Sunday, July 13, 2014

El remolcador de un país

Un día como hoy se cumplen 20 de años de la tragedia del “Remolcador 13 de Marzo”. Esa madrugada un grupo compuesto entre 68 o 72 personas abordaron la pequeña embarcación encargada, como otras, en conducir grandes barcos a la bahía de La Habana, para intentar irse del país.
El sueño de tantos cubanos.
37 personas perdieron la vida, entre ellas 10 niños.
Solo esa última cifra debe servir para calificar de monstruosa una acción. Los que la hundieron a golpes de chorros de agua, y de hacerla encallar golpeándola, eran cubanos, trabajadores del puerto de La Habana.
¿Estaban bajo las órdenes de la Seguridad del Estado?
¿Respondían a un “llamado de Fidel”?
¿Recibían órdenes?
¡Qué importa!
Las órdenes de matar se pueden negar a cumplir y no es justificación moral, espiritual y legal contra un crimen, ni en el medio de las guerras, ni en el frente de batalla.
Aquel día comenzó el largo camino hacia el 5 de Agosto, y el desborde de protestas en las calles del centro de la ciudad, aledañas al puerto y al malecón. El llamado “Maleconazo” que tanto se cita como la primera gran protesta contra el régimen castrista.
¿Lo fue?
Un día como hoy debe servirnos para hacer las paces con nuestras conciencias. Saber enfrentar lo que es una realidad en Cuba. Lo que fue entonces, aquella madrugada del 13 de Julio, y lo que llegó a ser el 5 de Agosto. Y es sintomático que todo haya comenzado con la tragedia del remolcador. Deténgase a pensar. Un remolcador arrastra un buque de gran calado a un puerto.
Aquel quiso arrastrar a un país fuera del puerto.
No lo dejaron hacer. Lo hundieron. Provocaron el crimen antes de permitirlo. Nunca pidieron perdón. No dejaron nombres, ni admitieron culpas. Justificaron. Callaron. Prohibieron.
Lo que ocurrió después del remolcador fue el desbordamiento de la ira de un pueblo, de una parte de él, que quería abandonar el país y le fue impedido. Rompieron cristales. Se lanzaron contra el símbolo de un segundo país al que no podían acceder con su vida normal, con su modesto bolsillo de ciudadano común.
Tiendas en la moneda que no tenían. Hoteles para turistas. Algunos autos en el camino. Ira desbordada porque no los dejaban irse, remolcados por aquella embarcación, o cualquier otra.
El puerto se militarizó. Las fuerzas de seguridad, y los voluntarios que la secundan, la policía, los miembros “aguerridos” de un contingente obrero de la construcción con palos y cabillas de hierro, se lanzaron sobre ellos. La ira fue aplacada en la tarde, los cristales, la destrucción y los sueños de escaparse del país quedaron bajo los golpes y la represión.
Cubanos contra cubanos.
¿Cuántos de esos que golpearon entonces hoy están en algún otro lugar del planeta, o sueñan con irse?
Me pregunto. ¡Hay tantos en Miami!
El 5 de Agosto no fue una protesta contra el régimen de Fidel Castro. No lo fue. Hagamos paz con nuestros demonios. Fue una protesta contra la imposibilidad de irse del país, que no es lo mismo. Hoy Cuba es la misma de entonces, y se sigue escapando.
No hay protestas, ni ira. El cubano, calladamente, aprendió la lección: escaparse de alguna forma, en silencio.
Triste.
En balsas, en las misiones en Brasil y Venezuela. En Honduras, Islas Caimán, México, en cualquier lugar. En los 80 se quedaban en Gander, Canadá, rumbo a Rusia o de regreso. ¿Volverá a ocurrir con la visita del “fiel aliado”?
La tragedia del remolcador “13 de Marzo” simboliza la tragedia de Cuba. Aquella embarcación, que difícilmente pudiera haber sobrevivido el cruce del estrecho de la Florida – no estaba construida para eso -, arrastraba a un país detrás de ella.
Hoy lo sigue haciendo, y esa es la tragedia mayor.
No hay proyecto de país. No hay país, porque una juventud sueña con irse, no con estar y hacer.
Y lo peor, los que ordenaron el crimen de entonces, aún no se han dado cuenta, o no les interesa, o las dos.
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