Sunday, December 8, 2013

Wendy Guerra y la Generación del Café con Leche

¿Cuál es la Cuba en la que viven estos escritores cubanos? Esta es la pregunta que me hacía yo en el año 1999 una tarde en "La Moderna Poesía". Eran los días de la Feria de La Habana y recorría aquel recinto lleno de obras clásicas y unos libritos recién salidos de la imprenta de nombres cubanos como el mio. Hojeaba aquellas hojas y era esta la pregunta que me asaltaba a cada mano, a los dedos presurosos que hacían correr las páginas para encontrar esa Habana con las guaguas, esos terribles monstruos humeantes que no paraban en ninguna parada, los mercados vacios, la doble moneda corriente y la suciedad en las calles. Pero allí no estaban.
En camino a mi trabajo, sin embargo, un colega me entregaba una reciente edición de un libro de Abel Prieto, "El vuelo del gato". El conocido animalito doméstico le venía de anillo al dedo a este escribidor que llenaba páginas de una historia irreal, vacía, castrada de lo esencial. Leí el librito en un suspiro y mi amigo y yo nos hicimos esa misma pregunta. ¿De qué punto geográfico perdido en el tiempo hablaba este hombre? ¿Dónde vivia? ¿Qué calles recorria? ¿De qué Habana hablaba?
Se escapaba. Se perdía hacia atrás. Esquivaba los rincones oscuros. Escribia como los buenos escribidores en balsas, aquellos que ya habían flotado ajenos al peligro. Los Beatles, John Lennon, el pelo largo, los días de la universidad en jeans prohibidos. Nada nuevo. Aquella Habana olía a viejo, a pasado. Ya no existía porque estaba siendo demolida por esa otra angustiosa existencia que nos hacia arrastrar nuestras sombras cada día. Un libro escrito en pasado para diluir el presente.
Desde entonces supe que la literatura cubana, aquella que se escribe en la isla, está enferma de la misma enfermedad que sufre la cubania, la sociedad, el sistema político, la gente, las casas, el arte y la cultura. Los que escriben algo que merece ser leído se escapan en balsas salvavidas a otras latitudes y desde allí dibujan La Habana que yo conozco, la que me hizo sufrir y me hace sufrir cuando estoy en una tienda de libros aquí, en Toronto, viendo tanta variedad de paisajes locales. 
Hoy la literatura del inxilio cubano ha descubierto otras sobrevivencias. Vive de hablar del mundo más allá de La Habana, o de la Cuba donde pasean sus contornos humanos estos escribidores. Hablan de un racismo licuado en el racismo universal, diluyendo las fronteras, limando el filoso borde cortante del cuchillo que debiera insertar su punta en el enfermo social que es Cuba. Es como el café con leche que se hace muy dulce para calmar el amargor del mal café, o de la mala leche. Y así nos llega Wendy Guerra, a recoger la pelota de cebo de Abel Prieto.
Cuando leo lo que escribe, en libros, poesías y posts en su blog me hace recordar, de manera punzante, algo que decía Martí en su ensayo "Nuestra América" cuando habla de estos elementos "cultos" en nuestras tierras, que tratan de salir al mundo por desprecios inconfesados, temores mediocres o sencillamente oportunismos incontenibles. Decía Martí:
"El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive"
Salta la liebre ante el pobre gato abeliano cuando recordamos que los mejores escritores cubanos de las últimas décadas han tenido que escaparse al exilio y desde allí han redescubierto La Habana, nuestra verdadera Cuba. Han sido nombres como los de Reinaldo Arenas o Guillermo Cabrera Infante, que Wendy Guerra, en su afán de vender su nuevo café con leche de racismo universal, recuerda en su blog los que nos la han devuelto a nuestra geografía cotidiana sin dulces exóticos, mientras ella, según confiesa textualmente en uno de sus posts nos dice:
"El racismo es una plaga que sigue atacando varios puntos del planeta y es por ello que esta trama no sólo ocurre en Cuba"
Entiéndase, se salta Cuba. Le da la vuelta. Se escapa bordeando los filos cortantes. Se encalla en la modernidad parisina para morir en la exótica Habana.
Es esta literatura de balsa la que ha encontrado buenos escribientes y escribidores en los pasillos del Ministerio de Cultura. Resulta interesante que, por solo citar un ejemplo, Alejo Carpentier, sobreviva gracias a los libros que hablan más fielmente de Cuba, esa ínsula particular, para lanzarlo al mundo universal, y no al revés. Títulos como "Ecue Yamba O", " El Siglo de las Luces" o "El recurso del método", e incluso un librito tan tendencioso como "Concierto Barroco". Curiosamente este señor, cuando se afrancesó en su apartamento en Paris, ceso de escribir sobre Cuba, sobre la real, y comenzó a tejer estas obritas "universales" de viajero a nuestras tierras y de vuelta a la civilización. Ditirambos de un escribidor de café con leche criollo, muy dulce para sentir el amargo, muy claro para ser auténtico. ¿Te recuerda algo, Wendy Guerra?
Se entiende que es difícil sobrevivir en una sociedad enferma. Se necesita coraje, autenticidad, ausencia de oportunismos y, sobre todo, una encomiable inclinación al suicidio personal del artista. Pero la literatura es para hacer las preguntas difíciles, aquellas que hunden en la carne enferma de la sociedad el busturí sin falsos adornos, sin diluir el brebaje en viajecitos turísticos a otros paisajes exóticos. Cabrera Infante regresó a Cuba desde Londres. Carpentier escapó La Habana desde su apartamento parisino. Arenas se enfermó de la verdadera Cuba desde Nueva York donde reconstruyó sus libros. Wendy se escapa a Paris para endulzar el café que sabe amargo en La Habana.
Triste cuadro de una literatura actual que nació vieja, cansada, hecha harapos, perdida en un laberinto de razones para la sobrevivencia en un país que quemó libros, exilió literatura, ahogó voces literarias demasiado inquisidoras y que hoy sobrevive la desolación artística con el aguado café parisino de jóvenes oportunistas que escriben diarios de viajeros para turistas de veraneo.
Dijo Heinrich Heine que "Allí donde se queman los libros, se acaban por quemar a los hombres". No habló de los que deciden, de propia voluntad, sobrevivir la hoguera licuando el amargor oscuro de sus libros. Esos le agregan recetas exóticas de Natalia Herrera, paisajes modernos parisinos y verbos sofisticados. Es la Cuba de celofán moderna encaramada en el brillante y acristalado desván turístico del hotel de cinco estrellas en la riviera tropical caribeña. "Ready to buy", para el canadiense de paso en las arenas blancas del paraíso invernal de Varadero.
Puro café con leche amanerado. Jineterismo literario. Wendy Abel Guerra Prieto. La nueva generación post-hoguera, post-holocausto. Cuba literaria 2013. ¡Bienvenido! Mr Marshall"


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