Wednesday, July 23, 2014

Fidel Castro ha muerto

Dirá el titular del diario español "El País", y algunos otros de la península de nuestros ancestros. Lo acompañará, quizás, una de esas últimas fotos tomadas por Alex Castro, su "fotógrafo" personal. Algunos le llamarán el "líder de la revolución cubana", muchos lo recordarán como el ex-presidente Castro, quien tuvo que ceder el puesto en el 2006 a su hermano menor. ¿Alguna vez fue este hombre electo?
No tengo memoria de ese hecho. Debió estar en la historia y yo debí faltar a esa clase cuando tenía edad escolar.
Por el "eje bolivariano" acompañarán la esquela fúnebre esos conocidos vocablos "comandante", “invencible”, “compatriota”, “compañero”, especialmente “querido” de muy buena prosapia castro-cubana.
Algunos le llamarán con su verdadero nombre: dictador.

Pocos, quizás muy pocos.

Habrá sucedido lo que tantas veces la prensa internacional conjeturó ante el silencio de su voz o de sus palabras, la inexistencia de esa imagen furtiva, encorvada, alucinante, en alguna foto con el chándal Addidas.

Quizás lo recordará Addidas, o la marca Seiko de aquellas fotos con el tabaco humeante.

Y en Cuba, ¿qué dirán?
¿Alguien lo recordará?

Lo que en Cuba pase ya no tendrá importancia. Este hombre ha estado muriendo por décadas. Se dejó morir él mismo. Vivió, sin ninguna duda, en alguna otra Cuba.

En aquella donde se iba a construir un "hombre nuevo", voluntarioso y sublime, sin el material apego de la abundancia y el dinero. Donde no hacía falta la OEA, ni las elecciones, ni las delicias del imperio. No hacían falta los viajes, los cruceros a Italia y los turistas yanquis. Esa Cuba de los 10 millones de azúcar, del anillo de La Habana, de los círculos infantiles en cada cuadra, para cada madre y niño. La Cuba más culta y sabedora del mundo, la del mejor rendimiento en el deporte, y en el conocimiento. La Cuba más solidaria, más altruista, sin necesidad de la fastidiosa moda. Verde olivo y botas, y gorra militar. Una Cuba sin automóviles, y con clases a distancia, por televisión. La de los miles de maestros y médicos, familiar. La Cuba que podía exportar todo, hasta la minúscula y atómica vida de cada uno de sus habitantes, para morir por otros, largarse a matar africanos en un país desconocido y no importarle los diamantes, ni las maderas preciosas, ni el oro. Sólo retornar aquellos cuerpos caídos en algún lugar, por alguna razón ideológica "elevada" que hoy nadie recuerda demasiado.

Una Cuba en un planeta de su fantasía, de su extravagancia y su capricho.

La Cuba real lo abandonó el mismo día en que comenzó su delirio. Empezó a escapar. Se lanzó al mar, en balsas, yates, avionetas y cometas. Hoy lo sigue haciendo.

En esa Cuba hace mucho tiempo Castro murió. Nadie lo recuerda.

No se puede reverenciar una memoria cuando no se tiene un pan para el desayuno, o la leche desaparece a los siete años para el niño que sale a tomar sus lecciones, en una escuela donde el maestro es tan analfabeto como él mismo, blasfema como un carretero o, incluso, se acerca a la edad del pupitre y los libros de texto.

Así murió para mí. Ya estaba muerto en mi nacimiento.
Y entonces ese titular, esos vocablos que el diario "El País" colocará algún día en su portada, con letras negras, o rojas, para darle el color de un espectro ideológico que reclama ese cuerpo, no me anunciará nada nuevo.

La noticia ya es vieja, señores periodistas.

Tal vez me recuerde lo que sucedió antes de mi nacimiento, en aquella muerte que en retrospectiva anunciarán los diarios, la CNN enclavada en La Habana, teleSur con su lacrimosa elegía del hombre que no pudo morir porque ya estaba muerto.

Alguien, una vez, hace tres años me preguntó qué escribiría a la hora de su muerte en mi blog. Mi respuesta fue esta, sin titubeos: “Nada”.

No publicaré nada. Castro ya murió.

El resto es esta pesadilla que pesa sobre la conciencia cubana y que nadie decide dejarla de soñar, desandarla, romperla en pedazos, o cualquier cosa que no sea esta cobarde y rastrera andanza de sus hijos por las calles acrisoladas de ese país, esperando la muerte que ya ocurrió de un hombre que tampoco existe.

Castro está muerto. Murió, un 8 de Diciembre de 1972.

A 42 años de esa muerte no tiene ningún sentido pensar en escribir algo acerca de ese nombre.

No será hecho.

Punto final.

3 comments:

Anonymous said...

Lo único que demuestra, sin ninguna duda, tu tedioso post es que Fidel Castro está muy vivo. Tanto, que diciendo que no escribiras sobre su muerte, ya te adelantas, y escribes. Patético.

Mario Riva said...

Para qué sirve un "caballo" viejo? Para pastar hasta que muera.

Anonymous said...

En Argentina tenemos gente como vos. Ellos tienen la suerte de disponer de la mayoría de los diarios y televisoras. Cada palabra que dicen está encaminada a engañar a la gente para que no se resista a la explotación de los grandes grupos económicos internacionales. A ellos les pagan por hacerlo ¿Vos cobrás? ¿o tu traición es gratuita?