Thursday, October 23, 2014

A propósito de Ottawa

Lo ocurrido ayer en Ottawa no refleja el alma y el espíritu de lo que es Canadá.
Esas imágenes de personas aterrorizadas corriendo para escapar de balas, francotiradores en los techos de los edificios colindantes, políticos que se acantonan en oficinas, centinelas que mueren en cumplimiento pacífico del deber en un Monumento a los caídos en pasadas guerras mundiales, atrincheramientos, policías, personal de asalto altamente especializado, tiros y frenesí, no, no es Canadá.
No puede serlo y no lo es.
Evidentemente vivimos en un país muy ingenuo, con las puertas abiertas a los "astutos" que le gustan la maldad. Y seguimos sin darnos cuenta que estamos rodeados, literalmente.
Armas sueltas en la frontera sur.
Miles de emigrantes a los que aún no se les pide demasiado sobre su historia pasada.
Fronteras que son fáciles de cruzar.
Personas que vivimos saludando con una sonrisa al recién llegado.
Una mano amiga que siempre saluda, y siempre se extiende para ayudar.
Esa Ottawa de ayer no es la de todos los días.
No es una gran ciudad. Nunca lo ha sido. No quiere serlo.
No es esa “megalotrópolis” que es New York. Es un capital de campo. Un pequeño poblado donde aún la sonrisa y el buen humor adormecen los sentidos.
Las imágenes de ayer no son de Ottawa. Son de algún lugar en un futuro aterrador. Sin pertenencia a este país.
Son las imágenes de un terror que nos puede llegar si seguimos con la inocencia del mundo, la sonrisa benevolente del que no quiere ver las señales del cambio, la ignorancia caprichosa del que no quiere convencerse de que algo tiene que cambiar.
Canadá es este país sin rejas en sus ventanas. Con los juguetes de los niños, sus bicicletas y muñecos en los jardines verdes y blancos, floridos o con la sabana congelada de su nieve. Los autos en las entradas de las casas mientras los garajes se llenan de herramientas, enseres inútiles y viejos muebles.
Es ese reino de paz, donde a cualquier circunstancia se le responde con un gracioso “Sorry” y el “Buenos Días” aún sigue existiendo. Como en los buenos viejos tiempos.
No debe cambiar, pero algo quiere hacerlo cambiar.
Canadá ayer no perdió su inocencia. Y Ottawa quizás sigue siendo la misma, pero de todas formas, y de algún modo, algo cambió.
¿El conocimiento de que también nos pueden ocurrir las cosas malas? ¿De que un 11 de Septiembre puede llegar a suceder en aquella torre del Parlamento o en uno de los rascacielos de Toronto?
En 147 años de democracia nunca ha existido una revolución, ¡Gracias a Dios!. Ninguna guerra civil o invasión. No se han librado guerras de conquistas, ni se han tenido colonias. Ningún canadiense ha luchado solo en ningún lugar.
Se ha dicho, por otros, que Canadá ha sido uno de los principales sostenedores y guardianes de la paz en el mundo, y que esa paz interior del cual el país goza se proyecta al exterior con la sensación de compromiso que sus políticos ponen en práctica aquí, en casa.
Eso no puede cambiar.
No puede suceder.
A pesar de ideologías.
A pesar de religiones absurdas.
¡A pesar de nada!

1 comments:

Simon-Jose said...

Por doloroso que nos resulte, por duro que sea reconocer la verdad, debemos poner los pies en la tierra y abrir los ojos.
Nos enfrentamos a algo maléfico que no mide diferencias entre "los infieles".
Un simple análisis de los "incidentes" que se han presentado en las últimas semanas aquí en Estados Unidos y en Canadá, donde han ocurrido varios asesinatos por la misma causa, nos hará ver que "el enemigo" se ha especializado en captar seguidores entre ciudadanos de nuestros países que han sido convictos por crímenes, por tráfico de drogas o por otros delitos que implican violencia criminal.
Saben que esos son los elementos proclives a ejecutar sus funestos actos criminales en nuestro territorio.
Canadá debe abrir los ojos a tiempo para evitar una tragedia de gran magnitud como la que hizo abrir los ojos a Estados Unidos.

Sabes que les deseo lo mejor.
Un fuerte abrazo,
Simón José.