Monday, July 14, 2014

El Carnaval de Balseros de 1994

Veinte años atrás y regresaba a casa, después de un día de trabajo largo y caluroso. Eran casi las nueve y media de la noche, y mis pasos se confundían con la inconfundible música de presentación de la novela brasileña de ocasión, no recuerdo cuál. Era esa familiar melodía la que me anunciaba la hora, y lo tarde que se me hacía en la noche. Sin embargo, la humedad y el vapor de todo el día hacia transpirar las viejas piedras de la calle Chacón, casi llegando a la esquina a Compostela. Y fue allí que escuché las voces, una algarabía de palabras, risas y alguien que cantaba una muy vieja rumba con una letra de ocasión.
Cinco jóvenes cargaban sobre sus cabezas lo que, a todas luces, era una balsa hecha con los gigantescos neumáticos de algún camión, o tractor. Detrás, un carnaval de personas, acompañándolos. Algunos tocaban la rumba conocida con algunas latas, alguien se había auxiliado hasta de un pequeño tambor y unas maracas. Desde los balcones de Compostela, y al paso de aquella caravana alegre, risueña y jolgoriosa, se levantaba un conocido murmullo, “Se van pa’la yuma”.
¿Qué pensé entonces? ¿Cuáles fueron mis primeros pensamientos y mi reacción aquella noche, en aquel lugar?
No puedo decirlo con la meridiana claridad de otros recuerdos. Sorpresa, consternación quizás. Era la primera vez que veía aquel “carnaval” jolgorioso de balseros en plena calle, sin que la policía, ni la conocida “maquinita” de la seguridad aparecieran.
Aquel inusitado jolgorio era “una primera vez”.
Un carnaval, quizás pensé. Y eso era. Los jóvenes iban descalzos. Uno tenía amarrada la camisa a la cintura, descubriendo un largo tatuaje en el pecho que terminaba en un aro metálico, colgando de su tetilla izquierda, balanceándose al ritmo trepidante de la rumba, el fandango y el peso de la balsa sobre su cabeza. Ese es el recuerdo más preciso que guardo de los cinco jóvenes. Ni los rostros, ni la edad. ¿18 o 19 años?
Sé que eran jóvenes, muy jóvenes. Pero es aquel aro enganchado, y balanceándose al ritmo de la parranda nocturna y de la risa y, sobre todo, la sensación punzante de dolor que debió haberle causado aquella inoportuna perforación, para la oportuna argolla parrandera. ¡Cuán extraño son los recuerdos!
La pura curiosidad me hizo seguirlos hasta el Malecón y allí, para mi asombro, ya había otro grupo en el mismo “carnaval de balsas”. Y la misma risa y bachata populachera. Algunos hacían chistes, una oportuna botella de ron circulaba entre los presentes. Los mismos cuentos, las mismas palabras. Todo como si fuera una muy bien coreografiada comparsa habanera del viejo carnaval que conocía de niño.
Mas allá, en la oscuridad, el olor del salitre, la escasa brisa de la noche y el sonido acompasado del mar al chocar en el rocoso litoral. La profunda oscuridad del horizonte, de aquel incógnito camino “a la yuma”, me paralizó el aliento, allí, viendo echarse al mar la balsa y sus cinco "tripulantes".
Lo ha hecho siempre.
Lo que cuento no es ni literatura, ni una historia novelada y colorida. Me sucedió un día de Agosto de 1994 en plena noche habanera, regresando de casa de mi novia y en camino a mi hogar. Allí, en la esquina de Monserrate y Malecón, viendo como aquellos cinco jóvenes lanzaban su rústico artilugio marino para alcanzar las orillas de la Florida, tropecé por primera vez con la tragicomedia de nuestra realidad cubana.
Sí, tragicomedia, no he confundido la palabra. Este mismo jolgorio de escape lo viví aquellos días en tres ocasiones y lugares diferentes. Las otras dos fueron a la altura de la Avenida de los Presidentes y Carlos III, y en Playa – no recuerdo exactamente hoy la dirección. El tiempo, la lejanía y la edad han provocado la pérdida de la memoria.
El “carnaval de los balseros”… en plena Habana. Con la anuencia del mismo gobierno cubano que había anunciado, públicamente, su “generosa” actitud conformista de permitir este escape jolgorioso, parrandero, de cubanos con balsas, artilugios de todo tipo, en rumbo a Miami.
¿Alguno de ellos se detuvo a pensar en la magnitud de aquel mar?
No lo sé.
En todos estos años he oído palabras de aliento de una parte, y condena de la otra. Las palabras y las actitudes han cambiado de acuerdo a las circunstancias, los pronunciamientos políticos, las posturas hieráticas ideológicas del momento. Cambian de posición, de las dos orillas marinas que delimitan las dos posiciones políticas de nuestra tragicomedia social.
Pero esos cinco jóvenes con que me tropecé en Chacón y Compostela, en la Habana Vieja, no conocían la magnitud del peligro a que se lanzaban. Y la conga carnavalesca que le seguía detrás tampoco lo pensaba mucho.
Los gobiernos, sí. Los gobiernos sabían de esos peligros, de esas vicisitudes. Pero el cubano común era sólo una pieza atrapada en los intereses de la política del momento que, con la irresponsabilidad de varias décadas, nunca había cesado de jugar el mismo juego de siempre.
El joven del aro en la tetilla era un simple peón que había atrapado, con los otros cuatro, la oportunidad de escapar “legalmente”… en una balsa.
En la oscuridad del horizonte, me imagino pensaba ese joven, estarían los barcos del Presidente Clinton, esperándolos para “darle la bienvenida”… a Guantánamo - ¿se acuerdan?
En La Habana, la movida de ajedrez era diferente. “Carte Blanche” para el escape, para crearle a los Clinton la misma crisis que destrozó a Carter. Cuba ha sido un ajedrez, desde el traspatio de la estatua del apóstol en la plaza, para el inquilino del palacio de poder.
Y en el medio, el ciudadano común. El joven del aro, la mulata nalgona con su lata y su cuchara tocando su vieja rumba, detrás de los jóvenes y la balsa, los rostros sonrientes de vecinos, “animadores” involuntarios del momento, que aplaudían, o se sorprendían, o se preguntaban qué estaba ocurriendo esa noche de jueves, en el verano de agosto de 1994.

0 comments: