Sunday, September 14, 2014

Lecciones de la Iglesia de Europa del Este para Cuba

En los 56 años de dictadura cubana muchos analistas, periodistas, escritores, católicos, no creyentes pero sostenedores de la libertad de credos y personalidades de la cultura, cubanos y no cubanos, se han cuestionado el papel de la Iglesia Católica en Cuba. Los ecos de esos cuestionamientos surgen hoy, más que nunca, ante el rol tan esencialmente controversial ejercido por su primado en Cuba: el Cardenal Jaime Ortega.
Y es que, en principios, la religión y sus instituciones, especialmente la Iglesia Católica, enfrentaron los mismos retos de sus correligionarios en Europa del Este, después de la caída de Hitler y la ocupación de sus territorios por las tropas soviéticas, con el establecimiento artificial de los regímenes pro-estalinistas en la región.
Entonces, el clero se enfrentó a las circunstancias de que la religión tenía que funcionar dentro de un sistema político que lo describía como su mayor enemigo. Algunos pensaron que cierto grado de cooperación e, incluso, colaboración, con el comunismo sería su única opción de supervivencia. Otros los enfrentaron con estoicismo.
La historia de esas dos tendencias es ejemplarmente descrita en la actitud de los Cardenales Mindszenty y Wyszynski, de Hungría y Polonia respectivamente. Mientras el húngaro Mindszenty eligió el camino de la disensión abierta en contra del comunismo, de manera directa y política,  Wyszynski optó por llegar a acuerdos con el poder pro soviético y estalinista.
Mindszenty no se anduvo con rodeos y no transigió ni negoció su palabra y su libertad personal ante Dios. Respondió a todos los ataques contra la Iglesia con duros contraataques, y no se mostró dispuesto a firmar ningún acuerdo con el poder hasta que el régimen restableciera las libertades religiosas, de congregación y de fe, todas las libertades personales. Fue encarcelado, torturado y permaneció en prisión hasta mucho después de la muerte de Stalin.
Wyszynski, en cambio, escogió otra clase de táctica. Se sintió más inclinado a llegar a acuerdos, a negociar con flexibilidad la existencia de cierta libertad espiritual y religiosa en la naciente Polonia pro-soviética. Se abstuvo de dar sermones encendidos y criticar públicamente al régimen. Prefirió protestar entre bastidores. Amargamente, en sus memorias, se lamentó de que los polacos no comprendieran sus tácticas. Llego a intentar identificar algunos puntos de acuerdos con la ideología comunista, señalando la defensa tradicional de la Iglesia de la justicia social, por ejemplo. La Iglesia llegó, incluso, a comprometerse en no apoyar a ningún grupo disidente ni de oposición al régimen, y así firmó un acuerdo en 1950 que obligaba a los líderes religiosos polacos a decir al pueblo que su trabajo era pastoral, y que debería fomentar el respeto por las leyes y prerrogativas del estado.
Todos estos hechos, por cierto, son sospechosamente posibles de haber sido seguidos por la actual jerarquía católica cubana.
El polaco luchó por encontrar tiempo para la Iglesia polaca y reconstruirla, ya que fue terriblemente devastada en ese país durante la guerra por ambos bandos en litigio, y su obsesión, que lo expresó en sus memorias, era evitar la devastación que había sufrido la iglesia ortodoxa rusa durante la revolución comunista en aquel país. Al final, Wyszynski también sufrió cárcel.
Las dos posturas dieron lugar a resultados muy diferentes.
Mindszenty tuvo el mérito histórico y el valor personal de su claridad en el enfrentamiento, y fue admirado por su insistencia en la verdad. Su franqueza lo convirtió en un símbolo de lucha contra el comunismo en la Europa pro-soviética. Pero no evitó que la Iglesia húngara sufriera represión.
Wyszynski tuvo el “mérito” de la flexibilidad que persiguió evitar la confrontación, evitar que los sacerdotes entraran en la cárcel, y mantener las instituciones católicas abiertas, lo más que pudieran estarlo. Su actitud no tenía la claridad moral del húngaro, ni tampoco la misma capacidad de inspiración, y sus sermones frustraban a los fieles por su ambigüedad y silencios. Sin embargo, para ser justos, esto ayudó a que fuera arrestado mucho mas tarde que el húngaro, y que la Iglesia polaca atravesara el período estalinista indemne, al menos en comparación con los otros territorios invadidos por los rusos.
Las dos tácticas en Cuba
Casi podemos delinear las dos líneas tácticas en Cuba. El período de enfrentamiento frontal desde el inicio de los 60 y llegando a su etapa final con la expulsión de los sacerdotes y monjas extranjeros, fundamentalmente canadienses y españoles en los 70. Hasta la famosa Carta Pastoral de la Iglesia Católica cubana de 1991: “El Amor todo lo Espera”.
