Wednesday, December 25, 2013

Homo Cubanicus

Era 1947 y una de las últimas heridas infames dadas a la naturaleza, y también al hombre, se le ocurrió “al padrecito”- como entonces se le llamaba a Stalin - convertir las zonas alrededor del Mar Aral en el triguero soviético-mundial socialista. Comenzó así el desvió, a través de canales de irrigación, del agua potable que alimentaba aquel inmenso lago convertido en mar, que constituía uno de los más grandes lagos del mundo. Como todo lo que tocó Stalin también esto terminó en tragedia, los intentos de crear el mayor granero de la historia soviética se transformó en el desastre ecológico más grande del planeta. Así está reconocido a nivel mundial por las agencias internacionales encargadas del medio ambiente.
La historia del canal Mar Blanco-Báltico en los inicios de la era stalinista y del comienzo de la tragedia del Mar Aral demuestra el círculo inevitable que toda locura presenta en las mentes perturbadas de los dictadores. Pero estas dos historias no me vienen a la memoria por obra y gracia del espíritu santo, sino por las palabras del señor Oscar García Martínez en Cuba, que dice es el director de la oficina de “manejo costero” del Centro de Servicios Ambientales sobre la pérdida de las arenas de Varadero.
Yo no sé si el sr García Martínez tiene corta memoria, o padece de amnesia. Tampoco sé dónde, cuando y cómo crearon esta oficina de “manejos costeros”. Quizás sea de la época “post-fidelista”. ¡Quién sabe!
De todas formas, eso es intrascendente. Yo fui a Varadero desde que tenía meses. Me llevaban mis padres porque un primo vivía allí, en una de esas casitas que construyeron para pescadores en la 4ta avenida de Varadero. Ibamos todos los años mis padres y yo (ver foto del post) y disfrutábamos de dos semanas. Eramos en eso “privilegiados”, en cierta medida, aunque no podíamos gastar en hoteles porque entonces ya mi padre no era maestro y se mal ganaba la vida en un almacén, donde lo habían arrinconado esos empleadores del sr García Martínez. Pero no importaba, íbamos una, dos semanas. Era un tiempo de felicidad en el medio de tanta tragedia.
Recuerdo de Varadero sus arenas blancas, sus aguas verde-azules transparentes, los bancos enormes de arena, como uno caminaba y se perdía en la distancia de la playa por la enorme bancada de arena que cubría el fondo de sus largos kilómetros de agua. Las coníferas que servían de cobertor agradable del hirviente sol. Las conchas hermosas que en las mañanas amanecían sobre la arena blanquísima, fina que se escurría entre los dedos, casi polvo, que se desvanecía en el aire cálido y oloroso.
Lo más hermoso de Varadero eran sus arenas y el agua turquesa, límpida como un espejo. Ni un asomo de roca, ni un asomo de algas. Una línea inmensa de mar como trazado por la mano de Dios.
Pero un día alguien dijo que los pinos, las coníferas que cubrían toda aquella línea paradisíaca de mar, era un error de la naturaleza. ¿Un error de Dios? ¿Acaso algo creacional puede ser errado?
Alguien lo dijo, y un buen día, al final del verano, se aparecieron las brigadas y desraizaron todas las coníferas y en su lugar, pues, no plantaron nada. Varadero era como una sábana blanca ante los elementos, desnuda. Y aparecieron unos barcos en la profundidad robándole la arena de la profundidad a la playa. Yo me recuerdo, y era un niño. Veía aquellos barcos allí, frente a la calle 20 y le preguntaba a mi padre que hacían, ¿pescar?
No, extraer arena, robar de la mano de Dios el regalo sagrado a aquella paradisíaca playa. ¿Y los pinos? ¿Por qué se habían robado los pinos?
Porque dicen echa a perder la arena”. Esa era la respuesta que alguien dio en aquel entonces. Una voz anónima. Alguien. El nombre puede ser uno de esos que ayer existe y ocupaba un cargo de director de alguna oficina de “¿manejos playeros?”, como la de este sr García Martínez, y hoy es… algún otro, como será mañana cualquiera. Un nombre temporal en una dictadura demasiado larga. Ya se sabe: en las dictaduras los nombres de sus empleados son temporales frente a la eternidad de sus empleadores.
Nadie le aclaró a ese director de ayer, oficialidad “científica”, o decreto divino de alguien en las alturas palaciegas, que los pinos protegían la mano arenosa de la playa y ante su ausencia, las mareas le robaban la arena a la orilla para reponer la que los hombres le robaban en sus profundidades a la naturaleza. La vida que palpita como gracia divina siempre busca un balance.
Así de sencillo.
Pero hoy se nos aparece este tipo diciendo que “debido a la erosión intensa asociada a la elevación del nivel del mar”... BLA BLA BLA. Ya nadie “recuerda” los buldóceres tumbando los pinos, los barcos robando arena, los meses y años con la franja de playa desnuda. El “malo de la película” ahora es el imperialismo que causa en el planeta el desastre ecológico, la elevación del nivel del mar. Póngale usted lo que ya conoce.
Me pregunto, ¿fue el imperialismo quien envió aquellos buldóceres en una playa cubana durante el gobierno de Fidel Castro? ¿Fueron barcos imperialistas los que extraían arena a la distancia de tres brazadas cuando yo me bañaba con mi padre en Varadero?
Lo cierto es que, desde entonces, Varadero ya no es la misma. Su arena no es aquel polvo dorado que yo conocí cuando pequeño, y las rocas y las algas aparecen cada vez con más frecuencia en la paradisíaca franja playera.

Pobre Varadero… también victima de la etimología castro-comunista del homo cubanicus.

2 comments:

Qbantranny said...

Me encanto su relato. Triste e intenso. No solo acabaron con los pinos y la arena. Esas aéreas eran donde las tortugas ponían sus huevos llevadas allí por los pinos y sus sombras en el mar. Al ser retirados perdieron su rumbo y fueron a otras partes donde las mataron o atraparon. Los tiranos rojos son locos que se piensan Dios y tal actúan. Se de esto porque yo crecí en Camagüey y paso lo mismo con Santa Lucia.

Simon-Jose said...

Ya desde los primeros años sesenta se veía el constante trasiego de patanas llenas de arena que extraían frente a las playas de la costa norte.
Y esa arena es de origen animal. La "cantidad" que había en nuestras playas se debió a varios cientos de millones de años de trabajo de los pecesitos que "la producen".

Un abrazo y Feliz Año Nuevo.
Simón José