Thursday, October 2, 2014

Hong Kong y La Habana: Sombrillas y Chiringas

La “revolución de la sombrilla” no le da respiro a la comunista China. No se sabe cuál será el futuro de esa “revolución”, ni qué podrá suceder mañana con aquella ciudad y sus jóvenes, pero más de una conclusión se puede sacar de lo que sucede en aquel rincón de Asia.
Mirar La Habana, sus estudiantes y adolescentes, su juventud y ver las fotos de las sombrillas en Hong Kong produce una nostalgia de rebeldía que fallece en el Caribe.
Diferencias, es lo primero que nos asalta cuando leemos las noticias. Y muchas comparaciones nada agradables.
Para empezar por los principios. Y el principio aquí se resume en esa palabra: revolución. No me gustan las “revoluciones”. Hoy casi todo se encasilla y categoriza por “revoluciones”. Un término que por su abuso ha perdido, no sólo el sentido originario de la palabra, fundacional, sino también el poco prestigio que conservaba después de la francesa.
Aquella, como muchas otras, terminó en el patíbulo, el hacha del verdugo o la guillotina afrancesada, mientras Robespierre firmaba documentos “fundacionales” para la historia. ¡Hay tantos Robespierres por estos lados del océano! La que un día se “desató” en La Habana también tuvo ese destino. Guillotina en La Cabaña, juicios sumarios sin garantías legales, sin transparencia judicial. Crímenes.
Pasemos la página entonces. No llamemos revolución a las sombrillas de Hong Kong, llamémosle como debe ser y es: protesta civil contra el intento de instaurar el totalitarismo. Hong Kong no es China, ya se sabe. Resquicios de libertad de opinión y prensa, elecciones controladas, con ciertos márgenes de libertad.
Los jóvenes en aquel rincón luchan por conservar su libertad, no por reclamos materiales. No se trata de salarios de miseria, ni de falta de trabajo, ni de diferencias sociales abismales, ni inflación y crisis. Luchan porque el gobierno comunista de China quiere destruir, robarle, el sistema electoral a la antigua colonia británica. Exigen tres puntos: elecciones libres, libertad de opinión y prensa, y la renuncia del títere que China tiene en el asiento de gobierno.
Ni más ni menos.
¿Quiénes han levantado las sombrillas?
Los jóvenes.
Ninguno ha preguntado si las generaciones anteriores lo hicieron o no. No han preguntado si los partidos de oposición, o las figuras tradicionales de disensión van a la protesta, pretenden hacerla u organizarán la rebelión.
El gobierno títere intentó censurar los móviles, y aparecieron de inmediato las aplicaciones para burlar la censura. Las encontraron ellos mismos. Establecieron sus canales de comunicación. Se organizaron. No destruyen la ciudad. Cuidan el césped de los lugares donde se concentran. Recogen la basura y la colocan en lugares donde los trabajadores de sanidad puedan acceder y recolectarla. Piden, incluso, disculpas por las molestias que puedan causar a las personas perjudicadas por su protesta. No destruyen comercios. No incendian autos.
Extraordinario, puede pensarse.
Pero no lo es. Han demostrado tener la voluntad de enfrentarse, con inteligencia y organización. Disciplina y presión sobre las autoridades, para destruir sus argucias, y muchos deseos de que no se les corte el futuro a su libertad personal. No dan la espalda a Hong Kong. No escapan de aquel rincón multi-poblado del planeta. No hablan de “fin de ideologías”, sino que precisamente reafirman su existencia, de ahí el interés de China por eliminar las garantías civiles de ese lugar, y por la que ellos batallan. No han llegado al punto de extinción de la voluntad civil, cuando el ciudadano piensa que sólo “estó arando en el mar”.
Precisamente, aunque lo pareciera y muchos dijeran que no vale la pena, ellos siguen arando en el mar. No cejan.
¿Diferencias con Cuba?
Todas.
Póngale nombre. Repase a todas y cada una de esas cortas oraciones de afirmación y cámbiele el carácter afirmativo. Conviértala en su contrapartida negativa.
Esa es Cuba.
Los jóvenes cubanos dan la espalda a Cuba. Los de Hong Kong luchan por su futuro en su pequeña tierra.
Los jóvenes cubanos escapan en balsas. Los de Hong Kong salen a las calles con sombrillas a enfrentar las autoridades.
Los jóvenes cubanos racionalizan la indiferencia. Los de Hong Kong planifican el enfrentamiento y la lucha.
Los jóvenes cubanos no tienen ningún proyecto. Los de Hong Kong quieren mantener su estatus de libertad y han presentado sus demandas.
Los jóvenes cubanos tienen todas sus organizaciones de inútiles ordenados en las manos del gobierno. Los de Hong Kong se enfrentan a ese posible ordenamiento por parte de la ya ordenada, censurada e inutilizada juventud de China.
Muchas, muchas más.
Lo que ocurre en Hong Kong es la respuesta a todos estos que, como ya dije, racionalizan la indiferencia… en La Habana. Critican con implacabilidad a la oposición o disidencia cubana, pero se sientan a empinar chiringas en el sillón de la benevolencia cuando se miran en un espejo. Para enfrentar los problemas de Cuba hay que ser implacables con todos. Decir la verdad, que siempre duele. No mirar hacia atrás, mirando como las generaciones anteriores también empinaron “esas chiringas” y no hicieron nada y, por lo tanto, las de ahora tampoco tienen que hacerlo. Siguiendo este cursito de “vivir y dejar vivir” llegaremos al fin de la historia y seguiremos empinando esa chiringa.
Nadie hereda ninguna cruz. No existe ninguna cruz, además, más allá de la que nosotros mismos nos la hemos colgado al cuello. Dejemos la dulce palabra que justifica nuestra banalidad como generación. Los jóvenes son los que tienen que reventar la dictadura cubana. De ellos depende el futuro del país, que es su futuro. Si no tienen un proyecto, si no se preocupan por tenerlo, si ni les interesa quedarse y sólo escriben la historia de su escapada, Cuba seguirá siendo lo que es: una dictadura en manos de una dinastía que mañana, sin necesidad de estar sentados en el sillón presidencial, moverán los hilos del muñeco de cuerda, mientras disfrutan el dulce regalo de la indiferencia de las generaciones que deben cambiar el país.
Así de sencillo.
Entre Hong Kong y La Habana hay miles y miles de kilómetros geográficos por recorrer. Y también miles de diferencias esenciales. ¿La fundamental?
Voluntad y juventud. En Cuba la juventud está en la edad de la decrepitud. El país se cae de viejo.

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