Wednesday, October 22, 2014

Accidentes Ortográficos

Las críticas de la oposición venezolana a la presencia médica en Venezuela de profesionales de la salud cubanos a veces son abrumadoras, en todos los aspectos. Es su derecho expresar su criterio, su opinión. Es su derecho exigir una respuesta o acudir a la prensa, cuestionar y exigir una respuesta a sus preguntas.
Nadie cuestiona ese derecho.
Pero a veces creo se acude demasiado a los extremismos. Y tristemente se olvida que los cubanos están huérfanos de voluntad, y de mecanismos democráticos para ejercer su voluntad. Su presencia es una orientación política de su gobierno, que es una dictadura.
Aclarado ese punto esencial.
Dirimir la profesionalidad de los cubanos que trabajan en Venezuela en el programa “Barrio Adentro” no puede hacerlo alguien que vive en Canadá, y que desconoce personalmente a los que allí trabajan.
Pero viví en Cuba una gran parte de mi vida. Conocí sus médicos, y trabajé en un hospital neurológico: el CIREN. La doctora Molina era entonces su directora, y después lo fue un bizco llamado Julián Alvarez. Muchos de sus médicos eran excelentes. Y sus enfermeras magníficas.
Puedo, sin embargo, entender las dudas con respecto a la composición del personal que constituye ese contingente. Los venezolanos creen que es una infiltración de la inteligencia cubana, además de ser profesionales del sector de la salud e invadir su profesión. No habrá sido la primera, ni será la última, en que elementos de la seguridad del estado cubana se incluyan entre el personal profesional de alguna misión e, incluso, de que algunos de ellos sean miembros captados de esos órganos de seguridad.
Si tuviéramos la memoria muy corta hasta podríamos olvidarnos de aquel miembro del personal diplomático de Malta que era agente de la G2 cubana.
Pero de eso no quiero hablar aquí.
Recientemente he tenido un intercambio de opiniones sobre la competitividad de los médicos cubanos a raíz del envío de personal de salud de Cuba a Africa, por el ébola. Muchos en Venezuela, y en otras partes del mundo, cuestionan a los médicos con el objetivo de cuestionar la misión, su presencia, y el objetivo político de esa presencia.
Ya lo he dicho antes: el régimen mercadea con la salud pública, y con sus agentes, los médicos y enfermeras.
Pero no es culpa de ellos, en última instancia, la consecuencia política de ese mercadeo. En su lugar se debe cuestionar a las más altas autoridades cubanas, y en primera instancia al Ministro de Salud, que es quien debería objetivamente defender la misión puramente escolástica, humanitaria, de los cubanos.
No lo hacen. Son tuerca y tornillo del sistema, y de sus directores.
Las autoridades médicas son las poleas de transmisión de la política global del régimen. Responden a ellos, y es su función transmitir y apretar a los escalones inferiores para la consecución del objetivo final: la obtención del aval político del régimen.
Sin embargo, hay una cuestión más sutil, y mucho más inadecuada en algunas de las injustas críticas que venezolanos, y otros latinoamericanos, ejercen sobre los profesionales de la salud de Cuba: cuestionan su competencia profesional, su cultura y sus conocimientos médicos muchas veces a partir de su ortografía, su expresión oral, y su desenvolvimiento social.
Yo no puedo garantizar cuán veraz es esta imagen que encabeza el post, pero fue muy publicitada vía Twitter. Se la adjudicaban a un médico cubano en Venezuela. Si se fijan bien, escribió “descarsa” en lugar del correcto “descalza”.
No, no garantizo la autenticidad de la foto. Pero tampoco niego que haya sucedido. Perfectamente pudo ocurrir.
La pobre ortografía en Cuba es consecuencia de la masividad a que la educación fue sometida desde la época de los 70. La explosión demográfica de la población cubana en edades juveniles hizo imperioso la formación exponencial de nuevos profesionales de la educación. La solución del régimen fue, entonces,  la masividad en la creación de contingentes de maestros, la disminución de la edad para captarlos y la preparación expedita de ellos.
Consecuencia: falta de profundidad en los conocimientos de los que se graduaban con esa profesión, disminución de la diferencia de edad entre los que estudiaban y los que ejercían el magisterio a esos estudiantes, con la consecuente inmadurez espiritual y sicológica.
Lagunas de conocimientos y preparación profesional.
Y esto me recuerda a mi maestra de Literatura en décimo grado. Se llamaba Leonor. Más que de versos y libros, nos hablaba de su esposo, tan joven como ella, y su pequeño hijo. Como anécdota recuerdo que un día nos dijo su hijo, de un año, se llamaba “Raylé”. Consecuencia de unir las dos primeras letras de los nombres de su esposo y del suyo, Ramón y Leonor.
¡Como tantos locos nombres con que hoy nos bombardean con “Y”!
Nos daba clase siguiendo las notas apretadas tomadas, en algún momento de su instrucción de carrera y “a la carrera”, en una libreta con una letra desigual. “Escriban”, nos decía, y nos disparaba aquellos párrafos mal escritos, y mucho menos comprendidos. No conocía a Marinetti, pero hablaba de Mayakovsky. No sabía quién era Gastón Baquero, pero nos hablaba de Nicolás Guillén. No conocía a Guillermo Cabrera Infante, pero nos dictaba escuetas notas sobre Alejo Carpentier.
