Wednesday, August 13, 2014

La Casa y el Hombre

“Y es que el hombre, aunque no lo sepa,
unido está a su casa poco menos
que el molusco a su concha.
No se quiebra esta unión sin que algo muera
en la casa, en el hombre... O en los dos.”
Estos versos de Dulce María Loynaz del Castillo vienen a mi memoria mientras ordeno viejas fotos. El niño que fui, la vieja estampa del “Corazón de Jesús” de mi abuela en la pared de enfrente a la misma entrada de mi casa, los viejos taburetes con la piel bruñida por el uso continuo, el sillón, la vieja hamaca de mi abuelo. Palabras, fiestas de cumpleaños, despedidas.
Mi casa significa todo eso, y mucho más.
Las maletas en el rincón cercano a la puerta horas antes de irme, en el preciso momento del traspaso a la sobrevida. Los ojos tristes de mi madre viendo aquel pequeño pedazo arrancado, separado de esa concha que me protegió tantos años de mi vida. “No se quiebra esa unión sin que algo muera”.
Son versos amargos, difíciles de recordar, pero también de olvidar. Porque en la casa de todos, y en cada uno de los que la poblaron alguna vez, se quebró algo.
Los padres se marcharon con sus hijos, o los hijos se desgajaron de la casa dejando atrás a los padres, las tradiciones, el respeto. Lejos, separados por una frontera líquida. Le prohibieron volver o le pidieron un imposible: el silencio.
Algo más allá de las palabras separó a los hermanos. Y la familia se quebró en la ordalía al falso Dios. Ese que reclamó divisiones, levantó diferencias inexistentes, acreditó partidarios y partidismos exógenos, filosofía pedestre de trincheras.
Y así voy revisando estas viejas fotos de mis padres, cuando empezaban su nieva vida mientras a la otra la hostilidad la atrincheraba en sus contornos, cercando nuestras casas. Marcando los que ya no están, los que se han ido, de muchas formas. Muerte. Separación. No retorno. Por los demás, o por ellos mismos. Los que se fueron y hoy no conocen qué ha pasado con su vieja casa, la pequeña y la grande. Y también los que sucumbieron al silencio, los que medraron con la "nueva" razón, los transigentes de la intransigencia.
Y regresaron con las alas rotas, a ver los viejos muros convertidos en peñascos.
Algo, sin embargo, puedo decir con toda certeza. Los más cercanos, aquellos de los míos que aparecen en el cerco más tangible de esas viejas fotos, se mantuvieron fieles a ellos mismos. Nada los hizo cambiar. No se fueron, y están aquí.  No existió su ausencia, ni su regreso como en la casa de Dulce María.
Fueron fieles a su vida, y a su pensamiento. ¡Cuán feliz me hace decir eso!
Se fueron los otros. El trasfondo. Los rostros que ya no puedo atrapar con nombres, e historias. Algunos de ellos tampoco ya estaban en esas fotos. Se negaron a existir en el recuerdo, por la complacencia con los que demandaron la separación de nuestra casa.
La casa grande, y la casa pequeña.
Porque, sin que queden dudas, vivimos separados desde entonces. La casa grande en que habita el Hombre: el país. Y la casa pequeña en que habita el ciudadano. La de muros y tejas, o cemento y madera. La pequeña molécula viviente en que se humaniza la grande, la casa mayor, la que casi ya no queda.
Muchos sentaron a la mesa la copa de la arrogancia, y despacharon el agua dulce del encuentro. Somos huérfanos de un tiempo de separación. Los muros cayeron, la pintura se despinta en las viejas paredes, los vecinos ya no quedan en las casas. Tampoco quedan esas casas.
¡Cuántos muros hechos parques para ancianos solitarios leyendo viejas palabras convertidas en himnos de ejércitos!
Adivino en ellos la fractura de la casa, y del hombre. De los dos. Adivino un mal café, con ese sabor amargo de chicharos, y los ojos lagrimosos recordando qué parte de la casa es esa donde hoy se sientan a releer las mismas palabras. Quizás en donde hoy descansa la esquina derecha del banco estaba el viejo “chiforrover”, aquel que guardaba la ropa blanca de domingo para ir a misa. Y la pata izquierda delimita aquella mesita con la flor, debajo del “Corazón de Jesús”, como el de mi abuela que fue después el de mi madre. Hoy, ni flor, ni ropa blanca.
Hoy un banco delimita las fronteras de una casa, derruida.
Mientras, alguien, con muy Mala Fe, canta “Cumpleaños Feliz” recordando el largo número de sobrevidas que tiene tantas muertes.

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