Friday, September 19, 2014

De Colaboracionismos y Amnistías

La historia guarda celosamente la crónica del doloroso camino hacia el derrocamiento de las dictaduras, de todas las dictaduras. De derechas, y de izquierdas. O debiéramos decir, quizás con más propiedad, de las dictaduras. A los que defendemos la libertad del ser humano no nos importan los colores, y lados, y las etiquetas ideológicas de las dictaduras.
Todas lo son.
Pero las que etiquetan de “derechas” son más ¿fáciles? de derrocar, que las del otro lado del andamio socio-político. El término “fácil” no es muy feliz al uso, porque el derrocamiento de los regímenes dictatoriales siempre está ligado el ser humano, su destino ante la injusticia y su vida. No me gusta usarlo, aclarémoslo de una vez y déjenmelo sólo utilizar prestado de ocasión.
Las dictaduras “de derechas” no destruyen todo el aparato de la democracia, y no socavan la sociedad en su estructura económica. Y muy difícilmente logran la complicidad de los ciudadanos de un país, su colaboración activa y pasiva, hasta lograr destruir todo proceso de enfrentamiento. Tienen, además, la resistencia de los hombres honrados de todas las tendencias políticas, y también la colaboración de la claque intelectual de izquierda local, e internacional.
Las dictaduras de izquierdas, en cambio, se hacen dolosa y doblemente difíciles de derrocar precisamente por todo eso. Convierten al individuo en la célula activa destructora del entramado social que lo rodea. Complicidad y colaboracionismo se adjuntan en un combo para tocar la música de la orquesta del dictador de turno.
Cuba comenzó a tocar esta musiquita estalinista en 1959. Una continuación dramática de una dictadura de “derechas” a una de “izquierdas”. Mutación tropical pro-soviética.
La lucha contra Batista logró la complicidad y la simpatía de todo el teatro político cubano, cualquiera fuera su matiz, y lanzó a Fidel Castro a convertirse en esta adoración hollywoodense, con proto-estatura de semi-Dios encíclico, de una nueva era “revolucionaria”.
El mismo tipo de “revolución” democrática al estilo Robespierre, con la guillotina en los bajos del ventanal palaciego tropical.
Desde entonces la izquierda alcanzó la trinchera que necesitaba para, no sólo el aplauso, sino la colaboración cómplice y, en los peores momentos, el silencio ante la barbarie.
Pero en el país los cubanos nos arremangamos las mangas, y tocamos los timbales de la orquestica melodiosa socialista también.
Construimos así la amnistía total a un dictador. Le aplaudimos sus órganos de vigilancia. Nos convertimos en miembros de esos órganos. Aplaudimos al chivato, entramamos la prostitución ideológica de la fidelidad colgando el conocido cartelito de “Esta casa es de Fidel”. Levantamos automáticamente la mano, como un millón en alguna plaza, cuando al ritmo de palabras grandilocuentes se anunció el Socialismo renegado… por el mismo que dijo no lo era.
Se marcharon unos, nos marchamos otros. Y ahora se regresan muchos.
¿Todos?
No sé. Las cifras no interesan mucho. Uno, dos mil, “rempanganagua”. ¡Los que sean!
Cuando les dejamos que nos robaran las propiedades, fuimos cómplices. Nos callamos. Huimos. Amnistía para Castro.
Cuando aplaudimos la creación de la chivatería organizada. Aplaudimos. Levantamos la mano. O nos callamos. Amnistía para Castro.
Cuando abrimos Camarioca, o el Mariel, y gritamos “Gusanos” y “Que se vayan”. Gritamos. Aplaudimos. Carcajeamos. Y los demás se cosieron las palabras. Amnistía para Castro.
Cuando los dejamos volver, le abrimos los hoteles, implantamos impuestos y tarjetas blancas. No protestamos. No quemamos nuestros pasaportes. Hicimos la “colita” en las embajadas y consulados. Y nos callamos. Amnistía para Castro.
Cuando impusieron impuestos en Aduanas. Quitaron y pusieron prohibiciones de aeropuertos, productos y mercachiflería capitalista-norte-americanizada. Nadie bloqueó las embajadas. Nadie embargó los tickets aéreos. Seguimos pagando, volviendo, visitando y acatando como corderos. Amnistía para Castro.

Diremos. ¡No fuimos nosotros! Fue él. Innombrable y nombrable. Pero fuimos, porque callamos y dejamos hacer.
Somos colaboracionistas pasivos de un régimen que ha sabido imponer el ritmo de este comercio ilícito de colaboraciones. Ilícito por el no consentimiento, pero lícito por nuestro silencio.
Usted. Ese que grita tanto por el “fin de las ideologías”. Siguen existiendo.
Aquel, que regresa a alguna plaza para “cantarle al pueblo”. Plaza usufructuada. Colaborador pasivo silenciado.
Cada uno que compra un ticket de regreso, para lo que sea. Para ver esa abuela que nos crió, cuidó duramente en los momentos difíciles y nos lloró la partida. Además de la amnistía colaboramos con el dinero automático del regreso.
Dinero colaboracionista.
El embargo, bloqueo, póngale el nombre que desee, es la historia lacrimosa de un pueblo que ha entregado su espíritu de lucha a algún otro, al presidente de los Estados Unidos, para que comande la batalla por la libertad que sólo le pertenece comandarla al cubano.
Somos un pueblo indigno de recordar el nombre del Apóstol. El, que si estaba la bandera, pues... "no se, yo no puedo entrar".
¡Porque en vez de luchar hemos colaborado! 

Las verdades son duras, contradictorias y difíciles. Mucha gente no puede hacer paz con su pasado de colaboración, pasivo o activo. Muchos no pueden entender, o no quieren entender, o su gramo de oportunismo promovido, regenerado como la savia perfecta del castrismo, no les permite reconocer que han sido, y siguen siendo colaboradores del régimen.
No se logra entender que las dictaduras de izquierda no dialogan, muy difícilmente lo hacen las de “derechas”, a pesar de todas las presiones promovidas por amigos y enemigos.
Y entonces se nos enciman las energías oportunistas de los aplaudidores de mano zurda. Muy dados a servir de claque sólo por intereses locales, ideológicos, e indignos de su partido en algún enclave democrático del mundo.
Sí, todo eso es cierto. Los cubanos hemos tenido la complicidad abrumadora de la izquierda mundial para darle también su amnistía a Castro. Pero el culpable principal, y el colaborador usual es el mismo cubano que no quiere ni saberlo, ni reconocerlo, ni siquiera admitirlo en sueños y pesadillas.
Que envía dinero, ropas y vituallas.
Que sufraga timbiriches reformistas “Made in Raúl Castro”.
Que regresa a tocar “timbales” en un teatro metropolitano socialista… para “cantarle a su público cubano”. “Su” publico.
Que alquila una habitación en algún hotel, se pasea por Varadero o carga con medio WalMart por las puertas de las aduanas.
De colaboración y amnistía estamos podridos todos.
Y esa es la principal trinchera de defensa de esta dictadura. Comercio indigno de sentimientos, finales bochornosos de llamadas “ideologías”. Disdidientes prefabricados, porque en esta cumbancha hay de todo… como en botica.
Duro, ¿verdad?
Lo siento. Los 56 años no son una chambelona en la puerta de un colegio.

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