Yo dudo de que hubiera leído alguna de las obras de los escritores de los que nos hacia tomar aquellas rápidas notas, dictándonoslas.
No la culpo por nada. Tuvo la desgracia de tener un preguntón en clase, que con harta malicia preguntaba, honradamente lo confieso.
Maestras como esa, y profesores de ese estilo hemos tenido todos los cubanos en secundaria, pre-universitario y en la misma Universidad. A mi profesora de “Geometría Analítica” en el primer año de mi carrera, de nombre Zenaida, no se le podía esconder la libreta de clase porque se perdía en un campo de yerba… geométrica.
Por mucho tiempo la ortografía no influyó en las notas que obteníamos muchos de nosotros en matemáticas, ciencias y otras asignaturas que no fueran Español y Literatura.
Y teniendo los jóvenes profesores que tuvimos, la generación que me acompañó y las siguientes, incluidas las actuales, se puede comprender las carencias ortográficas de los que ejercen alguna profesión, con mucho talento, en cualquier lugar del mundo.
Yo he visto excelentes médicos firmar su receta, otorgármela con un letrero bien grande en letras rojas que decía “HOJO”, para que la técnica farmacéutica leyera con cuidado y comprendiera qué medicamento, y en qué proporciones debía prepararlo, y expenderlo.
Por supuesto, me apenaba aquella roja huella de ignorancia ortográfica de aquel excelente profesional de la salud. Amigo de mi familia, joven como yo, de un talento en su profesión incuestionable. Neuro-cirujano.
Hoy no reside en Cuba, como tantos otros.
Cada vez que oigo a alguien menospreciar a algún cubano me viene, inevitablemente, el nombre de mi amigo a la memoria. Y también los nombres de compañeros de estudios. Inteligentes, talentosos, personas que ejercen su profesión en instituciones reconocidas en Europa y Estados Unidos.
¡Hasta los más grandes talentos poseen lagunas en sus conocimientos y en su expresión sobre ellos!
Recuerdo a Gustavo – no digo su apellido para no abochornarlo públicamente –, posiblemente el estudiante de mi año en “Ciencias de la Computación” más inteligente, más talentoso. Desgarbado, delgado y mal vestido. Camagüeyano.
Para leer tenía que hacerlo en voz alta. ¡Cuántas veces lo sacamos de la biblioteca de la colina universitaria, por aquel murmurar continuo con que nos hostigaba en el silencio sepulcral de aquel lugar, mientras estudiábamos!
Era prácticamente un genio. Cuando los demás teníamos que estudiar, repasar nuestras notas, buscar en libros y manuales, Gustavo se echaba a leer un libro de física que no tenía nada que ver con nuestros estudios. Para el ya todo estaba resuelto. No escribía en clases. No tomaba notas. Y sus preguntas eran un dardo a los profesores.
¡Pobre Zenaida!
Despreciaba la literatura. ¡Cuántas veces me reprochaba mis lecturas de Dostoievski y de Rimbaud!
¡Eso no da nada!”, me decía.
Nadie le había enseñado el amor a la poesía. Nadie le había enseñado el amor a los libros más allá de los manuales y compendios de ciencia.
¡Lecturas inútiles!”, nos discutía.
En una época en que los maestros y profesores “enseñaban” poesía, literatura y composición escrita dictando desde sus libretas de notas del contingente de maestros formados por el régimen, muy pocos podían tomarse en serio, amar y desarrollar su amor por algo tan estéril como versos y palabras, historias hiladas en la imaginación fértil del artista que las escribía.
Las consecuencias de hoy son el resultado de aquellas faltas.
Hoy hay otras, más evidentes, mas desgraciadas. Salarios miserables. Irrespetabilidad de la profesión. Carencias de todo tipo. Y la misma masividad de entonces.
La ortografía es un reflejo de las carencias educacionales de una sociedad, de cualquiera. La tecnología no las suprime. Como tampoco la carencia de tecnología puede usarse como la inexistencia del talento natural, del deseo de conocimiento y de la profesionalidad de nadie.
¡El talento siempre florece… hasta en los lugares más insólitos!
Si así no sucediera, no hubiera sucedido, estuviéramos condenando a la inexistencia a Aristóteles, Leonardo da Vinci, el gran Galileo. O en Cuba a grandes nombres como Carlos J. Finlay, Félix Varela y nuestro José Martí, para hablar de tres nombres icónicos de nuestras ciencias y letras.
Lo que quiero decir es sencillo.
En Cuba tenemos muy buenos médicos. Faltan libros de medicina. Falta tecnología. Nuestros hospitales son un desastre. No existe una vitamina C y a veces ni un antibiótico. El mercado negro florece de aerosoles y drogas de primera generación, mientras los estantes vacios adornan las “boticas” locales. Y, sin embargo, los médicos no dejan de conocer las últimas adquisiciones de la ciencia en drogas, tecnología y tratamientos terapéuticos.
No se puede cuestionar a la profesión de lo que se le cuestiona a la política. Son los políticos los que manipulan a la profesión. Son ellos la causa fundamental del odio ciego a profesionales que únicamente cumplen su misión humanitaria.
Ayudar al que sufre.
No condenemos el talento en la ciencia y en las letras por culpa del talento malvado de la política y los políticos.
Ellos son los culpables. No lo contrario.

0 comments: