Sunday, December 23, 2012

Cuba: las dos islas


Era Septiembre del 2010 y mi visita a Cuba tenía un motivo más doloroso que el acostumbrado: mi abuela maternal había fallecido el día anterior. En el camino del aeropuerto hacia la casa de mi abuela en pleno corazón de La Habana las imágenes de mi infancia, los rostros de mis padres, la sonrisa cariñosa de mi abuela y su voz me hacían olvidar que estaba de vuelta dos años después a mis orígenes… pero todo había cambiado. Ya no quedaban en mi país natal ninguno de los que sentía verdaderamente cercanos a mí.
Mis ojos miraban el largo camino de Boyeros salpicado de viejas casas, rostros de personas que desesperadas trataban de atrapar algún ómnibus cuando osaban detenerse en alguna parada, viejas industrias paralizadas o reusadas en algo distinto, edificios despintados, los habituales baches en el caliente pavimento y algún que otro monstruoso ministerio cercano a la colina donde un viejo apellido gobierna por más de medio siglo. Todo eso desaparecía ante mis ojos, para ellos sólo existía la mirada cariñosa de mi abuela en el pasado, las veces que de niño me pasaba la mano por la cabeza y me sonreía, el beso tierno y las palabras sabias. Ráfagas de imágenes y palabras como un video familiar de mi infancia, detrás quedaba la Cuba del momento.
Y así llegue a casa, depositamos al día siguiente los restos de quien muchas veces calmó mi hambre de niño y nos dio la seguridad de un hogar amoroso entre el huracán de odios, divisiones políticas y una ideología que había logrado herir el alma buena del cubano, entre ellos mi familia.
Entonces, como vacuna contra la añoranza, al día siguiente, me dediqué a caminar por sus calles y tomar fotos de la ciudad. Las tiendas de la niñez que habían desaparecido para dejar a su paso derrumbes. Edificios convertidos en míseros parques, un viejo hotel enseñando su esqueleto de acero a la ciudad, ausencias, lugares donde mis pasos se oyeron alguna vez y que hoy se pierden en un tiempo perdido. La ciudad, aquella que me vio nacer un día de Diciembre de 1972 está en ruinas.
Y es así que hoy, recordando algún pasado he querido traer lo que queda en el presente. Sólo algunas imágenes, hay muchas más.
Las ruinas de lo que fue un edificio de viviendas en 1972, en Neptuno y Amistad, a escasas tres cuadras del céntrico Parque Central donde el Martí señala oportunamente el Oriente:
Muy cercano a un flamante hotel, al entorno romántico del Capitolio de La Habana, tan fotografiado por turistas que olvidan que a sólo dos pasos hay escombros como estos.
Un poco más allá se encuentra lo que en algún tiempo pasado fue la conocida RCA Victor y hoy es un escabroso edificio donde malviven personas. Fíjense en la mesa de relojero en la puerta abierta que da a la calle: es Neptuno e Industria. Ya cuando yo era niño este edificio el gobierno lo había convertido en un enjambre de pequeños “apartamentos” para cubanos, lo de apartamento es un eufemismo para denominar pequeños cuartos de menos de 5 metros cuadrados, pero así es el lenguaje enrevesado del oficialismo cubano. Hoy ni esos pedazos quedan:
No debemos olvidar que esto es “downtown” Habana, el mismísimo centro comercial y turístico de La Habana.
Galeano y San Miguel, una de las esquinas a las que más acudían los habaneros, lo siguen haciendo, yo entre ellos. Aquí estaba una gran tienda de la que hoy ni la memoria queda solo este esqueleto de vigas de acero. Ni a mi buena memoria acude el nombre de aquella tienda, perdida en mi niñez cuando aún existía malamente, restrojos de la expropiación socialista de los comercios, los dueños también habían sido despojados de su propiedad. Detrás, casi asomándose entre los árboles, los restos de un famoso hotel:
Y esto es lo que queda del hotel:
Detalle curioso, la carpeta de este hotel estaba en su último piso, el sexto. Recuerdo que uno subía en su elevador hasta el último piso y era allí donde reservaba su habitación… de los pisos bajos. En su planta baja a la calle sobrevivía en mi niñez aún una tienda muy concurrida. Hoy: ni tienda ni hotel solo este edificio cayéndose en pedazos.
Ya que hablamos del “Fin de Siglo”, así era el nombre de una de las tiendas por departamentos más grandes de La Habana: la manzana cuya famosa esquina es San Rafael y Aguila, y con una salida por Galeano. Recuerdo que mi padre me llevaba a recorrerla por el solo placer de refrescar del calor tropical con su aire acondicionado helado. Hoy, ni aire acondicionado ni tienda, en su interior sólo vendedores de artículos de uso, ropa vieja con el olor que la humedad o la vejez le agrega, muy pocos se aventuran a entrar por su oscuridad y el calor, y es así que alguien decide colgar alguna ropa y venderla ahí, en su mismísima entrada: ropa reciclada.
¿Se acuerdan de esta tienda?
