Monday, August 4, 2014

La Huida de los Duendes

La niñez es la única edad que puede reclamar la fantasía, vivir en ella, de ella, por ella. Hubo una época en que en mi país se condenó esa fantasía, ese calumniado “escape” a un mundo feliz, por ser falsamente burgués, símbolo de una era a la que había que “trascender”. En consecuencia, desaparecieron los “reyes magos”, las navidades, los cuentos de los hermanos Grimm, las canciones infantiles abandonaron el mundo de los sueños y la belleza de unicornios para pastorear el “paraíso real” de la neo-realidad socialista.
La acuarela infantil se vistió de soldado.
Y así se comenzó a desaparecer los dibujos animados norteamericanos, y nos condenaron a Mashenka, las figurillas de “palo” rusas y la excesiva aliteración pedagógica de una cultura pro soviética infantil.
Y nos lanzaron a la adultez.
Lo que sorprende hoy en la niñez cubana es esa adultez. La ausencia de la edad minúscula en que nos era permitido soñar, vivir el mundo sin la cuaderna orgiástica del adulto. La infancia abandonó la fantasía, el leve pastoreo de la imaginación, el reinado  del silencio ante el bullicio indolente de la pedestre realidad. Llegó el tiempo de la adultez prosaica, del ritmo erótico del canto del ordenado adulto, con la descarada dejadez de la niñez, y la ausencia de su candidez e inocencia.
Se perdió la edad de la inocencia.
Hoy Cuba padece de una edad adulta ordinaria. Malhablada. Vulgar. Corriente. Pedorrera.
Desde el maestro con mala ortografía que regaña al niño con la obscenidad de un carretero en su intercambio carnal con una meretriz, hasta el llamado líder oficial que revienta palabrotas en su discurso en la plaza pública.
Un pueblo de carreteros.
No sé si yo fui ese niño aislado de mi entorno, o si mi entorno estuvo aislado de esa realidad pedestre que ha contagiado mi país por demasiado tiempo. Yo no bailé con la voluptuosidad adulta en mi niñez. Descubrí que la fantasía navideña de guirnaldas y luces era un bonito regalo a la imaginación ya cuando era demasiado tarde, para los estándares de un país donde estaba prohibido soñar con magos y reyes. Y les seguí escribiendo esas imprescindibles cartas con fabulosas peticiones de inocencia infantil. Esperaba con ansiedad el advenimiento de la epifanía. Creí en Dios.
Viví mi niñez.
Fui niño.
Quizás esas dos declaraciones me hacían ya, entonces, un “enemigo del pueblo” en aquella isla. Porque, a pesar de mi saludo oficioso en la escuela, en casa no era “el pionero” en camino a convertirse en “el hombre nuevo”,  sino el niño que leía, dibujaba ángeles, se le escapaban los versos de las fantasías detectivescas de Enid Blyton que se arriesgaban a prestarme, a escondidas, de una biblioteca local.
Algo que redescubrí una vez más cuando emigré a Canadá, hace catorce años. Y es en mi regreso a Cuba que me sorprende. ¡No!, no es ese el vocablo preciso, me desconcierta la adultez de la niñez cubana.
Me azora. Me abruma. Me horroriza. Y en términos de su vulgaridad, me descojona.
Los niños blasfeman como los carreteros en camino a su meretriz. Los adultos se ríen ante “la gracia” blasfema del infante en su transformación adulta. Las canciones infantiles han desaparecido del mapa sonoro isleño. La fantasía se vuelve realidad “en fulas” y “chopins”.
Lenguaje retranco-financiero del adulto con que la niñez cubana se ha desvirgado.
¡Ah!, “ciudad de mi niñez, aquella donde todo se me dio sin preguntas”. Exclamaría presurosa Lourdes Casal.
¿Cómo retornar a lo que una vez fue aquella niñez, aquella inocencia hermosa, aquel pasado pueril, cuasi divino?
¡No lo sé!
Se les olvidó, a los oficiosos prescriptores de realismos, que la libertad de la fantasía no es ninguna huida a la irrealidad, como decía Eugene Ionesco, “es creación y osadía”.
Pero hoy la fantasía se ha escapado de la casa del duende, de ese que todos tenemos cuando somos esos hombres “chiquitos”, y pensamos en los ángeles.
¿Alguna vez retornará?

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