Tuesday, August 12, 2014

Decrepitud

“Tú nunca fuiste ese,
ese que tu pregonas.
Tú tuviste tu tiempo
y arrastras sus temores, sus miserias,
y esa luz revolcada entre terribles vómitos
de esperanzas y llantos.”

No tuve necesidad de escribir esos versos, lo escribió por mí, hace mucho tiempo, Alberti, aquel comunista español, buen poeta, pobre hombre, que vio escurrir entre sus manos la memoria de su amor en vida en un mundo avasallado de irrealidad. Alberti tampoco pudo describir en sus verbos el “paraíso” sobre la tierra de los pobres, en Cuba, porque no lo fue. No lo ha sido. No lo será.
En cambio a lo perdido, escribió esos versos, quiero sospechar, pensando en un ser que alcanzara la ridícula decrepitud de su mente perdida, la fantasía onerosa de la vejez, la palabra extraviada de los años pasados en vano, soñando ser la semilla fértil para convertirse en el semen estéril que engendra desprecio.
Creyéndose David, siendo el despreciable y pequeñajo Onan.
Y descubrió lo perdido. Descubrió que todo fue un mundo pregonado, pero no construido. Todo fue la palabra que borra el viento. La fantasía orate en un mundo estratificado, lleno de temores, corroído de miserias, ausente de esperanzas y sueños.
Siempre pesadilla, nunca sueño.
Así quedó hoy esa máscara. Descascarada en cada uno de sus reversos. Vuelta atrás. Revisitada y lúgubre, mientras divaga entre plantas, cosechas espurias, semillas y plantas, cientificidad de manuales, visitas al cuasi muerto.
Una foto imprescindible ante una tumba.
Como la turística foto en el Pere-Lachaise frente a la tumba de Allan Kardec o de la histriónica Sara Bernhardt. Espiritismo y drama. Fantasía e ilusión. Esa cápsula detenida de tiempo, contenido y razón, que sólo se guarda para recordar alguna vez que se paseó por Paris, se visitó alguna celebridad que se conocía por el nombre, o por la citadina reiteración en algunos diarios.
Hojas marchitas de otoño, arrastradas por el invierno de la edad.
Decrepitud.
Es lo que se atrapa en la ciudad. Lugares que ayer se levantaron y fueron derruidos. Por el tiempo, por el hombre, por el dedo destructor de ese rostro alienado de su entorno.
La ciudad moribunda, el país ajeno, la voluntad indómita de desgajarlo todo. Separarlo del planeta, gravitarlo en un mundo irracional donde sólo una palabra, un verbo, impartido como la orden en el patio de un cuartel, se emite a la tropa ordenada, geométricamente formada a su voluntad y recelo.
Ya nada queda. Ni la memoria. Ni las palabras. Ni las órdenes.
El tiempo, y la propia vida, le ordenaron decrepitud.
¡Hágase su voluntad!

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