A principios de la década del 60 los cubanos que no simpatizaban ni querían al régimen de Castro centraban sus esperanzas en que Estados Unidos “no permitirían” la existencia del régimen castrista. Era una vox pópuli en Cuba entre los círculos opositores. 54 años han pasado, y aún parece que aquellos sentimientos de dependencia siguen centrando las esperanzas de los que no comparten ese destino, esta vez multiplicados.
Los miembros de la brigada 2506 que penetraron
por el punto sur de Cuba conocido por Bahía de Cochinos meses más tarde
acusaron a Kennedy de haberlos dejado “desamparados” en aquel rincón inhóspito,
y el exilio “histórico” catalogó la administración de entonces – Administración
Kennedy - de haberles virado la espalda en el momento clave, y haberlos
traicionado.
Llegaron luego los reclamos de una invasión directa
alrededor de los sucesos de la Crisis de los Cohetes, la aprobación de la ley
del embarco económico, y décadas más tarde otros intentos legislativos para
cerrar el cerco a la dictadura cubana: Ley Torricelli, Helms-Burton. Capítulos
de un esfuerzo legislativo norteamericano para destronar una dictadura que
constaba con muy poca oposición interna. Esos son los hechos desnudos.
Los cubanos por décadas han descansado en el “sueño
americano” de una actuación directa o decisiva – de alguna forma – para resolver
los problemas que nos atañen a los cubanos. Y el gobierno de Castro temió esa intervención,
utilizó los términos y los intentos legislativos para ahogar la dictadura, y
los explotó con astucia en los organismos internacionales. Hoy los sigue esgrimiendo.
El embargo es la primera respuesta a toda crítica
desapasionada y objetiva a la falta de libertades políticas, civiles, sociales
y económicas en Cuba. Y a la vez, de manera caprichosamente contradictoria, los
oficiales del gobierno de Cuba y sus acólitos internacionales se apresuran a
catalogarlo como un fracaso, un arrastre de la época de la guerra fría que hay
que eliminar, olvidándose que en el mismo momento Estados Unidos instauró el
embargo, los socios europeos y Canadá se apresuraron a hacer las maletas para
invadir el mercado huérfano de competidores norteamericanos.
Los principales enemigos de esa medida
legislativa norteamericana hacia Cuba no son las políticas, ni los “logros” de
la “revolución” de Castro, sino los socios comerciales de las administraciones
norteamericanas. Los empresarios, gobiernos y políticos que negocian con la
mano de obra barata del cubano. Esa es la realidad.
Hoy, frente a una próxima elección en los
Estados Unidos, muchos cubanos exiliados – quisiera pensar que no son muchos – siguen
apostando a la “mano de Washington” para resolver nuestros problemas. Los unos –
esos que claman el levantamiento del bloqueo como llave mágica de la democracia
en Cuba – apelan a que Obama sea re-elegido. Los otros ferozmente acuden a Romney.
Y es en este juego de malabares y frente a la inminencia
de las elecciones norteamericanas que el régimen destraba “milagrosamente” – no
hay nada de milagros aquí – el tema de las visitas de los cubanos a sus
familiares en el exterior. En mi opinión, es una apuesta a Obama la jugada de
La Habana. Y es también la necesidad de ofrecer “signos de reformas” políticas cuando
las económicas no alcanzan mas allá de una pulgada. Es así de simple.
Y es así que los cubano-americanos – yo continuo
con la esperanza de que no son todos ni tampoco la mayoría – siguen apostando
porque las administraciones americanas hagan lo que nosotros no hemos sido
capaces de hacer en 54 años: derrocar a la dictadura.
Sin embargo, ni los embargos han logrado
cambiar los actores y las fichas castristas en el poder de Cuba, ni tampoco el
juego diplomático y de “diálogo” de los socios europeos y canadienses de los
hermanos Castros. Ninguno puede reclamar victorias en este terreno: esa es la
verdad.
Ni Romney ni Obama tienen en sus manos el
destino de Cuba si los cubanos de la isla no toman en sus manos el deseo de
luchar por su libertad definitiva. Ya sé que es fácil, y muy cómodo decirlo
desde aquí, cuando ya el que escribe estas líneas está ausente. La juventud
cubana, generaciones y generaciones de cubanos hemos decidido escapar, irnos de
Cuba en vez de enfrentar la disyuntiva de reclamar nuestros esenciales derechos.
