Los hemos vistos muchas veces con banderitas
en las manos desfilando frente a la oficina de la SINA primero para decir “Pin Pon Fuera… etc.”, y después por
segunda vez para solicitar una visa para visitar a algún pariente en Miami, o reclamar
el anhelado pasaporte español escarbando en alguna lejana proximidad con algún pariente
de la madre patria.
Son los mismos que salían ordenaditos del
trabajo para ver pasar el ataúd donde iban los supuestos restos mortales del
Che Guevara en La Habana, o para pasar frente al féretro de Celia Sánchez
cuando murió por allá por los 80. Mañana los veremos acudir a la plaza de la “revolución”
que hace mucho ya no lo es para rendir tributo a Chávez, que no es cubano y no
es lo mismo pero es igual, como dice la canción de algún cantautor rosca
izquierda por ahí.
Desde ayer el desfile de sonámbulos, sin
embargo, se trasladó a Venezuela para verle la cara al último de estos que se creyó
inmortal, desafió a Dios, lo humano y lo divino, lanzó azufre a presidentes y
condenó recintos internacionales catalogándolos de infierno porque algún diablo
lo visitaba frecuentemente.
No parco en palabras, ni saciado con ellas, decidió
tocar restos mortales de un nombre sagrado para Venezuela y dicen, algunos
dicen, Bolívar le mando entonces alguna sagrada maldición y así murió,
emparentado con el argentino de los fusilamientos en La Cabaña, en La Habana,
clamando y gritando por vivir como todos los cobardes, clamando por una vida
que no perdono a otros.
Shakespeare dijo alguna vez que “el aspecto exterior pregona muchas veces la
condición interior del hombre”. Chávez
derramó odio y maldición sobre todo aquel a quien no podía doblegar, o
que contradecía su palabra imperial, se creía superior, intocable, alguien a
quien Dios no podía señalar ni con su dedo divino. Pero el odio es como ese
vino rancio que se acumula, gota a gota,
en las venas y envenena el cerebro, el entendimiento y acaba envenenando la
vida hasta destruirla.
Chávez fue el producto de sí mismo, de su odio
ancestral y de su ignorancia de ser pequeño que por las circunstancias de la
vida, errores humanos y mal cálculo de otros se subió sobre los hombros de
millones y se erigió como estatua de mármol en una efigie. Creo su misma religión,
se transformo en el enemigo de sí mismo. No en balde murió el mismo día en que
60 años atrás otro, muy parecido a él, también creyó poseer el don de la
inmortalidad: Stalin.
Y así llegamos a hoy y el anuncio del sr Maduro de embalsamar la efigie de mármol y colocarla provisionalmente en algún cuartel
militar hasta que ocupe el lugar donde “quiere
el pueblo”, es decir, junto a Simón Bolívar. Tratan así de crear la
continuidad a través del muerto, especie de Rusia Soviética latinoamericana.
¿Quién lo iba a imaginar más allá de Cuba?
Porque allí hay otro faraón que se apaga en vida.
Ni los mismos rusos hubieran predicho que algún
día esto iba a ocurrir por estas tierras vírgenes de América donde la tradición
nunca ha hablado de faraones ni de emperadores totalitarios. Pero ahí lo
tenemos, y hasta ya hablan de “Museo de la Revolución” y quizás hasta mañana levanten
un palacio mu cerca de donde lo llevarán en andas para depositarlo en una urna
acristalada, como lo hicieron los rusos con Lenin. Los faraones se hubieran
sentido muy contentos de renacer esta vez en la Venezuela “bolivariana”.
Por lo que no estará lejano el día en que veamos,
como lo hemos visto muchos de los cubanos en Cuba, a estos miles de sonámbulos que
hoy necrológicamente saludan una vez más al faraón venezolano con la banderita
en mano, levantada uniformemente frente al mausoleo de Chávez gritando:
“PIN
PON Fuera… y etc.”
Para después hacer la colita respectiva, ¿de sonámbulos
también?, y reclamar su visa al imperio.
Sucederá, tiempo al tiempo. Échenle una ojeada
a esa islita un poquito más al norte de Caracas. La historia ocurre la primera
vez como tragedia, la segunda es casi siempre una comedia mediocre porque las
coincidencias, no, esas no existen.









1 comments:
Entes que caminan por la calle al mejor estilo de Orwell!
Muy buen post!
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