de tantos enemigos. El círculo de hipocresía ideologizada que ahoga al ser humano como ser social.
Angel reincidió en su delito fundacional a la salida de su pequeña cárcel. La grande, y también la pequeña, lo condenaron a ser más honrado consigo mismo, y reincidir. Decir que se equivocó porque dijo la verdad. Y ahora reincide una vez más diciendo que la dirá muchas, repetidas veces.
El delito de la honradez es el peor en los regímenes totalitarios. Es un delito que no puede ser extirpado ni con la muerte. La honradez condena al otro al ostracismo. Lo condena ante Dios. Y Él lo condena también. Lo han demostrado poetas, escritores, personas de pensamiento libre, el hombre civilizado que se encontró a sí mismo.
“Bajo un gobierno que encarcele a alguien injustamente, el sitio adecuado para una persona justa es la cárcel”. Lo dijo Thoreau. La única objeción que le impongo a sus sabias palabras es que a veces la prisión esta más allá de esas rejas, se extiende como un desierto entre los hombres y los condena a la indefensión más terrible.
La cárcel se convierte en un país.
En la individualidad del gesto, y en su pequeñez, creo también que Angel pecó supremamente de ingenuidad, pero eso no es condenable. En cambio, sus carceleros pecaron de malicia.
Y reincidieron.
¿Culparía usted a alguien por ese pecado?

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