Wednesday, January 1, 2014

La Filosofia y las Consignas

Esta es la Calle Neptuno, es la década del 50, casi al final. Lo primero que llama la atención de quien observa con detenimiento la fotografía es la cantidad de letreros lumínicos que oculta el horizonte de la calle. De todos ellos el único que hoy sobrevive la acción depredadora anti comercial del régimen es el de la tienda “La Filosofía”. Quizás por aquello de que tras su nombre comercial oculta un buen argumento ideológico para preservarlo – según la posible lógica socialista, ya se sabe que en esto de ironía y cinismo son expertos. En fin, no nos vayamos por los detalles. Pero es precisamente este cartelito sobreviviente el único rasgo que nos hace recordar lo que era este rincón de La Habana… entonces.
La llamada “revolución” surgió en la capital cubana un día como hoy, supuestamente. Y digo supuestamente porque los libros de historia en la isla los re-escriben a cada rato, como hacia Stalin con las fotos. Y así comenzaron a desaparecer los anuncios publicitarios para ser sustituidos por las consignas políticas que hoy pululan como moscas sobre todo el territorio nacional. Manchas ideológicas de un lenguaje estratificado que se ha quedado detenido en el tiempo, encallado en un pasado que ya no existe. Las consignas revolucionarias de hoy son las mismas de ayer, las mismas de siempre a pesar de que ya nada hace reconocer al país que describe con el país que nos muestra sus calles, y sus gentes.
La llamada “revolución” que trajo a Castro al poder se hizo para re-construir un país después de una sangrienta dictadura. Así se dijo, se repitió, así se re-escribe aún. Todavía hay libros de textos en escuelas que dictaminan esto, mientras el cartelito de “La Filosofía” sigue colgado en la calle Neptuno anunciando una tienda en divisas que, supuestamente, dejará de vender próximamente en esa moneda. Pero ahí ha estado desde la “revolución del CUC”, para la moneda verde. Así comercio, oportunismo y filosofía se casaron en un matrimonio dispar cuando la crisis por la falta de los rublos rusos apareció por allá por los noventa. Nadie nunca ha intentado explicar todo este trabalenguas financiero-económico-ideológico en esos manuales de historia.
La historia de los carteles lumínicos en mi Habana es la historia de mi país… casi. Desaparecieron, algunos tímidamente volvieron a ser restaurados los que sobrevivieron la destrucción anti-comercial de aquellos 60’s, mientras el lenguaje estratificado de consignas bombardeaba nuestros edificios y carreteras diciendo lo mismo, mientras el país que describía desaparecía cada vez más.
Yo no sé si el lenguaje pomposo, relamido de estas consignas comunistas es un detalle común a otras latitudes ideológicas. Algunos autores europeos dicen lo mismo, relatan sus personales experiencias de la misma forma. La filosofía de consignas, al parecer, tiene un mismo lenguaje dondequiera este huracán destructor pasó. Y a veces, mirando estas locas imágenes no sé si responden a una ironía cruel, o a una burla solapada de un opositor revolucionario escondido, como esta:
No sé qué quiere decir este cartel, no sé tampoco a esta altura si sigue ahí, en el mismo sitio. Tampoco puedo apreciar cuál es el sentido reafirmativo de la consigna. “La revolución marcha BIEN”. ¿Por eso está rodeada de destrucción y basura? Para más adelante agregar: “Seguir Adelante”… ¿con la destrucción?
¿Me logro explicar?
Son locas las consignas socialistas en mi Habana. Locos los lugares y ese lenguaje que no es ni kafkiano ni garciamarqueño. Quizás el exceso de pomposidad me recuerda al mal Carpentier de “La consagración de la Primavera”. Ese barroquismo de estulticia que se acumula y persiste por demasiado tiempo.
¿En esto ha quedado eso que quisieron llamar “revolución”?
Hoy que esta hidra se metamorfosea en un capitalismo monárquico de estado y retoma fórmulas mercantiles, y las adapta a una visión dictatorial, unívoca, los carteles desaparecidos de mi Habana siguen pues … desaparecidos. No los quieren retornar por miedo a que le recuerden que fueron descolgados por los mismos que deberían hoy reponerlos. Una suerte de hipocresía muda y parálisis ideológica les acomete.
Mientras las consignas patrioteras y ampulosas continúan levantadas describiendo algo que no existe. Al final de la jornada la única víctima visible es el lenguaje cervantino, ese que el Quijote empalmaba gallardamente contra los molinos. Hoy si Cervantes caminara por las calles de La Habana se sentiría apesadumbrado por la mediocridad en que ha caído su palabra. Y regresaría a su tumba a falta de no querer re-escribir una vez más su Quijote, que por demás, La Habana ya no tiene en Cuba quien le escriba.

Y es que las consignas el mismo tiempo las ha hecho viejas… como a sus escribidores públicos. El tiempo, ese niño que juega a los dados como decía Heráclito, les ha jugado la peor de las jugadas.

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