El “Louvre”. En el capitalismo era una famosísima joyería y tienda exclusiva de objetos de arte. En los 80 floreció con el mercado paralelo. Es Galeano y San Rafael, a pocos metros de “Fin de Siglo”. Fue aquí donde primero compré un pantalón “decente” en el año 1986, me costó 60 pesos y era “fuera de la libreta” porque esta tienda era del famoso mercado paralelo, la primera que surgió en La Habana  donde se compraba ropa “por la libre”. A algunos les sorprenderá esta nomenclatura socialista, pero en aquella época los cubanos todos estábamos “normados”... por una libreta que nos asignaba desde un simple calzoncillo hasta la prenda más imprescindible de uso personal. Y hablo de imprescindible porque entre un calzoncillo y un pantalón la masculina prenda exterior (el pantalón) cobraba una importancia superior ante la prenda interior, después de todo nadie se enteraba si debajo de ese costosísimo pantalón de 60 pesos mi mas importante posesión del momento era resguardada por un mundano calzoncillo. ¡Cuántas veces no existía ese precioso calzoncillo!
Pero aquí está lo que queda de esa joyería-mercado paralelo, hoy solo ruinas. Triste realidad.
¿Se acuerdan de Montes y Egido, o como lo llaman en la etapa socialista cubana “Agramonte”? Mírenlo aquí:
Detrás de la “muralla” vegetal verde del fondo se encuentra la principal unidad del DTI de La Habana Vieja. Ese edificio apuntalado con los “bastones socialistas” fue un muy famoso hotel en el capitalismo, devenido también “pedacitos de viviendas” en 1961 y desahuciado en los finales del 80, aún esta así… esperando la carroza o a Eusebio Leal, no sé si con las últimas noticias ya tendrá que esperar por alguien más.
Esta otra foto casi no tengo que explicarla, miren los propios letreros de marcas de renombre de la Habana de los 50, una famosa tienda de electrónicos de entonces devenida “campo de tiro” y vendiendo la  hojalata “barata” estatal. Es el “boulevard” de San Rafael, para ser mas específico, la esquina de San Rafael e Industria:
Donde están sentadas esas personas habia otro edificio... se derrumbó, ya nadie se acuerda de él. Una de las ventas mas “preciadas” de esa tienda en la actualidad es esta muy barata cama:
Es personal, o “twin” como decimos en inglés, y cuesta 1000 pesos sin el colchón. ¿Barato verdad? Sobre todo si sabemos que el salario de un mes de un cubano no alcanza esa cifra… ah, bueno, quizás con los dólares que los cubanos del exterior le mandan a sus familiares pudieran comprarla, esos cubanos tan “odiados” por el gobierno castrista. Por cierto, ¿se fijaron lo “robusta” que es?
¡Cuántas veces no caminé por estas calles! Frente a esta tienda existía una discoteca. No, no es lo que se imaginan, era una tienda especializada en música. Entraba para oír algunos discos porque ofrecía la posibilidad de poder escuchar en algunos equipos que tenía habilitados para el público, y yo me “colaba” y trataba de oír una y otra vez un disco de Beethoven (reproducido en Rusia) o lo último que Silvio Rodríguez había sacado. No podía comprarlos porque mi bolsillo tenia un destino mas importante.
Hoy de aquella discoteca es esto lo que queda:
¿Se fijan en el nombre grabado en el cristal? “Música Universal”, así se llamaba la discoteca hoy devenida timbiriche de cuentapropistas. En mi niñez esto tampoco era discoteca sino otra tienda de ropa con "productos normados". Pobre Beethoven, devenido cuentapropista gracias al socialismo castrista.
Todo esto no fuera tan triste y doloroso si, a sólo una cuadra de distancia de este lugar, al costado del Martí amenazante en el Parque Central, no nos encontráramos con este flamante hotel:
Sí, es la misma Habana. La Habana que se cae en pedazos para el ciudadano de un país, pero que florece de estos hoteles para el ciudadano de otros. Por eso yo titulo este post como “UNA ISLA PARA DOS”. Y no le he tomado el nombre prestado al libro de Ruth Gogol (bastante mediocre, por cierto). La realidad cubana se ha convertido en pesadilla literaria y ha creado estas dos islas: la del cubano común cayéndose en pedazos; y la otra, la del turista que caza estos pequeños cuadros hermosos, arrinconados entre tanta miseria y destrozo.
Es esta última la que recuerdan los turistas interesados, la del militante de esa izquierda caviar que solo profesa la banalidad de esta Habana maquillada, la refrigerada, bien pintada y pulida para el disfrute del colonialista extranjero, ese que recorre el circulo selecto de la Habana Vieja, una perfecta vidriera turística para el visitante extranjero o los pasillos de un centro comercial en la Habana Vieja. Para ellos, Eusebio Leal permite que campeen estos personajes:
O esta comparsa de payasos con sancos que pasa el sombrero a los curiosos que lo fotografían (me lo hizo a mí):
Son las “estampas socialistas” del mercachifle Leal, el típico representante de la clase social que vende el país al extranjero… en perfectas postales.
Para el cubano común, es la otra la Cuba que existe, de esa nadie habla ni se toma el trabajo de fotografiar, y estoy seguro que este señor que descansa sus huesos en los muros del teatro “García Lorca” (antiguo Teatro Tacón, el palacio donde la señora Alicia Alonso dirige su escuálido ballet clásico con la misma mano de hierro que su empleador Fidel Castro):
Para este señor, la Cuba turística, a sólo dos pasos de aquí NO EXISTE.

1 comments:

Loca del blog said...

Hermosamente doloroso...me encanta la sencilla profundidad de tu escritura