Wednesday, August 6, 2014

El olvido voluntario

Los conocí en casa de una amistad común. Llevan cuatro años en Canadá, y son cubanos. Lisette y Juan Carlos son esos típicos parlanchines cubanos, opinadores de toda ocasión, que creen conocerlo todo, y han llegado al punto de la vida en que se sienten satisfechos, sin agradecer nada a la suerte, ni a Dios. Lograron salir de Cuba gracias al programa de profesionales de la embajada canadiense en La Habana, y hoy viven presuntuosos de la suerte que no quieren reconocer.
Es parte mi historia, pero diferente. La suerte, o la bondad de Dios, como yo interpreto ese toque divino, siempre la he tomado como la oportunidad imprescindible para la humildad.
Como ellos, un día de abril empaqueté mis escasas pertenencias, las pocas que poseía entonces y podía reclamar como mías. Dije adiós a mi casa, los viejos rostros, el ruido  de la ciudad que pobló mi niñez y la primera parte de mi juventud. Un adiós a la ciudad y a mi entorno, crecimos juntos. Ella camino a la destrucción. Yo camino al exilio.
Y dije adiós.
Tengo que confesarlo, como Lissette y Juan Carlos, en un principio quise olvidar. Cerrar esa puerta que, como un párpado ciego, ocultaba mi mirada al pasado. A mi ciudad, mis olores, mi geografía local, el lugar donde crecí y fui niño. Me dije, así, sin ninguna noción de dolor y nostalgia:
“No mientas,
no pidas perdón por el cariño,
no jures fidelidad a las flores,
no creas en promesas y desagravios.
Todo se olvida,
todo es ese pétalo flotando en el viento
y la memoria.
Nada queda de la vida después de la tormenta.
Nada queda de la flor después de su perfume.”
Pero no sucedió. Los recuerdos volvieron, inevitablemente, a voluntad y golpes. Volvieron. Y yo no quise renunciar a mi pasado, a mi país, a mis recuerdos. No se olvida, se renuncia. Y están aquí conmigo, dondequiera que voy. Es la piedra fundacional de mi vida, de mi nueva vida.
Y es así que los encontré a los dos, ese domingo, en casa de estas amistades comunes. Y conversamos.
Llegamos a ese punto de la palabra en que nuestros recuerdos se hicieron inevitables de repetir, y recordar. Y las diferencias afloran, porque la vida siempre es distinta. Intercambiamos esas palabras amargas que nos separan cuando a unos los ataca el cinismo de la vida fácil, y se olvidan de la infelicidad y de la suerte de los demás. Y al otro, bueno, este otro detesta el cinismo.
No lo soporto, es la verdad. Creo fue Oscar Wilde quien dijo que el cínico es esa persona que conoce muy bien el precio de todo y el valor de nada. El escritor inglés sabía muy bien por qué lo decía.
Esos dos cubanos satisfechos que, como dice el poema, no creen en las flores y creen que “todo es ese pétalo flotando en el viento”, donde nada queda de la flor ni de su perfume. O casi.
Tengo que ser justo. No lo llegaron a decir, pero estuvieron en la antepuerta de decirlo. Las palabras casi resbalaron de sus lenguas, pero quedaron allí, retenidas, casi usurpadas en el aliento al tratar de conformar los vocablos.
Ella no era la bíblica Edith, y yo con toda seguridad no remedaba, ¡Dios me libre!, a Yahveh, pero mi mirada fue como ese dardo bíblico que convirtió a la mujer de Lot en aquella figura de sal. Entiéndase, literalmente.
No lo dijeron, pero el pensamiento estaba allí.
Estos dos cubanos no quieren que cambie Cuba. Decididos están a que se detenga en el tiempo, y permanezca como es hoy. Palabras, vocablos, justificaciones. Desean a una Cuba congelada en esta estación de vida para, en el tiempo de su senectud, retornar con el dinero fácil acumulado de su apacible vida canadiense.
Es fácil advertirlo en sus ojos. Casi escurrido en lo que pretenden decir, y no dicen. Fue mi presencia, y las “palabras” mudas de las miradas, que nuestra amistad común y yo intercambiamos, las que los hizo detenerse en ese punto de definición.
Callaron. Es el silencio de la complicidad a un pensamiento ingrato.
Creo completar lo que no dijeron, lo que estuvieron en el preámbulo de decir, y por voluntario y astuto proceder, no hicieron.
Esta es su presunción futura: retornar. Comprar ese chalet barato en cualquier rincón del país. Vivir la vida fácil de un mes en La Habana, con el dinero de un día en Toronto. Tener la normalidad augusta a que aspira el común mortal de los cubanos, y no puede.
¡Vamos! Bolsillo canadiense en pantalón cubano.
¡Así de sencillo!
No hay nada malo en pensar en el retorno. Lo desgraciado es retornar con la comodidad personal sobre los hombros de la infelicidad de los demás.
Y ese fue mi reproche mudo en aquella mirada.
“Nada queda de la flor después de su perfume”
Me pregunto, ¿cuántos pensarán hoy mismo de la misma manera? ¿Cuántos compartirán este olvido voluntario?
¿Cuántos?

2 comments:

Anonymous said...

Muchos. Más de los que se pueden imaginar. Qué desgracia.

Anonymous said...

esto hace rato que es un salvese el que pueda y que no pueda que se j...
La actitud de esos cubanos es poco comprensible, cuba, aun en democracia siempre sera mas barata que Canada o que cualquier pais del 1er mundo, el bolsillo canadiense en pantalon cubano siempre estara ahi, el no querer cambio es simplemente una estrechez mental, un miedo genuino a que la cosa se ponga peor o los tipos siguen siendo comunistas aunque vivan .ca.
Por otra parte la actitud de muchos canadienses de decir que les gusta Cuba porque no hay americanos es muy similar a la que describe Ud. Formidable post el suyo. saludos
Joshua ramir