Corría el año 1993. Un año difícil en Cuba
para los cubanos de la calle, y también para los que desde la silla
presidencial querían seguir sentados en el trono. Periodo Especial “en tiempo
de paz” – ya saben, el castrismo siempre ha sido muy fértil en poner nombres
pomposos a las cosas, especialmente cuando se trata de ocultar la realidad con
ese lenguaje surrealista – y tiempos difíciles para los viejos rostros del régimen
en los organismos internacionales. Se necesitaban rostros diferentes en tiempos
de zozobra socialista.
Y así apareció este personaje que había movido
la aburrida serenata castrista de mítines y panfletos para ponerla a bailar al ritmo de la música y
el canto popular. Música y cerveza, slogans comunistas y populismo barato
para atraer a una juventud que ya no le interesaba mucho ni la vieja guardia
verde olivo, ni las militancias y no quería adjuntarse al carro de las
juventudes comunistas y del partido único.
Roberto Robaina significó eso. Como se dice en
el lenguaje del domino cubano: darle agua a las fichas para encontrar un juego
nuevo entre lo mismo. Surtió temporalmente efecto. Y así, del lobo un pelo como
se dice, el viejo Castro subió a ese pequeñajo alborotador de Robaina, de la
noche a la mañana, al sitial de la diplomacia comunista. Lo hizo Ministro del
Exterior.
Muchos se sorprendieron con la jugada, casi
todos. Pero digamos la verdad, ¿qué significa ser Ministro del Exterior en un país
como Cuba?
Nada. Manos atadas, repetir escrupulosamente
las orientaciones de la misma oficina de más de 30 años establecida. El hecho
cierto es que, en un momento que se necesitaba una distracción, un amago para
dar la imagen de una renovación, de una cara fresca, sacaron a un payaso para
hacer sus pantomimas.
Sencillo, ¿no es cierto?
No voy a hacer aquí el cuento de Robaina. Su
subida y su caída. Día y noche se suceden en Cuba con una rapidez de espanto
para las figuras del “gobierno”. No hay nada más frágil en ese país que ser
miembro de la oficialidad. Lo que me trae el nombre de Robaina a la mente son
las declaraciones de Eliecer Avila que circulan por internet sobre los cinco espías.
Aún recuerdo aquella noche cuando presentaron
la primera entrevista del pequeñajo recién estrenado como Ministro del
Exterior. Las palabras de Robaina, sus respuestas a las preguntas del
periodista oficialista me recordaron entonces a Cantinflas, ese extraordinario
comediante mexicano, todo un clásico en el cine latinoamericano. Cantinflas, el
maestro de hacer reír con esa elocuencia que no decía nada.
El mexicano enhebraba un discurso interminable
uniendo mil y una historias, palabras y sucesos para al final uno terminar preguntándose
qué cosa había querido decir aquel personaje divertido en la secuencia fílmica.
Era el maestro del absurdo en el discurso hablado. Decía todo sin decir nada.
Un artista genial. Pero era una comedia, no un puesto ministerial ni tampoco
unas declaraciones de un “activista disidente”.
Pues bien. Robaina era igual… solo que este
personaje no pertenecía a ningún filme mexicano, cubano ni hollywoodense: era
el Ministro del Exterior de una dictadura.
Genio y figura hasta la sepultura, aquella
noche el flamante Ministro Robaina estuvo una hora hablando sin decir nada. Pues
bien, he aquí su segunda parte. Lo mismo ahora ha acontecido con Eliecer Avila hablando sobre los cinco espías.
Yo no sé si es problema de ignorancia, falta
de información o sencillamente bipolaridad. Habla de los presos de conciencia y
después dice que está en contra de todos los presos por ideología. ¿Es que yo
no escuché bien? ¿O es que el Sr. Eliecer no entiende el significado de la
palabra espía?
Los 14 miembros de la red avispa – no son
solamente cinco – cometieron un crimen que está condenado en las legislaciones de
todos los países del mundo: espionaje. No tiene nada que ver con la ideología,
ni con las creencias políticas de nadie, sino con una actividad de búsqueda de información
secreta para venderla a una potencia extranjera. La agravante aquí es que
algunos de esos 14 miembros de la célula de espionaje son ciudadanos norteamericanos
y, precisamente, esos cinco no solo no colaboraron con las autoridades
federales, sino que ocultaron su propia identidad, otro crimen federal.
¿Es esto un crimen de conciencia?
No, es sencilla y llanamente ESPIONAJE, que según
el diccionario ESPASA significa, y cito:
- m. Actividad encaminada a obtener información reservada o secreta
- Organización e infraestructura que se utilizan para la obtención de información secreta
Es sencillamente Kafkiano presenciar este
torrente de tonterías para no decir NADA y caer en la desgraciada trampa de
comparar la represión por el pensamiento con la represión a una actividad de
espionaje. Los espías no son presos de conciencia, ni son “delitos de ideología”, señor Eliecer Avila. Y a las personas que “estaban allí cumpliendo determinada misión”
hay que agregarle el apellido a esa misión: ESPIONAJE en INSTITUCIONES
FEDERALES del gobierno de los Estados Unidos.
¿Es difícil esto de entender?
Y es así que toda la palabrería de Eliecer me
viene a recordar la cantinfleria de Roberto Robaina aquella desafortunada noche
de 1993. Ridículo, por supuesto, en un ministro de cualquier gobierno, pero ridículo
también en cualquier persona a la que alguna prensa califica de “activista
disidente”.
Si esta es su gira promocional como “activista
disidente”, Señor Eliecer, tiene que recordar que el nerviosismo, la falta de información
o sencillamente la ignorancia no justifican los entuertos.
A veces el silencio es la mejor de las
respuestas, especialmente frente a caer en un ridículo que merece la soberana
trompetilla.









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