Monday, February 17, 2014

El sueño de la Serpiente

Los “Días y Flores” se fueron con las serpientes, de mar, de muchos mares. Los viajes le hicieron perder la vela, el rumbo en aquel mar. Naufragó en su perfecta agonía de transparencias y le arrebataron el amor, hoy nos quedan algunas sillas, algunos vinos escanciados por el dinero, algunas puertas que se abren al poder, o la ilusión del acceso al poder y otras que se cierran al verbo.
Nací tres años antes de aquella música enmelenada, hirsuta, arisca de montes y montañas. Rimas y versos de serpientes de aquel 1975 que no se oyeron mucho en la radio ni en la televisión de entonces, pero que fueron convirtiéndose en la serpiente oficial, los sonidos regurgitantes de los actos ordenados en la Plaza, los días de Mayo, los actos de contrita agonía para reprimir voluntades. Esa no es la música que recuerdo, esa la recuerdan otros, los ordenados, disciplinados de verbos y cornetas, botines acompasados a la ordenanza y al miedo.
Pero entonces el sueño se convirtió en una pesadilla, la pesadilla en acción, la acción en verso, el verso en cuasi-fantasía callejera y la fantasía se tornó realidad mísera, y hoy lo tenemos aquí, engullido en su estómago… de serpiente. Silvio Rodríguez abandonó la canción, el verso, las cuerdas de alguna guitarra que se quedaron en alguna silla escanciando algún vino. Abandonó el sueño y se convirtió en serpiente.
Hoy firma cualquier carta que le toque a su puerta. No compone canciones sino himnos. Los versos se escapan en rimas sincopadas con sonido de aviones y comparsas militares, botas en vez de coplas, cenizas en vez de espuma. Nada queda de la memoria de aquel niño que escuchó “Dias y Flores” soñando con serpientes. Hoy quedan las serpientes, muchas, demasiadas.
¿En qué mundo hoy vives, Silvio?
Oropel y silencio. Palabras ordenadas y arpegios comprados. Complicidad versificada, acordes sincopados por compromisos, poesía encarcelada y mucho silencio. Esa no es mi memoria. Mi memoria se escapa aquellos años tiernos cuando mi madre le reprochaba a mi padre que toda pluma tiene un precio, toda serpiente un veneno y un diente. Y mi padre enfurecía el habla, cambiaba el gesto, los ojos chispeaban en silencio y furor. Quería creer en ese sueño de serpientes que nunca llegan a engullir y arrebatarle el amor al poeta.
Pero lo engulló, se lo arrebató en algún momento al poeta, cantor, aventurero errado, pescador de versos y palabras. Naufragó el poema y la canción. ¿Cuándo?
No importa. La paloma se envenenó no con el bien, no con el mal, con ambas cosas. Con la oportunidad del escalón subido, la sonrisa comprada, el arpegio perdido. Volvió la serpiente con más infierno en digestión y apareciste hoy tú, serpiente sigilosa, Silvio invertebrado y sibilino cantando una vieja canción acompasada por unas botas.
Y el verso dejó de ser verdad.

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