Esa es la realidad, y a esa realidad responde la jugada del régimen con el “levantamiento”
del permiso de salida, y el resto es cuento.
Sin embargo, hay un último detalle que escapa
al entendimiento del verdadero alcance de lo que se decidirá en 6 de Noviembre
en los Estados Unidos entre Obama y Romney, y esto tiene que ver esencialmente conque
la persona que finalmente ocupará el asiento en la oficina oval de la Casa
Blanca será el futuro Presidente de los Estados Unidos, no el de Cuba. Su deber
principal es con el pueblo norteamericano, no con el pueblo ni con los
exiliados de Cuba. Y lo que debiera importar a los americanos, incluidos los
ciudadanos cubanos con ciudadanía norteamericana, es el programa de gobierno de
estas dos personas frente a América, y no frente a lo que puedan hacer – que es
casi nada – en Cuba.
¿Apostarán por un enérgico mentiroso como
Romney frente a un débil pero honorable Obama para sus próximos 4 años?
¿Escogerán al Romney que pulsa todas las
teclas de trucos para no pagar taxes frente al más “transparente” Obama que sí
los paga?
¿Decidirán por el que sólo quiere gobernar
para el 47% de la población norteamericana y ser el presidente de los ricos?
¿O se decidirán por el que quiere imponer
mayor gravamen a la riqueza?
Ver, leer y observar como estas dos personas
se comportan frente al electorado es una lección que deben recordar los
cubanos-americanos, y los americanos en general. Todos nosotros. Y aquí nadie
es inocente: ni Obama lo es, pero mucho menos lo es Romney.
Yo mismo, en múltiples ocasiones, he criticado
a la administración Obama por débil, indecisa, por apostar a medidas demasiado
conciliadoras y poco enérgicas. Por aplazar decisiones y no acotar términos. Todo
eso es cierto. Pero yo no puedo apostar a la mentira como arma para alcanzar el
poder, o incluso para ganar las mejores causas. No hay ninguna virtud en la
mentira, los cubanos lo conocemos muy bien en carne propia por 54 años.
Y es así que me tropiezo, una vez más, con las
palabras de Zoe Valdés a raíz de la revisión cubana de los permisos de salida
de Cuba. Dejando aparte los muy conocidos ataques a Yoani Sanchez, y algunos
otros en la isla – y fuera también – la escritora cubana tiene mucho de razón cuando
reclama el levantamiento de la Ley de Ajuste cubano, y cuando habla de que al
parecer “la libertad no es primordial
para estos cubanos” - usted puede leer el post Zoe aquí.
No puedo coincidir con los ataques y los
insultos de la escritora, pero el centro de su post tiene un axioma
esencialmente justo. Los cubanos hemos abandonado la idea de que lo más
importante, y esencial, es la libertad humana. Hemos decidido escapar, huir de
la lucha imprescindible por adquirirla. Y es así que la sociedad cubana de hoy
apuesta a irse del país y entonces la revisión castrista en el acápite de los
viajes es mayoritariamente aplaudida, aún por muchos cubanos en el exilio.
Los que estamos del lado de acá, de manera
subjetiva unas veces y muchas veces de manera automática, descansamos la solución
a nuestros problemas en las manos del inquilino de la Casa Blanca, olvidándonos
que pasa por nosotros mismos la solución a nuestros problemas. Es así de
sencillo.
Por lo que deberíamos preocuparnos más por,
esencialmente, decidir quién será el inquilino elegido el 6 de Noviembre no de frente
a los problemas de Cuba, sino de frente a los problemas que afrenta los Estados
Unidos. Y aunque en el pasado expresé esperanza porque los republicanos
pudieran cambiar la postura débil que la administración de Obama ha adoptado frente
a la Cuba de Castro hoy, a la altura de lo que he visto de Romney, y de lo que
se puede esperar de un hombre esencialmente mentiroso y p[peligrosamente enérgico
en su mentira, apuesto porque Obama continúe en el poder por otros 4 años… con
la esperanza de que algún futuro candidato pueda ofrecer una postura más
valiente y enérgica, pero honorable.
Pero no nos equivoquemos. Ni Obama ni Romney decidirán
por Cuba y por los cubanos, no nos traerán la Democracia. Esa es una tarea que
nos toca enfrentar personalmente a nosotros, los cubanos.
Nadie más tiene un futuro en ella.









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