Thursday, August 7, 2014

El pecado de un escritor

No es escribir, sino dejarlo de hacer. Dar la espalda al murmullo que se escurre en la esquina, cuando el ojo que te mira, el oído que te escucha, y el labio que te delata no se encuentran. O se encuentran, pero el cúmulo de temores le hace delatar, apuntar con el dedo al pecador de la sinceridad, la honradez de la palabra, y la burla al encierro de la razón.
El pecado de un escritor es rendirse a la rutina. A lo que se hace evidente, y no es. Al panfleto de una ciudad feliz, cuando es amarga su semilla. A callar la palabra molesta, y conjugar el verbo esperado. El pecado es escribir sobre la felicidad publicitada, o la infelicidad proclamada desde las tribunas.
La ausencia voluntaria y consciente de lo superfluo, y de las letras que flotan en el cotidiano periódico permitido, he ahí el pecado mayor de quien escribe. Leer entre líneas y escribir sin ellas. Hacer preguntas, las difíciles, de las fáciles se ocupan los diarios, las revistas del corazón y los políticos.
Cuando existen.
Un escritor no es nadie. El día de su natalicio dejó de serlo. Se descolgó el nombre, los títulos, las medallas oficiales del honor. Los brillos. La tarjeta de identidad correcta. Las coordenadas exactas de su ideología. Las organizaciones de escritores oficialistas. Los oficiales escribidores de ensayos, informes y revistas. Los presidentes.
Un libro son las palabras que se escurren entre lo prohibido, o quizás lo prohibido.
Pecar, cuando de escribir se trata, es borrar las letras de la historia. Convertirse en la melodía cotidiana del evento. La poesía que se contonea al vals de los himnos, las frases dulces, los elogios. El verso pomposo y la campana replicante en cualquier iglesia consagrada.
No hay templos para el que escribe. Ni perdón.
Escribir libera a quien lo hace. De los temores de su propio espíritu. De la palabra enmendada, las justificaciones indebidas, los bochornos esperados y la mentira necesaria para la sobrevida. Porque el que escribe no sobrevive la experiencia, o al menos transita otra sobrevida.
Diferente.
Se muere en cada verso. En cada palabra sin espinas. En cada espina y en cada verbo, se lucha.
Con todo.
Con el control. Las justificaciones morales. La inteligencia esperada. La benevolencia con el amigo de compromiso. Los compromisos. La política. Las parábolas que evitan los nombres, los verdaderos, de las cosas. Las puertas que se abren, y las que se cierran.
Porque se cerrarán muchas cuando de verdad se escribe.
No es cómoda la pluma.
No se escribe de política. Se escribe de la vida. De lo que se habla en voz baja y nadie se atreve a decir públicamente, con libertad impúdica, ni tampoco quiere oír, pero murmura. Los murmullos, los silencios, los nombres prohibidos, las costuras invisibles que la ciudad esconde, o nos esconden de la ciudad. El paisaje de trasfondo. Los rostros de ese trasfondo.
La escritura es el personal pecado de la honradez, cuando se es honrado. Un pecado carnal que no se extingue, ni se cura; se multiplica, se recomienza en cada ocasión, en cada entorno, en cada memoria. Es el dedo temeroso sobre la arena, o el pájaro alado en un cielo de tormenta. No dura, no queda. Desaparece en un instante. Se espanta.
Se atrapa la ocasión, o se borra definitivamente el nombre de las listas universales de la existencia.
Es la palabra ante Dios, nunca el silencio. La irreverencia imprescindible a su presencia. Un grito sin voz.
Nunca un perdón.
No se escribe para trascender, sino ser trascendido por las palabras, los verbos, el torrente que se desborda de las páginas, del libro, del papel, del fuego.
Es el fuego. ¡Todo!
Se comienza desde los otros. Se desgarra las palabras ajenas. Se suman y multiplican, o desdoblan y estrujan, o sencillamente se las hace sangrar su tinta en el reverso del libelo que nos condena. Se traspasan sus letras, como aquellas mortales saetas sobre Cristo.
Y así terminan en cualquier otro nombre, en cualquier otra historia, en el infinito.
El peor, el pecado mayor de la escritura, es el destiempo de la palabra. Dejarlo pasar. Sucumbir a la rueda indetenible de la infinitud. Postergar. Relegar la historia a algún mañana seguro. Olvidar, convenientemente. Por miedo, por bondad o insultante humildad, o por el agazapado cálculo a la onerosa connivencia con el poder.
Porque no se escribe calculando cuánto nos queda de vida, sino esperando la muerte.
El pecado es sobrevivir.
Una Nota Imprescindible: Un pequeño homenaje a Angel Santiesteban, dondequiera que esté, y en el justo momento en que se hace necesario escribirlo.

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