Tuesday, February 4, 2014

El Escaparate Cubano

Cuando era un niño de 8 años mi maestro de matemáticas y ciencias me apodó “el judío”, sin serlo. Era su forma “pedagógica” de expresar ese odio contenido hacia alguien que escapaba su definición precisa. “Gracias” a él muchas veces llegué a casa con la ropa blanca sucia, las uñas llenas de barro de agarrar cuanta piedra para fajarme con algún otro que quería burlarse de mi diferencia ideologizada – mi familia era católica y yo era ese miembro oscuro de una raza “extinguida”, que acudía cada domingo a un lugar prohibido – y alguna que otra vez un ojo negro. Los otros tampoco llegaban menos intactos a casa, no vayan a pensar otra cosa.
En mi adolescencia fui “el ruso”, para fastidio de mi madre, por mi aspecto este-europeo, esas briznas rubias rebeldes que siempre estaban desordenadas en mi cabeza y mis ojos diferentes. Había algo en mi personalidad que siempre fue diferente, es cierto. Preguntaba todo, lo cuestionaba todo, hasta lo peligroso. Me gustaba arrinconar a ese mediocre profesor de literatura de décimo grado que nos inculcaba al aburrido Maiakovski y no quería mencionar a Marinetti. Pero ahí estaba yo para recordárselo, pobre tipo.
Tampoco ahí mis visitas dominicales cuadraban mucho, y el corazón de Jesús que se anunciaba al momento de abrir la puerta de casa, con su dedo levantado, era como una señal ominosa para vecinos y parientes.
Al llegar a la universidad fui, alternativamente, “el ruso” o “el yanqui”, también por lo mismo. Pero la elección estaba zanjada no por mi persona, sino por quien lo decía, ya pueden comprender por qué. Por supuesto, no deje de levantar sospechas, ni tampoco las molestias de “diversionismo” estratificado en algunos cuadros FEUdales de esa institución, plantada en lo alto de esa larga escalinata habanera. De tan molesto alguna vez, en tercer año, quisieron expulsarme de la Universidad por haberme enfrentado con el decano… No, no tiene nada que ver con problemas ideológicos, sino por un cambiazo en una prueba de mi año y por carecer, anatómica y espiritualmente, los miembros supremos del FEUdalismo oficial de esa bolsa masculina reproductiva para enfrentar al señor Decano. Me salve en tablita, pero se me quedo el mote de “conflictivo”, “diversionista” y un par de palabras que le espeté en el medio del Estadio Deportivo a esa realeza universitaria: “medida arbitraria”. No puedo dejar de recordar esta parte.
El catálogo de nombres, etiquetas y adjetivos creció exponencialmente. Y al final de mi carrera aquel desmembrado miembro del FEUdo comunista me recordó, no sin ironía, cinismo y mucho de advertencia, que debía tener cuidado al escoger en qué lugar iba a trabajar desde entonces. Por supuesto, hubiera querido recordarle lo mismo a este personaje años mas tarde, pero desgraciadamente tendría que haber ido a buscarlo a España, donde había reculado después de quedarse en Gander, Canadá, de viaje oficial hacia la Rusia ya casi-no soviética. Así son las cosas de estos catalogadores temporales.
Toda esta historia podría haber finalizado un día de Abril del 2000, cuando aterricé a las 10 de la noche en el aeropuerto de Toronto, Canadá. Pero, ¡no! Me equivocaba otra vez.
Cinco años llevo en Twitter, y aquel catálogo de nombres ha crecido. He sido muchas veces “gusano”, o “agente de la CIA”. Estas dos etiquetas crecen exponencialmente y se repiten automáticamente en Cuba, y ahora en Venezuela y, aunque parezca mentira, también en Miami. La semana pasada un bonzo, no-cubano evidentemente por su forma de hablar, me preguntó “¿cuánto te pagan?”. Porque para estos personajes es insólito, extraño, alucinante que uno se esté tomando un café en un Tim Hortons y desde su iPhone, por su propia cabeza y sus propias convicciones, emita alguna opinión sin otro pago que no sea su propia conciencia.
Quizás lo que hay que concluir aquí es aquello de que cada cual cataloga a los demás de la misma forma en que vive y es catalogado por algún otro. Me imagino que si a usted le pagan por estar desde un ordenador “cazando” opiniones con un salario mísero piensa lo mismo de cualquier otro, o incluso, sin ninguna paga, pero con la ordenanza de la involuntariedad.
Pero no lo es todo. He sido el “facista” para uno de la izquierda caviar en España, el “huevon” para un chileno castrista, y el “comunista” para una rabiosa “anticastrista” miamense que lanza etiquetas cómodamente desde su silla, sólo por reclamar coherencia, esa palabra funesta en la boca de los que claman venganza y quieren quemar en la hoguera a otros para reclamar “justicia”. Suerte de Torquemada. Las antorchas deben están muy ardientes en su estufa miamense, bien lejos de donde ocurren los hechos de fuego.
Los cubanos, y es signo fatal de nuestro destino, hemos vivido en una sociedad que nos ha encerrado en un escaparate polvoriento y asfixiante. Nos han catalogado como piezas de vestir y nos han “colgado” en perchas con etiquetas de uso, vestidos de civil, ropa de domingo, traje de etiqueta para el salón domesticado, uniforme de ordenanza, miliciano, chivatico de esquina. Nos han catalogado tanto, hemos estado tan miserablemente parametrizados que nos hemos ido de aquella isla y el escaparate castrista nos lo hemos echado a cuestas. Rodando por un aeropuerto en Viena, Suiza o España, o comercializándolo a gritos en la Calle 8 de la Pequeña Habana, en Miami.
Y aquí está con nosotros. Zarandeándonos y haciéndoselo zarandear a otros. Nadie puede escaparse de esta diabólica costumbre de parametrización que nos ha barrenado el cerebro, el espíritu y se alberga hoy como una moral colgando en una percha.
Y así, aquella española le llama “fascista” y acto seguido el chileno le cuelga entre la ropa interior de uso, y la idiota miamense solo alcanza a llamarle “comunista”. Todo porque vivimos fuera del escaparate estrecho de la isla, pero seguimos arrastrando el escaparate espiritual en nuestra alma por el mundo, como una sombra.
Por eso nadie – así parece -puede escapar a esas preguntas que todo catálogo de ropa posee: ¿cuál es el precio? ¿Y el color? ¿Cuál es la marca y dónde fue comprado? ¿De qué boutique o gran almacén?
Hasta el día de hoy seguimos metidos en ese escaparate… ¿hasta cuándo? Me pregunto.

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