Sunday, January 5, 2014

¿Y por qué no vas y protestas en tu país?

Mi primer año en Canadá transcurrió en un edificio donde rentaba un apartamento de dos cuartos. Compartía, como todos los que allí habitábamos temporalmente, las facilidades propias de un complejo como ese. Tenía piscina – que solo se usaba en verano -, gimnasio, sauna y además las facilidades usuales, el cuarto de lavandería entre otras. Confieso que el lavar es para mí el momento más desgraciado de la vida. Compartir lavadoras, y sobre todo, invertir ese precioso espacio de tiempo en una faena tan rutinaria y pedestre me resultaba realmente fastidioso. Es por eso que nos dividíamos la tarea mi esposa y yo, ella ponía la ropa a lavar, yo la trasladaba a la secadora y ella la sacaba doblándola cuidadosamente al final. Pero a pesar de todo era tiempo perdido. Aún hoy que tengo mi propia casa, la lavadora en el sótano con su respectiva secadora la labor resulta aún fastidiosa. Lo peor sigue siendo bajar allí, y hacer esa faena.
Pero, en fin, a lo que iba. En uno de esos tiempos perdidos tuve una pequeña discusión con una canadiense que acostumbraba a ocupar todas las lavadoras y secadoras – algo que por las normas sociales de convivencia no debía suceder – y perderse por horas sin recoger su ropa de los pequeños aditamentos ruidosos que nos ofertan tan pedestre servicio. Como resultado de esto tuvimos nuestra pequeña discusión. Todo lo que nos dijimos, muy pocas palabras porque no acostumbro a discutir con mujeres, siempre lleva uno la de perder, no viene al caso. Yo solo le dije dos o tres frases, muy calmado, muy conciso, reclamando mis derechos a usar esos adminículos. Diciéndole lo que tenía que decir y punto. Como la señora se encontraba arrinconada en las razones, sin palabras y respuestas coherentes que dar, terminó espetándome una muy conocida pregunta de las que en más de una ocasión he escuchado por estos lares: “¿Y por qué no vas y protestas en tu país?”
Y así recogió su ropa y se fue, dejándome con la rabia de no poder convertir en palabras las razones a su discriminatoria acusación.
¿Y por qué no vas y protestas en tu país?
Por supuesto, ella sabía era cubano. Coincidíamos en el elevador, a veces en el lobby del edificio, con mi esposa, con mi hijo que regresaba de la escuela. Ella sabía el lugar preciso de donde procedía.
Entonces me quedó la rabia, acumulada allí, dándome vueltas en el cerebro y provocándome esa tormenta callada. Luego aquella pregunta-reproche me perforó los pensamientos, la memoria, las viejas vivencias de cuando niño iba a la escuela y me acusaban de “judío” – sin serlo –, o cuando nos tiraban piedras a la entrada de la iglesia. Todo se juntaba allí y la pregunta se me tornaba en esas piedras de palabras que hoy aquí, en el mundo, muchos nos reprochan a la hora de no poder dar una razón cuando ejercemos nuestros derechos a ser ciudadanos íntegros de un país civilizado como es Canadá.
Y es que no nos vamos de Cuba sólo porque no hay comida, porque no nos paga el gobierno el salario que merecemos, porque no podemos ejercer el voto para elegir a nuestros políticos y a nuestras opciones ideológicas, porque no podemos comprar un coche o ir a un hotel con nuestro salario, o visitar Paris, y tantas cosas más que no podemos realizar allá. Nos vamos, esencialmente, porque hemos perdido la posibilidad de ser simples ciudadanos y poder ejercer nuestro derecho a protestar, a no estar de acuerdo con algo y decirlo. Ser ciudadanos plenos de un país, esa es la primera y única razón de nuestro viaje sin regreso.
Y esta circunstancia es conocida dondequiera que vamos y, muchas veces, nos es restregada en nuestra vergüenza cuando intentamos obtener nuestro esencial derecho a ser ciudadanos… ejerciéndolo. Y, por supuesto, la culpa se la echamos directamente en ese momento a la persona que nos reprocha, pero que no lo es. Esa es, sencillamente, un vehículo oportunista de las circunstancias.
En el fondo los culpables somos nosotros. Ya lo dije en algún post por ahí. Cuba, el país, se ha convertido en el centro de la burla del mundo actual gracias a que su gobierno con su actuar bochornoso, bufonesco, ha convertido la nación, al cubano, en un simple payaso, una marioneta que se deja mancillar, manipular. Y ese bochorno lo arrastramos como un cadáver sobre nuestro pasado por cada sitio y rincón que nos movemos. Y entonces aparece este mortal que nos discrimina por no ser nativo, por tratar de reclamar los derechos que ha logrado rescatar después de abandonar su país, y hace su desvergonzada pregunta.
¿Y por qué no vas y protestas en tu país?
Somos espectros de un país sin derechos, y como tales vamos caminando por el mundo con nuestras sombras de culpas, nuestros reproches, nuestras pequeñas miserias pasadas. Y, entonces, cuando una pregunta como esa nos es escupida en el rostro, despertamos.
El gobierno de Cuba nos quitó, no solo allí, la pertenencia a la sociedad humana, también nos rescindió del derecho a ejercerla en cualquier otro lugar… así parece.
Esta es la tragedia nuestra que de alguna forma tiene que desaparecer, que tenemos todos que quitárnosla de encima, desembarazarnos de este engendro de poder. Por supuesto, yo no me callé en ese momento frente al instrumento del reproche, ni me avergüenzo hoy decir que nací en mi país, que fui víctima de un gobierno totalitario y reclamar mis derechos por aquí, ahora, donde recuperé mi libertad. Si por algo vine, en primerísimo lugar, es por ser ciudadano de un país, no una marioneta, no un espectro que levanta la mano ante algún llamado sin saber cuál es.
Yo he recobrado mi pertenencia, pero Cuba no. Y muchos como yo,  me imagino, estarán sufriendo ese reproche en forma de pregunta por cualquier otro que nació con su pertenencia natural, sin serle arrebatada por orden suprema de alguien.
Hay que ayudar a que los cubanos recobren su país, sus derechos, su pertenencia allí, porque de eso también se deriva que nosotros acá podamos tener, plenamente, la pertenencia a este mundo.

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