Thursday, February 6, 2014

Fidel Castro y Los Vendedores de Corbatas

 “… parecía que, mientras los hombres de calidad, como era el caso de Roa, ocupaban los puestos de gobierno, los vendedores de corbatas controlaban parcelas de poder cada vez más extensas.”
Cuando alcancé a este punto del libro de Jorge Edwards, “Persona non grata”, supe inmediatamente porqué el chileno se había convertido en el centro del odio de la izquierda latinoamericana de la década gris en Cuba. Hasta el momento, y aún hoy día, ningún otro ha dibujado con pincel de da Vinci la profundidad sicológica que el autor chileno hizo de Fidel Castro.
Jorge Edwards destruye en el libro la imagen del “talento sin igual”, del “hombre infalible”, del intelectual de izquierda “brillante” y lo coloca justo donde siempre tuvo que estar: tan brillante en su mediocridad como para “brillar” en su constelación de mediocres.
Desde ese pequeño libro ya no quedaba el promontorio que la izquierda tenía y necesitaba, urgía para agitar en cada tribuna, en cada revista literaria, en cada poema, en cada canción. Jorge Edwards lo había hecho polvo. Cenizas de Castro recorrían las páginas del libro del chileno.
Y entonces, todo se comprende, todas las piezas del rompecabezas cubano caen en su justo lugar.
Y es por eso que Roa nunca estuvo en ningún cargo de importancia y peso, era solo ese repetidor de la voz del otro, del “brillante mediocre”, que es la función virginal de ser de un Ministro del Exterior en un gobierno como el cubano.
Es por eso que Castro aprovechó el entorno de Edwards para darle la estocada a la intelectualidad, y especialmente a un poeta como Padilla. Padilla había revelado que podía ocurrir con los que se interpusieran en el “camino a la brillantez” del ególatra:
"Dí la verdad.
Dí, al menos, tu verdad.
Y después deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente se amontone delante de tu cuerpo.
como si fueras un prodigio o un muerto."
No contó con la afilada inteligencia del chileno y su valentía personal de abandonarlo todo, su carrera diplomática, su nombre como hombre de la izquierda. Todo.
Quizás, y también por eso, por decir su verdad, por mostrarse diferente entonces “desapareció” Camilo Cienfuegos: era necesario que la brillantez mediocre deslumbrara y no tuviera competencia leal. Es por eso de aquella frase lanzada, casi al azar, “¿voy bien, Camilo?”.
La historia del totalitarismo es como un gran tablero de ajedrez donde el intelecto humano juega con simples peones, solo con simples peones.
Y es también por eso, y por inclinarse a China y no gustarle la Rusia Soviética estalinista, que desapareció aquel guerrillero desmedrado de sonrisas en algún punto perdido de Bolivia.  ¿Nos podemos olvidar de esas dos oraciones escondidas en la carta de “despedida” del disparador de la Cabaña?:
“Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario.”
Era la única, la necesaria, la que no podía ocurrir.
Toda la cacería de brujas en la intelectualidad, en la literatura, en las ideas, en la poesía y en la vida espiritual de Cuba ha sido Castro-centrada. Y es el delito supremo de Edwards ensartar esas pequeñas viñetas donde, por ejemplo, Fidel Castro pregunta:
“ - ¿Y usted cree que hay verdaderos poetas en Cuba?”
Edwards le achaca a no querer revelar una opinión negativa sobre la literatura cubana en su presencia. Pero no lo es, es sencillamente mediocridad, ignorancia, desconocimiento puro que el propio García Márquez casi nos lo revela en su conocida mini-biografía El Fidel Castro que yo conozco cuando se le va aquello de que inculcó en Castro el gusto, o el mal gusto, a los best-sellers.
La intelectualidad en Cuba desapareció. Fue esfumada no solo para reprimir oposición y criticismo, sino también y fundamentalmente para enaltecer la figura gris en el trono. 

La mente de Castro es una mente fotográfica, esa que minuciosamente apila cifras, números, consonantes y fidelidades. No es el intelecto activo de un poeta, o de un filósofo que gobierna, o del estadista que interpreta las señales imperceptibles de la sociedad que florece a su alcance. Por eso se "divierte con Marx", como decía en sus cartas desde la prisión de Isla de Pinos, pero le es imposible saber si en Cuba "hay verdaderos poetas", como le pregunta a Edwards.

Pero esto no lo ve la turba de "vendedores de corbatas", ni tampoco la claque de la izquierda "champagne", como le llaman en Francia a la izquierda caviar, esa aplaudidora de paso por la isla. Castro es, para esos, el sello de referencia de la izquierda... aunque este a un paso de la tumba... de todas sus tumbas.

Y así él lo trató de demostrar en vida recitando cifras, números, tratando de aplicar automáticamente mendelianas lecturas en veterinarios experimentos bovinos, sembradíos catastróficos anulares alrededor de La Habana, experimentos sociales que se derrumbaban en menos de un año con o sin su presencia.
A nadie escuchaba. A nadie escuchó. Levantó sobre sí mismo el promontorio de su nombre y se rodeó de este ejército de vendedores de corbatas para estampar el nombre de su marca en la historia definitiva de Cuba, a un precio: la desaparición total del resto del intelecto cubano.
Desde entonces lo seguimos sufriendo…

1 comments:

Mario Riva said...

http://lacomunidad.elpais.com/manchiviri/2008/8/13/este-es-fidel-castro-no-quiere-reconocer-gabriel-garcia