Sunday, July 20, 2014

Perfil de un hombre débil, Putin

Este hombre pequeño, fibroso y enteco en cada componente muscular de su cuerpo. Que practica la asiduidad del deporte marcial, no con la ordenanza filosófica y la disciplina elevada, orgánica y natural, del alma oriental, sino con la vigilancia meticulosa del gesto, de la acción y del orden del hombre que se reconoce atado a una masculinidad limitada por sus propias flaquezas, ocultas, no libres.
Este hombre que cultiva la manicura con la asiduidad de la doncella coqueta, de oculta lujuria. Que estrecha firme y fuerte la mano con estudiada tecnicidad. Que mira por debajo de las pestañas y entre ellas, con la mirada de acero, distante, escondida en la caverna de su espíritu, de aquel que intuye la segunda naturaleza de su alma,  demasiado tierna, demasiado amanerada y exquisita, demasiado aristocrática y afeminada para el pantalón, el talle estrecho y el saco ancho y fornido.
Y salta del avión. Y se ciñe el cinturón negro del judoca. Y se lanza por la ondulada montaña de nieve en su esquí, controlando el golpeteo nervioso de sus miedos en la sien sudorosa. Y desnuda el torso, y habla en voz serena, demasiado, con la vigilada lentitud del que cuida sus verbos, escoge ordenadamente sus vocablos, utiliza con sobriedad preposiciones y adjetivos, que no adjetiva mucho, ni alaba dulcemente.
Este hombre que quiere provocar temor, que alardea silenciosamente. Que expone al miedo y al temor a otros, mientras oculta los suyos. Que descubre el ridículo de los demás para no exponerse a su propio ridículo, frente al espejo. Que disimula demasiado bien, y amargamente, su pequeñez donde todo hombre la desprecia. Y que parece caminar seguro sobre un colchón de lana y fieltro, calculando aritméticamente la cantidad de pasos a dar para alcanzar al interlocutor de ocasión, antes de darlos.
Que rechaza lo dulce en la sobremesa, a pesar de su oculta inclinación a los postres y las delicias francesas. Escoge la ropa interior delicada, blanca y cara, y se deleita en esa sensación amanerada ante la seda de sus medias, el algodón egipcio de sus calzoncillos blancos, y el suave escozor de la camiseta ajustada a los apretados pechos. Tentaciones sublimes de un alma meretricia, acostumbrada al usual mercadeo de sensaciones prohibidas y ocultas.
Este hombre que no golpea con el puño el buro de su oficina ordenada, sino que apoya con fuerza brutal sus dos manos blancas y transpira su furor, sus miedos y su odio, y los deja allí, marcados en la deslumbrante superficie casi líquida de la madera. Que desprecia el bolígrafo fuera de su lugar, el tintero con una mancha azul en el borde inferior de su tapa, y el documento esquinado en la mesa del burócrata de ocasión, o de la oficina gubernamental.
Que aprieta los labios entecos y finos, levemente humedecidos, sonrosados por el cultivo del control facial, de la inteligencia moscovita de la vigilancia y el orden. Que nunca levanta la voz demasiado alto, no para no ofender, sino para ocultar soberbia y desdén. Disimulo a la perfección, o perfección del disimulo.
Ese que levanta hombros para intentar colocar unas pulgadas de más a su estatura de alfeñique, e íntimamente, casi con dolor visceral, se adivina, se reprocha no traer al mundo hijos, sino procrear mujeres, almas débiles como la de los homosexuales que desprecia, o dice despreciar, y no tolera y reprime. Que se cuida el traje y se curte la imagen de hombre macho, quizás para ocultar su típica inseguridad frente a la diferencia, a lo diferente, a lo distinto, a lo que desestabiliza su control, desfigura el orden artificial de su mundo y amenaza con mostrar su segundo yo, enterrado y oculto, escondido en algún rincón del pensamiento mecánico de su psique.
Tatyana Yumasheva, la hija del antiguo inquilino del Kremlin, Boris Yeltsin, tiene razón cuando describe a Putin como débil e indeciso, y recuerda como el ruso le pidió a su alcoholizado progenitor que no dimitiera hasta que él pudiera adquirir experiencia.
“I saw that Putin was struggling to come to terms with the idea that responsibility for the country would be on his shoulders, recuenta. (*)
Sobrio, demasiado para los estándares rusos. Con la elegancia amanerada de un dandi, y el control secular de un benedictino en un monasterio montañoso de la edad media. Vladimir Putin no es un hombre fuerte por naturaleza, sino por autocontrol y orden. Es, esencialmente, el producto intrínseco de la auto represión y de ese sistema cerrado donde la vigilancia suprimió al libre albedrio, a la libertad y a la naturaleza abierta y honrada del ser humano. Una secreción física de Orwell bajo el gran hermano.
No, Putin no es un hombre libre, tampoco es un hombre fuerte.
Débil, canijo, pequeño. Esencialmente débil.

(*) “Vi que Putin estaba luchando para llegar a términos con la idea de que la responsabilidad del país estaría sobre sus hombros”

2 comments:

Mario Riva said...

Tal vez te faltó decir que es taimado, escurridizo y peligroso.
Nunca lo he visto mirar de frente a sus interlocutores. Su mirada es siempre esquiva. No es un hombre sincero.

Anonymous said...

Amamos a Putin no a las putas como ustedes