Tuesday, March 12, 2013

Roberto Robaina y Eliecer Avila


Corría el año 1993. Un año difícil en Cuba para los cubanos de la calle, y también para los que desde la silla presidencial querían seguir sentados en el trono. Periodo Especial “en tiempo de paz” – ya saben, el castrismo siempre ha sido muy fértil en poner nombres pomposos a las cosas, especialmente cuando se trata de ocultar la realidad con ese lenguaje surrealista – y tiempos difíciles para los viejos rostros del régimen en los organismos internacionales. Se necesitaban rostros diferentes en tiempos de zozobra socialista.
Y así apareció este personaje que había movido la aburrida serenata castrista de mítines y panfletos  para ponerla a bailar al ritmo de la música y el canto popular. Música y cerveza, slogans comunistas y populismo barato para atraer a una juventud que ya no le interesaba mucho ni la vieja guardia verde olivo, ni las militancias y no quería adjuntarse al carro de las juventudes comunistas y del partido único.
Roberto Robaina significó eso. Como se dice en el lenguaje del domino cubano: darle agua a las fichas para encontrar un juego nuevo entre lo mismo. Surtió temporalmente efecto. Y así, del lobo un pelo como se dice, el viejo Castro subió a ese pequeñajo alborotador de Robaina, de la noche a la mañana, al sitial de la diplomacia comunista. Lo hizo Ministro del Exterior.
Muchos se sorprendieron con la jugada, casi todos. Pero digamos la verdad, ¿qué significa ser Ministro del Exterior en un país como Cuba?
Nada. Manos atadas, repetir escrupulosamente las orientaciones de la misma oficina de más de 30 años establecida. El hecho cierto es que, en un momento que se necesitaba una distracción, un amago para dar la imagen de una renovación, de una cara fresca, sacaron a un payaso para hacer sus pantomimas.
Sencillo, ¿no es cierto?
No voy a hacer aquí el cuento de Robaina. Su subida y su caída. Día y noche se suceden en Cuba con una rapidez de espanto para las figuras del “gobierno”. No hay nada más frágil en ese país que ser miembro de la oficialidad. Lo que me trae el nombre de Robaina a la mente son las declaraciones de Eliecer Avila que circulan por internet sobre los cinco espías.
Aún recuerdo aquella noche cuando presentaron la primera entrevista del pequeñajo recién estrenado como Ministro del Exterior. Las palabras de Robaina, sus respuestas a las preguntas del periodista oficialista me recordaron entonces a Cantinflas, ese extraordinario comediante mexicano, todo un clásico en el cine latinoamericano. Cantinflas, el maestro de hacer reír con esa elocuencia que no decía nada.
El mexicano enhebraba un discurso interminable uniendo mil y una historias, palabras y sucesos para al final uno terminar preguntándose qué cosa había querido decir aquel personaje divertido en la secuencia fílmica. Era el maestro del absurdo en el discurso hablado. Decía todo sin decir nada. Un artista genial. Pero era una comedia, no un puesto ministerial ni tampoco unas declaraciones de un “activista disidente”.
Pues bien. Robaina era igual… solo que este personaje no pertenecía a ningún filme mexicano, cubano ni hollywoodense: era el Ministro del Exterior de una dictadura.
Genio y figura hasta la sepultura, aquella noche el flamante Ministro Robaina estuvo una hora hablando sin decir nada. Pues bien, he aquí su segunda parte. Lo mismo ahora ha acontecido con Eliecer Avila hablando sobre los cinco espías.
Yo no sé si es problema de ignorancia, falta de información o sencillamente bipolaridad. Habla de los presos de conciencia y después dice que está en contra de todos los presos por ideología. ¿Es que yo no escuché bien? ¿O es que el Sr. Eliecer no entiende el significado de la palabra espía?
Los 14 miembros de la red avispa – no son solamente cinco – cometieron un crimen que está condenado en las legislaciones de todos los países del mundo: espionaje. No tiene nada que ver con la ideología, ni con las creencias políticas de nadie, sino con una actividad de búsqueda de información secreta para venderla a una potencia extranjera. La agravante aquí es que algunos de esos 14 miembros de la célula de espionaje son ciudadanos norteamericanos y, precisamente, esos cinco no solo no colaboraron con las autoridades federales, sino que ocultaron su propia identidad, otro crimen federal.
¿Es esto un crimen de conciencia?
No, es sencilla y llanamente ESPIONAJE, que según el diccionario ESPASA significa, y cito:
  1. m. Actividad encaminada a obtener información reservada o secreta
  2. Organización e infraestructura que se utilizan para la obtención de información secreta
Mirando el lamentable video yo no sé si llorar, de pena por Eliecer, o morirme a carcajadas por el papelón en que incurrió. Aún no logro comprender si es por falta de información, pero la palabra espionaje es muy común en Español y en Cuba se ha utilizado con demasiada frecuencia en los círculos oficiales cuando acusan algún ciudadano por un crimen que es, sencillamente, de consciencia (¿quizás por eso el error de Eliecer?). Pero el hecho cierto es que es tan común que es muy difícil creer que Eliecer Avila no la conozca. Tampoco entiendo mucho qué significado le da a la palabra ideología cuando dice “delitos relacionados con la ideología”.
Es sencillamente Kafkiano presenciar este torrente de tonterías para no decir NADA y caer en la desgraciada trampa de comparar la represión por el pensamiento con la represión a una actividad de espionaje. Los espías no son presos de conciencia, ni son “delitos de ideología”, señor Eliecer Avila. Y a las personas que “estaban allí cumpliendo determinada misión” hay que agregarle el apellido a esa misión: ESPIONAJE en INSTITUCIONES FEDERALES del gobierno de los Estados Unidos.
¿Es difícil esto de entender?
Y es así que toda la palabrería de Eliecer me viene a recordar la cantinfleria de Roberto Robaina aquella desafortunada noche de 1993. Ridículo, por supuesto, en un ministro de cualquier gobierno, pero ridículo también en cualquier persona a la que alguna prensa califica de “activista disidente”.
Si esta es su gira promocional como “activista disidente”, Señor Eliecer, tiene que recordar que el nerviosismo, la falta de información o sencillamente la ignorancia no justifican los entuertos.
A veces el silencio es la mejor de las respuestas, especialmente frente a caer en un ridículo que merece la soberana trompetilla.

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