Sunday, January 12, 2014

Kcho de Castro

Las fotos tienen un significado premonitorio cuando se contemplan con la inteligencia o la profundidad silenciosa del pensamiento. Pueden llevarnos a pensar en algo mas allá de lo que muestran, un mundo intangible, insospechado.
Ese dedo que se acerca a la “instalación” de un pintor oficialista, ese sirviente interesado, recogedor de dádivas ideológicas, parece aproximarse a la textura de un pasado oprobioso, que no recuerda. Castro ha perdido la memoria y quiere acercarse a la rusticidad de un crimen callado, hundido en las aguas salvajes verde-azules de un tiempo que no existe para la prensa oficialista, y para su memoria, y que el sirviente mercantil artístico, sin quererlo o interesadamente queriéndolo, ha re-escrito en su lenguaje orwelliano.
Ahí, en esa punta del dedo acusador el tirano recuerda. Y es doloroso y punzante el recuerdo. Esto es aquella barcaza que mandé a hundir un 13 de Julio de 1984. En estos pliegues duros hallaron su muerte niños inocentes y ancianos, gente sin color e ideologías porque yo traté de borrarlas en 56 años de estulticia. Así le responde el dedo en su doloroso contacto. Es una respuesta del destino. Re-encontrarse con su propia culpa, recordarse de su propio escarnio.
Pero no hay que asegurarle mucha conciencia y pudor a sus sentimientos expresados en ese dedo. Los dictadores tienen muy poca memoria, son huérfanos de ella. Los miles de cubanos que han muerto en el estrecho de la Florida en balsas e inventos que le devuelven estas “instalaciones” por accidente no son, siquiera, el quiño de un artista “desleal” como reclamaba Graham Greene. El pincel de Kcho no se hunde en la pintura de la crítica, sino de la servilidad. Su "instalación" es un gesto de desafio divino escapado de su alma esclava.

De alguna forma, implacable, la pintura y el pincel abandonó esa mano servil y se colocó en el dedo de Dios… para acusar con duro lenguaje al dictador y a su crimen.

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