Saturday, September 13, 2014

En Bicicleta con Jack Layton

Se puede conocer cómo es una sociedad por la forma en que trata a sus líderes, ciudadanos ilustres, políticos y personalidades locales después de muertos. Un país joven como Canadá, por ejemplo,  todavía mantiene la suficiente frescura como para “recordar” a Jack Layton, el reciente fallecido líder del NDP (New Democratic Party), en un rincón concurrido de Toronto frente a las aguas del lago Ontario, cuando el veraneante local, el turista o el simple ciudadano van en camino, o regresan, del parque natural en las islas, frente al contorno líquido de la ciudad.
A pocos pasos, en una encrucijada donde se tropiezan nuestros pasos, encontramos al conocido Jack “montando bicicleta”… con cualquier ciudadano que pasa. Para tomarse una foto, o para divertirse un poco a costa del líder de bronce.
No dudo que alguno desconozca quién es, y lo pregunten. O que lo conozcan y por eso se saca la foto. Pero es la forma desenfadada, casi “normal”, que lo hace sentirse a la altura de ese joven que toma la foto, o del muchacho con las gafas de sol que regresa de disfrutar una jornada en las islas, la que atrapa mi curiosidad y hace que resguarde el recuerdo.
Líderes políticos recordados a la altura del ciudadano común, es el pensamiento que salta a mi mente. Puede parecer trivial, casi sin ninguna importancia para cualquier otro, pero para el cubano hastiado de la pomposidad socialista de la Cuba oficial,  tropezarse con “Jack Layton en bicicleta” es un acto de desintoxicación castrista.
El castrismo no originó la pomposidad a líderes y “héroes”, la reinventó, y la multiplicó en plazas con monstruosidades en piedra y metal, que sólo alcanzan su objeto de uso una vez al año, quizás para el ritual del 1ro de Mayo, o algún acto de la tramoya oficialista, donde la cualquier cosa está presente menos la voluntad individual ciudadana. El resto de los 364 días, los monstruos de piedra descansan el sueño del olvido, en plazas oscuras, abandonadas, sin ninguna vegetación que las resguarde del sol, el calor y la angustia. Erigidas en las afueras de ciudades y pueblos, estas plazas son los dinosaurios ideológicos que son reclamados alguna vez, para después morir apagadas tras las luces del concierto.
Hasta al Martí lo han dejado allí, cabizbajo, vigilando con la pesadumbre de su existencia de piedra inútil, rodeado de gorros frigios clavados en los altos de aquella plaza de infortunio. Adivino que si Dios le otorgara la voluntad de la sobrevida, el apóstol preferiría la bicicleta de Layton, o los espejuelos – al menos – de John Lennon en el otro parque del vedado habanero, para ser “recordado” si mereciera.
Pero ahí está, con los ojos huecos clavados cada Mayo, viendo pasar obreros sin derechos, levantando banderitas para saludar pompas socialistas de tiranos. Concierto de seres mudos. Rodeado de guardias pretorianos, ojos atentos a quien toma fotos y se acerca demasiado.
Terminado el evento, despejado el desfile numeral, la plaza se apresura a ser el desierto que es sólo interrumpido por el turista ocasional, tomando desde lejos la foto del monstruo en piedra.
Quizás Cuba ya sea un país viejo, o quizás Canadá aún siga siendo demasiado joven para levantar líderes de piedra, pero prefiero pensar que esta forma desenfadada tiene que ver con el mismo estilo de gobernar, y ser cuestionado. De tener que enfrentar el acoso de la prensa, periodistas y populacho a cada rato. Los políticos tienen que bajar de la piedra y subirse al estrado a pelear sus opiniones y sus derechos cada día, cada jornada, cada sesión parlamentaria.
Cuando se pasa demasiado tiempo en oficinas refrigeradas, haciendo la propia voluntad sin posibilidad de ser levantado del sillón ministerial, se termina convertido en piedras sobre cimientos de mármol, levantados sobre los hombros de los millones que pasan sin conocer siquiera qué pensamientos albergan esas cabezas de piedra.
Al menos Jack Layton sirve, desde su bicicleta, para que este joven sonría a alguna cámara, y quizás también se burle de haber quedado para estar sentado en ese rincón de Toronto.
En La Habana, quizás Layton hubiera terminado sentado en la muy conocida limosina Mercedes Benz que algún decrepito en jefe sigue teniendo a sus órdenes, en algún lugar rodeado de guardias de cemento.

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