El General Raúl Castro ha pedido confianza al pueblo de Cuba… una vez más. Estas palabras no han sido la primera vez que han sido expresadas. A lo largo de 54 años su hermano también las expresó repetidamente desde el primer día en que entró a La Habana en 1959. Para decirlo lo más corto y rápido posible: la confianza siempre tiene un límite y una vida corta. Y esta depende de que sea reafirmada por la realidad, por hechos concretos en la esfera material, espiritual y política de cualquier país. Esa es la regla primordial de la democracia y se expresa en las urnas, en la elección libre de una opción, en el cuestionamiento diario a los órganos de poder: en el Parlamento, en la prensa libre, en la opinión ciudadana y en el límite a la vida pública de los que ejercen un mandato.
Los que hoy continúan en el poder lo han hecho
sin ninguna de estas premisas. Nadie los cuestiona en ningún encuentro
parlamentario. Ninguna prensa pregunta y exige respuestas a los dirigentes
estatales. Las elecciones se hacen sin ninguna opción. No existen partidos ni
proyectos políticos alternativos. El ciudadano no tiene acceso a ninguna forma
de información alternativa, y mucho menos a la participación activa en la toma
de decisiones sobre su propia vida. Los que dirigen no tienen límite a la
confianza expresada en ellos. Más allá de sí mismos no hay nadie con autoridad
para expresar y reafirmar esos límites a esa confianza. Pero lo más importante,
la apelación a la confianza no puede ser de ningún modo eterna, ni mucho menos
indefinida el límite de su apelación.
Los problemas más graves que enfrentan los
ciudadanos cubanos hoy son, esencialmente, dos: la comida y la vivienda. La
capital es la mejor muestra del desastre que significa la Cuba de hoy, y no hablemos
de los pequeños pueblos del interior del país. La misma prensa oficial y los
organismos estatales han tenido que reconocer que La Habana se cae en pedazos.
¿Quién tiene una respuesta a eso? ¿A quién se le exige soluciones? ¿Cuánto más
hay que esperar para que se resuelvan los problemas de la vivienda y la
alimentación, que no son los únicos?
Los problemas materiales de Cuba son el
reflejo de la falta de libertades civiles esenciales. Sin mecanismos para
cuestionar ese poder el ciudadano está indefenso frente al poder que pide y
exige confianza. Exigir es solo una función que debe estar en manos de la
ciudadanía. Los gobiernos ejecutan las aspiraciones del pueblo, no al revés.
Los cubanos hoy no pueden decidir, no pueden cuestionar, no pueden ejercer su
función controladora. Los límites entonces a la confianza “depositada” en los
que dirigen no existen.
Los funcionarios intermedios en la maquinaria
estatal, mientras tanto, siempre han sido la tuerca que los de arriba han
decidido desmontar cada vez que un desastre ha llegado demasiado lejos, el
resto de la nomenclatura es intocable. Esos mismos funcionarios, sin embargo,
sí tienen un límite muy estrecho a sus decisiones y actos y no
pueden actuar sin consultar, sin esperar miles de instrucciones y escapar la
burocracia uniformada en que está estructurada la sociedad cubana. Ah, y sin
olvidar que el secretario del partido en la región es quien absolutamente
ejerce el poder ejecutivo, decisión suprema al dedo partidista. Cualquier
milimétrico cambio en las decisiones partidistas es el perfecto vehículo para
desmontar el poder ejecutivo, el gobierno municipal o provincial. Así de
sencillo.
En esa geografía política es en la que los
problemas esenciales del ciudadano cubano han navegado por 54 años. Hoy no se
sabe a ciencia cierta cuántos albergues resguardan personas que han perdido sus
viviendas por cualquier motivo. Mientras, los derrumbes y las víctimas aumentan
cotidianamente. Nadie quiere ir a esos lugares, prefieren quedarse en el techo
que casi se les viene encima porque al menos es su propio techo. Son a esos
mismos ciudadanos los que hoy Raúl Castro apela y les pide resistir.
¿Confiarán una vez más en sus palabras? ¿Quién
lo puede saber con exactitud?
Hoy en
Cuba existen dos realidades: la oficial dibujada en los medios del gobierno, y
la que transcurre callada y sufridamente en sus calles. Ninguna de las dos se
asemeja en nada y las dos cohabitan en esferas diferentes de la vida.
Ni vivienda ni comida ni muchos otros
problemas más han resuelto los 54 años en el poder de los que tomaron la silla
presidencial en 1959. ¿No es ya tiempo suficiente para que se marchen? ¿Cuánta más
confianza hay que otorgarles? ¿Qué confianza puede haber en las mismas
soluciones repetidas por cinco décadas? ¿No es tiempo de encontrar otras
soluciones?
Y mientras el general habla de suspender
maniobras militares. ¿Qué importancia tienen estas maniobras? ¿Quién hoy va a
atacar a Cuba? ¿Por qué gastar en un ejército que no va a enfrentar nada cuando
se necesita ese esfuerzo para enfrentar otros problemas?
La resistencia, además, es de las palabras a
la que más acude la oficialidad gobernante en cuba, y las soluciones
temporales. En la memoria del cubano aun está viva aquella apelación “temporal”
a disminuir una libra de la cuota de azúcar al núcleo familiar cubano para
ayudar al pueblo chileno durante el devastador terremoto de 1970. Fidel Castro
la anunció como una medida temporal entonces, una más, aún hoy 42 años después sigue
existiendo. ¿Hasta cuándo?
Otra de las palabras socorridas es el embargo
renombrado como “bloqueo”. Pero ni ese mismo embargo-bloqueo-cuanta-definición-se-quiera
puede justificar que Cuba se caiga en pedazos cuando florecen los hoteles en La
Habana, en Varadero y otros centros turísticos. Los campos siguen sin cultivar, las frutas no existen y el aumento
de los precios en todos lados es la única noticia que se conoce a los mismos
productos. Los campesinos abandonaron la tierra gracias a la “confianza” que una
vez “le otorgaron” a ese gobierno para el control exclusivo del producto de la
tierra, y aún hoy sigue ese mismo gobierno frenando los mecanismos privados en
todos los sectores. Con reformas o sin reformas la vida cubana transcurre como
mismo ha transcurrido siempre. Controlar las fuerzas productivas excesivamente
no ha dado resultados en ninguna parte, tampoco en Cuba.
Mientras el estado castrista controle la
actividad privada y el comercio nada cambiará. Mientras el ciudadano sea un
simple peón en manos del gobierno ninguna “reforma” hará que una verdadera
confianza surja. Y es precisamente porque el cubano continúa cuestionando la
seriedad de un gobierno que ha cambiado su veleta a cada año, a cada golpe del
destino. ¿No es eso suficiente muestra de la pérdida de confianza?
Hoy la confianza a la que apela Raúl Castro es
aquella enraizada en los mecanismos de represión a los que somete la opinión de
su ciudadanía, el control férreo de la prensa y la vigilancia estricta a la actividad
cívica de su población.
Liberados esos mecanismos de poder, de
represión y de vigilancia el estado castrista desaparecerá inevitablemente y la
democracia establecerá sus propias raíces, a corto o largo plazo, con heridas
profundas o superficiales, con un aterrizaje liviano o doloroso. Todo depende
de que esa confianza que pide el General acabe de ser rechazada públicamente
por su pueblo.
A fin de cuentas, tienen que acabar de
comprender que los gobernantes no pueden pedir eternamente confianza a sus
ciudadanos porque esta siempre tiene un límite.








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