Sunday, November 4, 2012

Los límites de la confianza


El General Raúl Castro ha pedido confianza al pueblo de Cuba… una vez más. Estas palabras no han sido la primera vez que han sido expresadas. A lo largo de 54 años su hermano también las expresó repetidamente desde el primer día en que entró a La Habana en 1959. Para decirlo lo más corto y rápido posible: la confianza siempre tiene un límite y una vida corta. Y esta depende de que sea reafirmada por la realidad, por hechos concretos en la esfera material, espiritual y política de cualquier país. Esa es la regla primordial de la democracia y se expresa en las urnas, en la elección libre de una opción, en el cuestionamiento diario a los órganos de poder: en el Parlamento, en la prensa libre, en la opinión ciudadana y en el límite a la vida pública de los que ejercen un mandato.
Los que hoy continúan en el poder lo han hecho sin ninguna de estas premisas. Nadie los cuestiona en ningún encuentro parlamentario. Ninguna prensa pregunta y exige respuestas a los dirigentes estatales. Las elecciones se hacen sin ninguna opción. No existen partidos ni proyectos políticos alternativos. El ciudadano no tiene acceso a ninguna forma de información alternativa, y mucho menos a la participación activa en la toma de decisiones sobre su propia vida. Los que dirigen no tienen límite a la confianza expresada en ellos. Más allá de sí mismos no hay nadie con autoridad para expresar y reafirmar esos límites a esa confianza. Pero lo más importante, la apelación a la confianza no puede ser de ningún modo eterna, ni mucho menos indefinida el límite de su apelación.
Los problemas más graves que enfrentan los ciudadanos cubanos hoy son, esencialmente, dos: la comida y la vivienda. La capital es la mejor muestra del desastre que significa la Cuba de hoy, y no hablemos de los pequeños pueblos del interior del país. La misma prensa oficial y los organismos estatales han tenido que reconocer que La Habana se cae en pedazos. ¿Quién tiene una respuesta a eso? ¿A quién se le exige soluciones? ¿Cuánto más hay que esperar para que se resuelvan los problemas de la vivienda y la alimentación, que no son los únicos?
Los problemas materiales de Cuba son el reflejo de la falta de libertades civiles esenciales. Sin mecanismos para cuestionar ese poder el ciudadano está indefenso frente al poder que pide y exige confianza. Exigir es solo una función que debe estar en manos de la ciudadanía. Los gobiernos ejecutan las aspiraciones del pueblo, no al revés. Los cubanos hoy no pueden decidir, no pueden cuestionar, no pueden ejercer su función controladora. Los límites entonces a la confianza “depositada” en los que dirigen no existen.
Los funcionarios intermedios en la maquinaria estatal, mientras tanto, siempre han sido la tuerca que los de arriba han decidido desmontar cada vez que un desastre ha llegado demasiado lejos, el resto de la nomenclatura es intocable. Esos mismos funcionarios, sin embargo, sí tienen un  límite  muy estrecho a sus decisiones y actos y no pueden actuar sin consultar, sin esperar miles de instrucciones y escapar la burocracia uniformada en que está estructurada la sociedad cubana. Ah, y sin olvidar que el secretario del partido en la región es quien absolutamente ejerce el poder ejecutivo, decisión suprema al dedo partidista. Cualquier milimétrico cambio en las decisiones partidistas es el perfecto vehículo para desmontar el poder ejecutivo, el gobierno municipal o provincial. Así de sencillo.
En esa geografía política es en la que los problemas esenciales del ciudadano cubano han navegado por 54 años. Hoy no se sabe a ciencia cierta cuántos albergues resguardan personas que han perdido sus viviendas por cualquier motivo. Mientras, los derrumbes y las víctimas aumentan cotidianamente. Nadie quiere ir a esos lugares, prefieren quedarse en el techo que casi se les viene encima porque al menos es su propio techo. Son a esos mismos ciudadanos los que hoy Raúl Castro apela y les pide resistir.
¿Confiarán una vez más en sus palabras? ¿Quién lo puede saber con exactitud?
 Hoy en Cuba existen dos realidades: la oficial dibujada en los medios del gobierno, y la que transcurre callada y sufridamente en sus calles. Ninguna de las dos se asemeja en nada y las dos cohabitan en esferas diferentes de la vida.
Ni vivienda ni comida ni muchos otros problemas más han resuelto los 54 años en el poder de los que tomaron la silla presidencial en 1959. ¿No es ya tiempo suficiente para que se marchen? ¿Cuánta más confianza hay que otorgarles? ¿Qué confianza puede haber en las mismas soluciones repetidas por cinco décadas? ¿No es tiempo de encontrar otras soluciones?
Y mientras el general habla de suspender maniobras militares. ¿Qué importancia tienen estas maniobras? ¿Quién hoy va a atacar a Cuba? ¿Por qué gastar en un ejército que no va a enfrentar nada cuando se necesita ese esfuerzo para enfrentar otros problemas?
La resistencia, además, es de las palabras a la que más acude la oficialidad gobernante en cuba, y las soluciones temporales. En la memoria del cubano aun está viva aquella apelación “temporal” a disminuir una libra de la cuota de azúcar al núcleo familiar cubano para ayudar al pueblo chileno durante el devastador terremoto de 1970. Fidel Castro la anunció como una medida temporal entonces, una más, aún hoy 42 años después sigue existiendo. ¿Hasta cuándo?
Otra de las palabras socorridas es el embargo renombrado como “bloqueo”. Pero ni ese mismo embargo-bloqueo-cuanta-definición-se-quiera puede justificar que Cuba se caiga en pedazos cuando florecen los hoteles en La Habana, en Varadero y otros centros turísticos. Los campos siguen sin  cultivar, las frutas no existen y el aumento de los precios en todos lados es la única noticia que se conoce a los mismos productos. Los campesinos abandonaron la tierra gracias a la “confianza” que una vez “le otorgaron” a ese gobierno para el control exclusivo del producto de la tierra, y aún hoy sigue ese mismo gobierno frenando los mecanismos privados en todos los sectores. Con reformas o sin reformas la vida cubana transcurre como mismo ha transcurrido siempre. Controlar las fuerzas productivas excesivamente no ha dado resultados en ninguna parte, tampoco en Cuba.
Mientras el estado castrista controle la actividad privada y el comercio nada cambiará. Mientras el ciudadano sea un simple peón en manos del gobierno ninguna “reforma” hará que una verdadera confianza surja. Y es precisamente porque el cubano continúa cuestionando la seriedad de un gobierno que ha cambiado su veleta a cada año, a cada golpe del destino. ¿No es eso suficiente muestra de la pérdida de confianza?
Hoy la confianza a la que apela Raúl Castro es aquella enraizada en los mecanismos de represión a los que somete la opinión de su ciudadanía, el control férreo de la prensa y la vigilancia estricta a la actividad cívica de su población.
Liberados esos mecanismos de poder, de represión y de vigilancia el estado castrista desaparecerá inevitablemente y la democracia establecerá sus propias raíces, a corto o largo plazo, con heridas profundas o superficiales, con un aterrizaje liviano o doloroso. Todo depende de que esa confianza que pide el General acabe de ser rechazada públicamente por su pueblo.
A fin de cuentas, tienen que acabar de comprender que los gobernantes no pueden pedir eternamente confianza a sus ciudadanos porque esta siempre tiene un límite.

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