Los cubanos conocemos los resultados. Los ataques frontales en la prensa, por miembros de la claque periodística oficial en Granma y el resto de las fotocopias de prensa. Los ataques “de costado” por confesos católicos, como Cintio Vitier, que hacían más daño por su posición oportunista. Las evidentes presiones al Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega y Alamino, por la redacción de aquella carta, realmente inspirada por el Arzobispo de Santiago, Pedro Meurice, quien fue el lanzador designado para hablar en Santiago durante la visita papal de su Santidad Juan Pablo II en 1998.
Podemos casi aventurarnos a delinear las dos actitudes. Mindszenty en Monsenor Pedro Meurice y Wyszynski en la piel de Jaime Ortega.
El retiro de Monseñor Meurice marcó, definitivamente, la declinación del enfrentamiento directo, y el establecimiento de un acuerdo de colaboración entre las autoridades comunistas y la alta jerarquía católica, encabezada por Jaime Ortega, ya entonces Cardenal. Sin lugar a dudas, la Carta Pastoral del 91 le abrió las puertas cardenalicias a Ortega, mientras que el retiro y posterior fallecimiento de Monseñor Meurice abrieron el camino a las tácticas conciliatorias y colaboracionistas del Cardenal.
Esa colaboración silenciosa “ayudó” a la excarcelación de decenas de presos políticos, en realidad expulsión sumarísima hacia España, algunos de ellos miembros de la famosa “Primavera Negra” del 2003, otros con un pasado más controversial, algunos cuestionados por no ser evidentemente presos de conciencia. La colaboración cardenalicia les abrió las puertas aduanales para su expulsión de Cuba. Fue así de sencillo.
Pero esa misma colaboración le permitió sacar los símbolos religiosos a las calles, enclaustrados por decenas de años en los muros eclesiales. Salidas controladas y seguidas muy de cerca por la policía política. Muchos en Cuba sospechan que quienes “sostienen” la Virgen en los eventos públicos son miembros o colaboradores de la G2, es casi un hecho.
Hoy la “Táctica Wyszynski” arroja la construcción del primer templo católico en la Cuba castrista, el acceso parcial a los órganos de prensa oficiales, la celebración más reposada de los eventos religiosos en el país, la presencia masiva del cubano en los precintos religiosos, especialmente en las celebraciones especiales de la Iglesia. Pero también se percibe la colaboración con cierres de publicaciones que apoyan la disidencia u ofrecen una ventana de opinión más liberal. Cambios en plantillas de colaboradores y de dirección en órganos públicos de la Iglesia Católica, que significaban la presencia de “opositores leales”. Algunos ven en este resurgimiento de la ortodoxia pro-régimen, la mano del Cardenal Ortega.
¿Es así?
Hay que decir, además, que el comienzo de la masividad a los templos católicos comenzó con aquella carta maldita de 1991. Es decir, fruto del “estilo Mindszenty”. “El Amor Todo lo Espera” abrió las puertas de los templos al cubano, les hizo regresar, les dio esperanza de que el clero tenia la voz del pueblo. Hoy algunos grupos disidentes denuncian el colaboracionismo de las instancias eclesiales católicas con el régimen, su hipocresía. El Cardenal, esperando ya su retiro, también ha estado teniendo una muy sospechosa presencia en la prensa oficial, con entrevistas y palabras con un muy marcado “estilo Wyszynski”, corrigiendo pasados controversiales que el régimen quiere re-escribir, como el bochornoso capítulo de la UMAP. De esto ya escribí en otro post.
La Iglesia en Cuba ha tenido dos etapas fundamentales, las mismas que tuvo la Iglesia en la Europa del Este. No se sabe qué es lo que deparará el futuro para esta institución en Cuba. El retiro de Ortega es una pregunta que debe ser contestada por la propia institución. La continuación del colaboracionismo también tiene que ser re-definido por el Vaticano, quien en recientes días ha publicado una carta de su Santidad el Papa Francisco a los cubanos.
¿Qué ocurrirá en Cuba después del Cardenal?
¿Tendremos una continuación de las “Tácticas Wyszynski”?
¿Retornará el “estilo Mindszenty” de la Carta Pastoral de 1991?
¿Tendremos a un nuevo Monseñor Pedro Meurice que le hale las barbas canijas y el bigotito hitleriano a los hermanos Castro?
Sólo hemos encontrado una respuesta clara en las palabras del arzobispo Bruno Musaró, nuncio apostólico del Vaticano en La Habana, pero no es cubano. La Iglesia cubana sigue estando muda, y las “Tácticas Wyszynski” siguen, al parecer, en la agenda del clero de la isla, aunque en Miami alguno se aventure a decir algo más.
Nada está claro.
Sin embargo, Cuba hoy no es la Europa del Este del período estalinista, y la Iglesia debería recuperar su moral con claridad y dirección, dejar la hipocresía y el colaboracionismo. La dialéctica no es un concepto marxista, ni mucho menos, y creo debería ejecutarse un cambio de timón, y exigirle al Cardenal Ortega que acabe de callarse y se retire definitivamente de la escenografía social de Cuba.
Es mi opinión. Las respuestas a las preguntas deben darla los Obispos a su Pueblo.

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