Saturday, December 14, 2013

Como una Teta

"Divide y vencerás" es la muy famosa frase atribuida a Julio César y que Nicolás Maquiavelo inmortalizó en uno de sus mas conocidos ensayos. Desde entonces, esta fórmula de emperador romano se ha multiplicado en cada intento totalitario de someter legiones de hombres para convertirlos en útiles clavijas de una maquinaria social encargada de sostener un nombre en el poder.
Reyes, emperadores, caudillos tropicales, bonzos georgianos, dictadores de todos los signos políticos, todos los colores y todas las supuestas "creencias" sociales la han usado. En Cuba el "divide y vencerás" nos entro por la puerta de la casa sin permiso. Se nos sento a la mesa en la figura de algún hermano, algún padre, algún hijo. Se nos convirtió en el vecino que hasta ayer nos ofrecía el "Buenos Días" y compartía una taza de café. Y nos lanzo la familia a la diáspora, o al desván de los útiles inservibles, dividida, desunida. Padres e hijos separados geográficamente, ordenados a ignorarse o destruirse, con el espíritu roto, las afecciones fragmentadas, y la nostalgia por la mesa servida en común abrazándonos como una hoguera encendida. Y aqui estamos, aún enclavados en ese estadio inicial.
¿Qué nos separo? Fidel Castro, dirán todos, o casi todos. Apuntaran con el dedo al caudillo impostor, al encantador de palabras. Pero la mitología castrista es precisamente eso, "mythos", un acto de palabra ritualizado, y para que exista tenemos que existir nosotros, los sujetos de ese mito. Sin la conocida serpiente no puede existir el popular encantador. Así de sencillo.
A este hombre lo dejamos entrar en casa. Le abrimos voluntariamente las puertas. Le dimos nuestras llaves y documentos más importantes. Lo hicimos dueño de nuestros más íntimos pensamientos, secretos y mociones. Le entregamos nuestra voz y nos sentamos a esperar, eternamente, en la silla de la paciencia. Conservamos, únicamente, ese instinto ancestral de la succion... A una también ancestral teta.
Los seres humanos cuando nacen sólo tienen un instinto involuntario a contar, el mamar de la teta materna el preciado líquido que nuestra madre nos ofrece amorosamente como recompensa a nuestro reclamo. Nada más. La boca social cubana se transformo en eso, sin la amorosa espiritualidad a cambio. Fuimos y somos generaciones de autómatas succionadores de leyes, ritos, consignas y "milagros" sociales... que nunca se hicieron realidad.
Esa teta suministro la leche emponzoñada de odios, división y violencia y en consecuencia hoy tenemos un pueblo zombi, alucinador, que sueña con algún cambio esperándolo de esa misma teta, como simples succionadores enanos, hormigas que arrastran con resignación freudiana un destino eterno. Solo aspiran a mamar o escapar, se suman a un simple ejercicio de autoengaño ignorando que victimarios como se comportan hoy mañana serán los próximos victimizados para seguir autoalimentanto a la misma teta. Más que engañados, nos hemos convertidos en nuestros propios engañadores. Y así seguimos agarrados a la misma teta, sin ninguna voluntad por soltar ese agarre mortal.
Algunos llamaron a este instinto involuntario social "paternalismo", pero yo no lo puedo creer así, no quiero. La afectividad que esa palabra demuestra está ausente de aquel acto de usurpación de la personalidad jurídica, social y política que el cubano hoy demuestra en su relación con la teta ancestral del estado. En Cuba no sufrimos de paternalismo, sufrimos de inanición social. Somos ese bebé indefenso que sólo intenta mover los labios sin palabras para encontrar la teta, y si no la encuentra comienza a llorar en silencio: que si la ONU no acusa a Cuba, que si Amnistía Internacional no ayuda a los cubanos, que si la prensa occidental no publica nuestro silencio, que si Obama saluda a Castro, que si esto, que si aquello. Las lágrimas recorren ríos de lamentos.
Somos un niño en brazos con deseos de mamar la teta. No hemos crecido de ese estadio inicial. No nos levantamos sobre nuestros pies. No levantamos nustra voz cuando el vecino nos quiere gritar o cuando le gritan a él. No decimos, como lo hacia mi abuela cuando era niño, que la política era una casaca que tenía que dejarse colgada en la puerta de nuestra casa, y sentarse a la mesa a comer nuestra comida, todos juntos, con nuestras propias manos. 

No, hoy queremos a legiones de otros que vengan a hacer lo que a nosotros nos toca, pero esos otros no vendrán nunca porque no les toca. Lo que nos retorna ese origen ancestral: dejar de ser ese bebe que pide mamar a la misma teta, involuntariamente. Dejar de ser simples espectadores para convertirnos en el espectáculo. No hay otra forma. No hay otro camino. No habrá, en cambio, ninguna otra teta esperándonos con delectación, provista de milagros para nuestra boca sedienta.

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