Sunday, November 18, 2012

Navidades de plástico


Cada vez que se acercan las Navidades se me hace necesaria la visita a las tiendas, ese bonito recorrido obligatorio para encontrar el regalo para mi pareja, mis hijos, algún amigo imprescindible, ese que siempre ha estado cercano cuando lo he necesitado y para ocasionalmente renovar las luces y decoraciones de la fiesta más familiar, la más íntima del año.
Confieso que los adornos de Navidad ejercen una profunda fascinación en mí desde que siendo un niño descubrí que eran el centro de alegría de mi familia, una alegría rodeada de un gran silencio en un país donde la seriedad era el tema oficial de esa jornada de fiestas. No había fiestas.
Nací un día de Diciembre de 1972, esa década gris donde todo lo que se desviara de la línea de seriedad pre-establecida era considerado enemigo de un estado que se había nombrado, a sí mismo, dueño perpetuo de nuestra nacionalidad y de esa sagrada palabra que es Patria. Es quizás por eso y otras miles de razones que llenarían páginas y páginas sin lograr poder decirlas todas, la coincidencia de mi nacimiento y de las fiestas de Navidad, la creencia secular de mis padres y la felicidad interna – no así la externa – que ese mes y esas fiestas siempre marcaron mis años de infancia. Yo fuí un niño feliz en una tierra triste.
Entonces, el viejo árbol de Navidad de mi madre, ya bastante abatido por el tiempo, las veces que había sido instalado, la escases de adornos para re-emplazar los que sufrían el paso del tiempo y las manos caprichosas de un niño que aún no alcanzaba a comprender por qué no había fiesta en todas las casas, por qué no se vendían esos bonitos adornos y guirnaldas, por qué los que me rodeaban nos miraban con un extraño recelo, y por qué muchos domingos nuestra visita a la iglesia era interrumpida por piedras y mucho desprecio.
Aquel árbol sobrevivió seis Navidades de mi niñez y un buen día de Diciembre mi madre me anunció quejumbrosamente que no podíamos volverlo a poner. Ya no había adornos que sobrevivieran, ni luces para re-emplazar las que había muerto por el uso, las guirnaldas habían perdido el brillo, y la nieve y el “cabello de ángel” se habían convertido en una masa compacta por el calor tropical y la humedad. Mis ojos se convirtieron entonces en un río silencioso de lágrimas. Miraba tristemente aquel árbol desprovisto ya casi de todos esos flequillos verdes que tantas veces había ayudado a adornar, y el sentimiento de pérdida inundaba mis ojos, mi memoria, era como el viejo amigo de Diciembre que había muerto en alguna batalla inexplicable. Un mismo día de Diciembre había nacido mi inocencia y la había perdido con solo seis pequeños años.
Ayer, visitando otras tiendas en una diferente geografía y alejado en el tiempo por 36 años, para re-emplazar algunas luces, buscar algunos adornos de colores y cristal me encontré con estos, muy bonitos, muy brillantes y hermosos, que me recordaban aquellos de mi infancia pero que al tocarlos mi decepción tropezó con el mismo sentimiento de entonces: eran de plástico.
Cientos de guirnaldas, bonitos adornos con Santa Claus y esas preciosas bolitas de cristal han sido sustituidos por el moderno y frío plástico. Es cierto,  el tiempo pasa, el plástico tiene la cualidad irrompible que lo hace perdurar por un número ilimitado de años, casi una eternidad. Pero es artificial, es una belleza coreografiada en una industria que multiplica dividendos sólo para vender, para hacer dinero, y que hace perder el calor humano que aquel cristal poseía en mis manos de niño, en aquellos adornos frágiles que debían ser re-emplazados. La vida en sí misma no puede ser ilimitada, detenida en un instante para el resto de la eternidad.
También desde la altura de mi edad, hoy, conociendo las condiciones en que cientos, miles, y muy por seguro millones de chinos trabajan por un mísero salario, sabe quién bajo qué condiciones laborales, me cuestiono aquellos lindos adornos que engalanaban mi viejo árbol, el de mi madre. Todos sabemos hoy como han muerto cientos de obreros en China bajo los vapores venenosos en las fábricas de productos de APPLE, sin protección, sin medios donde acudir para protestar sus muertes, sin unas leyes que protejan sus vidas. ¿Las Navidades y sus adornos también les traerán a ellos esas muertes?
Los adornos de entonces y los de hoy tienen una misma historia compartida: la gran mayoría venía de China, hoy siguen viniendo ya sustituidos por este plástico que carece de un alma de belleza y espiritualidad. Pero, ¿qué espiritualidad y alma tienen los adornos?
Todo estos pensamientos encontrados vinieron ayer a mi memoria y lo que quedó fueron los ojos traviesos de mi hijo “ayudando” a levantar el árbol de Navidad, rompiendo algunos adornos de cristal, riendo sonoramente por la alegría natural de la travesura. Para él esa pequeña luminosa bola de cristal colorida es una alegría re-emplazada en algo nuevo, y el 25 de Diciembre no será el único feliz, ni se encontrará solo en la alegría y en la fiesta. Mis años han sido re-emplazados en ese niño que es él, y también en el árbol que cada Diciembre encuentra nuevas luces y nuevos adornos. Hoy soy también feliz.
Sí, mis adornos son de cristal, no puedo evitarlo. La vida tiene que ser también re-emplazada como esos adornos, y la felicidad tiene que seguir el curso natural. Hay que mirar atrás, recordar lo sufrido y vivido, las pequeñas alegrías y las grandes tristezas y recordar que todo tiene que tener un re-emplazo en la vida… aún cuando algunos intentan no tenerlo.
Por todas esas razones mi Navidad nunca será de plástico. 

1 comments:

Esperanza E. Serrano said...

Lindo y conmovedor relato.Es algo escrito desde el corazón
Felicidades adelantadas por tu cumpleaños. Ojalá el espiritu de la Navidad nunca te abandone para que sigas disfrutándola con alegría y amor rodeado de tus seres queridos.
Un abrazo
Espe