Tuesday, September 16, 2014

Una isla en usufructo

¿Ir o no a Cuba? Es la pregunta que con iteración algorítmica parece retornar a los sitios, diarios digitales, redes sociales, prensa, declaraciones, malentendidos, polémicas. No se trata del retorno del simple ciudadano, si no del otro, del artista que se fue para levantar el vuelo en una carrera que no tenía, ni tiene, un futuro material y profesional dentro de la isla.
No la tiene.
Pero empecemos por el principio, que es el regreso. ¿Por qué se regresa? ¿Adónde se regresa? Y ¿bajo qué condiciones se regresa?
Son preguntas que esos mismos artistas deberían responder con honradez, si aún la tienen. Ya sabemos que el bolsillo oportunista hace estragos en el sector artístico desde hace mucho tiempo en Cuba. Cantantes que viajan a Miami, dicen no ser políticos ni querer hablar de política, para regresar entonces y hablar en el regreso de política… y como cotorras.
O el reverso. Hacen una carrera, se ganan algunos dólares y retornan para poder vivir su libertad en Cuba. ¿Es que no la tuvieron cuando vivían en el extranjero? ¿O es que hablan de la libertad de comprarse una casa barata en Cuba, sin impuestos, intereses hipotecarios y un dólar multiplicado exponencialmente por el mercadeo inflacionario?
¡Libertades de bolsillos, que no de almas!
El último en la lista de los regresos es Pancho Céspedes. Ya se ha escrito mucho sobre el cuento, pero mañana será otro, cualquier otro. Y la polémica regresará olvidando siempre el mismo punto básico: ¿adónde se regresa?
Y ¿para qué?
Si la respuesta es para cantarle al que sería su público por excelencia, el argumento puede ser comprensible. Todos queremos que nuestro entorno nos reconozca como triunfadores, o que al menos conozcan qué hemos hecho en todo este tiempo lejos del lugar donde se nació, y nos vio crecer.
Entendible, ¿no es cierto?
El problema es que se regresa a la plaza, el teatro, el cabaret, el evento oficial que servirá de tablado al retorno. Todos ellos pertenecen a un solo dueño: el gobierno de Cuba.
Las plazas, los estadiums, los teatros y salas de conciertos, las plazas públicas – aun cuando supuestamente deben ser de todos, pero no lo son –, los museos, los salones de exposición, las pequeñas galerías de arte, las universidades, la radio, la televisión, los medios, la prensa, los eventos, concursos y festivales, todo donde un artista tiene que retornar para demostrar su arte tiene un único dueño, empleador ideológico que no admite ningún rasguño a su política “cultural” – llámese ideología.
Póngale DOR, Partido Comunista, Buro Político, Raúl Castro, el otro decrépito en un punto cero rodeado de moringa, póngale el nombre que quiera. Todo eso tiene ese dueño que o castiga con el silencio, o con la puerta cerrada o con la simple advertencia del verdugo.
No se hace política, dicen algunos. Vamos a cantarle al pueblo. ¿Dónde? En los lugares donde el dueño y empleador es el mismo: el régimen. Todo el dinero recaudado va a esas arcas, a ninguna otra. Y los que invitan, organizan y festejan tienen la misma agenda del gobierno. Responden a ella. Imponen las condiciones de esa elite de poder.
¿Es o no es así, Pancho Céspedes?
Nos guste, o disguste a unos, a otros, o a todos. Cuando se regresa no se retorna a Cuba. Se retorna a algún otro lugar en usufructo al que apodan Cuba. Se baja el cogote a ese dueño ideológico, del que se niega públicamente ser una perla privada del collar de la dama republicana, asida a la presidencia por 56 años. Aun cuando se cante en una plaza pública, donde no se recolecte ninguna entrada, ni se pase el sombrero socialista para ninguna obra igualitaria, se está asistiendo a un usufructo.
Al usufructo de Cuba, de su cultura, de sus artistas y su arte, del futuro del país, del alma libre de cada ciudadano con decoro, y en nombre del verdadero dueño que no es el pueblo. Ese sujeto de que hablaba Pancho, o algún otro, el de mañana o pasado. El próximo que retorne y se desate esta, la misma polémica de siempre.
¿Cuántas veces más la vamos a replicar?
Las condiciones pueden ser más o menos onerosas. El régimen  sabe siempre hilar astutamente su viejo collar. Atando algunos con un nudo más suelto, exigiéndoles más cordel a otros. Cosiéndole la palabra a todos.
El para qué se regresa entonces es irrelevante. Muchos de estos que retornan lo hacen para vivir una vida fácil. No hicieron la zafra de dólares adonde se marcharon. No brillaron “las estrellas” en el cielo musical. Recolectaron unos cuantos billetes y regresan para consumirlos con gotero socialista.
Bolsillo oportunista capitalista en pantalón cubano socialista. ¿No es así, Descemer?
A tomarse el jugo multiplicado, cantar la chambelona socialista y regresar a recolectar algún jueves en cualquier otro club generoso de Miami, donde se declarará “artista” y no un político, y pedirá respeto a sus opiniones, libertad de palabra y pensamiento. Nada de lo que se arriesga a pedir en Cuba. Olvidándose, por cierto, de que la palabra libertad es esencialmente de raigambre política.
Quizás ese día en la clase estaban chupándose la chambelona, o algo así.
El hombre nuevo que formó la Cuba castrista es un oportunista en esencia. Utiliza la palabra como artículo de venta y compra. La coherencia es una prenda de vestir utilitaria, fácilmente desprendible. Un calzoncillo que se puede ensuciar y arrojar a la basura capitalista. Después de todo, se goza de bolsillos cosmopolitas, jugosamente dolarizados. Ah, y la muy criolla honradez es un producto desechable.
Jineterismo cultural de trópico.
Yo siento mucho no poder comprender ese espécimen. Me eduqué en un núcleo familiar donde mis abuelos hacían culto a la honradez, y a la decencia. A la coherencia de vivir pobre, sí, pero con la frente alta, sin tener que esconder los ojos ante la pregunta difícil. Sin tener que ir a pedir perdón a Dios por la palabra hipócrita, la mentira condescendiente, y el engaño oportunista.
Todos estos que regresan lo hacen por todo eso. Unos para subsistir de un bolsillo capitalista en propiedad ajena. Otros porque no han podido ser mucho más de lo que fueron en Cuba, quizás mucho menos. Todos porque sencillamente nunca han sido honestos ni con ellos mismos. No saben qué quieren hacer con sus vidas, qué lograr, qué principios defender, qué espiritualidad cultivar, con qué valores realmente culturales vivir.
Lin Yutang dijo que “el hombre superior ama su alma, el hombre inferior ama su propiedad”.
Estos ya no tienen alma, pero tampoco les queda ninguna propiedad. Viven sencillamente en usufructo sus vidas.
Pobres almas. ¡Nunca fueron libres!

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