Wednesday, October 1, 2014

Ataúdes de Piedra

Si alguna vez me preguntaran qué haría, en caso de estar en mis manos y ser yo el privilegiado de poder hacerlo, el día que la dictadura castrista desaparezca , si pudiera tener la posibilidad de escribir ese primer edicto de la nueva república sin armas, de civil, sin uniformes ni botas, con la casaca común del ciudadano. Mi respuesta inmediata sería, sin dudarlo y pensarlo dos veces: liberar al Martí de la piedra.
Derrumbar aquel ataúd de mármol que mira, con gesto ceñudo, aplastado por alguna pena sin nombre, o con un nombre demasiado conocido, el pavimento recalentado de aquella plaza en silencio.
Liberarlo. Convertir la piedra, el pedestal de mármol, las luces sombreradas con gorros frigios en un lugar de flores y árboles. Un jardín de aguas y pájaros, donde los niños, las parejas de enamorados y los hombres respiren el aire libre, la fragancia del rocío o la lluvia de mayo. Y en algún rincón tranquilo, debajo de algún árbol sin flores ni frutos, nada que lleve a los niños, ni al paisano travieso a arrancarle alguna hoja o flor, sentaría al Martí, en su estatura de hombre ahora que también sabemos con exactitud matemática que era un hombre pequeño, de apenas 1.66 metros.
Allí, al lado de Carmen Millares. En una mano, quizás, sostendría algún libro de poesías, suyo o de algún otro, mientras la otra retozaría gozosa entre los dedos de Carmen, con una sonrisa contenida, sensual en sus labios, como recordando algún travieso recuerdo. A sus pies, su hija ilegítima, María Mantilla, jugando con sus pequeñas muñecas. Sonriendo pícara a alguna piedra escondida entre sus manos.
Un rincón para su verdadera familia, y quizás para la de todos.
Volver al hombre que nos han convertido en semi-Dios y nos lo han levantado demasiado alto, como para no hacérnoslo tocar ni lograr parecérnosle.
Y a la vez, si también se me permitiera, destruiría todos esos camposantos de piedras y marchas, que sólo ven soledad y silencio en la larguedad del año en muchas de nuestras ciudades y pueblos, y sólo despiertan de su sueño de piedra y acero por algún accidentado acto de política pomposa, una marcha sin voluntades, un capricho de edicto o una efeméride exótica de una Europa desaparecida ya hace tiempo, inexistente.
La nueva Cuba tiene que empezar por re-pensar sus símbolos, cambiar de actitud ante sus muertos, héroes, personajes ilustres y célebres, presidentes y pensadores verdaderos que, primero que estatuas de mármol y acero encumbradas en algún rincón de silencio, fueron hombres, y erraron, y amaron y sintieron el ardor del combate y de las pasiones íntimas de la vida. Como lo hace el hombre que visitaría el nuevo parque, los nuevos árboles y flores, la nueva pareja que, tomados de la manos, sentados en ese lugar escondido entre la vegetación cómplice, leen y disfrutan un poema de amor, con la sonrisa sensual de la pareja, de los amantes que recuerdan un lugar, un instante de vida, una caricia.
A sus pies, sólo una pequeña tarja:
Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche
Y nada más.
Alguien me podría recordar, con picardía o por maldad, que aquel Martí prisionero en el mármol no fue siquiera edificado por estos nuevos ediles dinásticos. Mucho antes, en la otra dictadura, bajo otro apellido de acero también.
Cierto, pero fueron los segundos quienes lo encarcelaron como testigo sufriente, solitario y silencioso, a pomposas declaraciones de guerra, batallas que nunca se ganaron, ni existieron, marchas automáticas de indiferencias, botas de milicos y para-esbirros, ejércitos de cobardes y alardes de banderas en silencio.
El tiempo ha borrado cómo fue creado, bajo qué circunstancias y presupuestos y para qué. Todo se convirtió en ese ataúd que se levanta silencioso sobre la ciudad. Que nadie visita, ni recuerda. Una mirada adusta perdida en el asfalto, rodeada de uniformes y fusiles.
Un muerto de mármol.
La nueva república vestida de civil no puede tener a sus héroes enterrados en piedra. Vigilados por uniformes. Silenciados todo el año. A la altura de los hombres, no sobre sus hombros. No un camposanto de mástiles de mármol, que nadie contempla en sus ojos.
A la tierra. A las plantas mismas que pisan nuestros pasos. Allí, rodeados de sus conciudadanos de hoy, habrá que liberarlos, para que anden, caminen, podamos verlos a sus ojos y recordar que, en algún tiempo pasado, ellos fueron nosotros, como nosotros entonces seremos ellos.

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