Monday, September 1, 2014

Los vaivenes de la Aduana

Han comenzado a funcionar las últimas resoluciones que el gobierno de Cuba ha impuesto sobre las importaciones aduanales. Han causado ‘molestias’ allá, donde nunca dicen que hay molestias y todo es unitario, unas cuantas justificaciones en los medios cubanos, muchas líneas escritas en blogs y la prensa mundial, y también comentarios en las redes sociales.
Tal parece que Cuba vive al ritmo cardíaco de sus aeropuertos.
Y así es.
La economía particular cubana vive de remesas, sobrevive del bolsillo de sus emigrantes, se viste del mercado mundial que se introduce por sus aeropuertos. El ‘máximo’ perdedor, según la oficialidad cubana, es el vendedor estatal.
¿O no?
Si no hubiera remesas, ¿cuántos cubanos pudieran comprar en esas tiendas hechas especialmente para las remesas?
Lo que las resoluciones aduanales quieren ‘resolver’ es proteger la explotación del bolsillo emigrante, con la inflación de los precios de los artículos de uso y consumo de sus ‘tiendas en remesas’. Ocultar la ineficiencia de su comercio, destruir las publicitadas ‘reformas’ de timbiriches y ‘mercachifleos’, proteger lo triplemente protegido: el monopolio estatal.
No creen en la gestión privada, nunca han creído. Le temen. Creen que con su expansión desaparecerán sus exclusividades. Cuba ha vivido 56 años de monopolio de su comercio interior que, además, nunca demostró, ni en sus mejores momentos, tener la suficiente eficiencia como para satisfacer el promedio de las necesidades de su población.
La resuelven entonces con prohibiciones. Pero vayamos más allá, porque yo también pienso que los ‘gritos’ contra las restricciones aduaneras demuestra el conformismo secular de los cubanos, a los que no los he visto protestar públicamente, por cierto, por esas restricciones.
Comentarios de pasillo. Rabia adormecida. Susurros callejeros. Ni un conocido ‘yiti’ en las calles a un protestón. El cordero solo sabe balar, y bajar la cabeza.
Si el malestar existe, verdaderamente existe, es porque la inmensa mayoría de la población cubana se ha acostumbrado a que quien le suministre sus medios de vida sea el emigrado, de forma directa con el dinero enviado, o los artículos de uso y consumo en viajes y paquetes, y de forma indirecta por el mercado negro.
Ya nadie puede vivir de la muy conocida libreta de abastecimientos, que no abastece de nada y es sólo un símbolo ridículo de la ruina del sistema que la representa, y la impuso.
Nadie en Cuba siquiera ‘bala’ por su libertad personal, pero le preocupa que su sobrino, hermano, padre o amigo no pueda cruzar la puerta de los aeropuertos cubanos con el ansiado ‘pitusa’, el reloj de moda o la ‘pantalla plana’ de 32 pulgadas para una televisión oficial que nadie ve.
Piden libertad para los paquetes, pero no para los humanos. Libertad en los aeropuertos, y no en las calles. Libertad de vivir a cuestas de sus parientes en el exterior, ese mundo que cruza sus fronteras con los enormes embalajes de ropa y electrónicos. Nadie pide la libertad de vivir su propia vida. Sencillamente, los cubanos emigrados, o exiliados, o como quieran llamarse, nos cargamos Cuba a cuestas, como un caracol tropical en la superficie de este plasneta.
Miserias que ha engendrado un conformismo rastrero de 56 años de existencia. Y los emigrantes somos los culpables y sostenedores de ese conformismo.
¿Hablamos del embargo? Deberíamos hablar de la constante burla que hacemos de ese embargo.
¿Hablamos de libertades sociales, políticas, humanas? Deberíamos hablar de cómo atentamos sosteniendo la carestías de todas ellas.
Hoy se ‘grita’ por la Aduana. ¿Por qué no gritan en sus calles por la Aduana?
Llenamos páginas de justificaciones, críticas e historias de por qué en Cuba nadie protesta, sale a la calle, repite los sucesos de Agosto de 1994.
Una sola respuesta: nos hemos incorporado a la solución de esas ausencias. Somos el mercado interno cubano, el comercio interior estatal emigrado, somos sus bancos, sus tiendas, sus bodegas, las casas de licor y restaurantes de lujo, sus hoteles. Somos la economía personal de Cuba y, ‘gracias’ a ella, el gobierno continua legislando, e imponiéndonos más cadenas.
No a los de la isla, a nosotros mismos, los emigrados.
Las restricciones de la Aduana no son para Cuba, son para los que viven fuera de Cuba, y nos hemos conformado con suplantar la obligación de un gobierno. Les dejamos escribir sus leyes, les ponemos cada día bien bajo los cuernos para que el cordero siga balando, y asumiendo su rol de conformidad feudal.
De una vez y por todas, seamos coherentes con nuestras palabras y nuestros pedidos de libertad. Cerremos la puerta de esos aeropuertos y, con muy posiblemente, se abrirán las puertas a la libertad de Cuba.
Ese vaivén aduanal puede ser detenido si una mano detiene el impulso. ¡Hagámoslo!

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