Saturday, October 20, 2012

Ni Obama ni Romney


A principios de la década del 60 los cubanos que no simpatizaban ni querían al régimen de Castro centraban sus esperanzas en que Estados Unidos “no permitirían” la existencia del régimen castrista. Era una vox pópuli en Cuba entre los círculos opositores. 54 años han pasado, y aún parece que aquellos sentimientos de dependencia siguen centrando las esperanzas de los que no comparten ese destino, esta vez multiplicados.
Los miembros de la brigada 2506 que penetraron por el punto sur de Cuba conocido por Bahía de Cochinos meses más tarde acusaron a Kennedy de haberlos dejado “desamparados” en aquel rincón inhóspito, y el exilio “histórico” catalogó la administración de entonces – Administración Kennedy - de haberles virado la espalda en el momento clave, y haberlos traicionado.
Llegaron luego los reclamos de una invasión directa alrededor de los sucesos de la Crisis de los Cohetes, la aprobación de la ley del embarco económico, y décadas más tarde otros intentos legislativos para cerrar el cerco a la dictadura cubana: Ley Torricelli, Helms-Burton. Capítulos de un esfuerzo legislativo norteamericano para destronar una dictadura que constaba con muy poca oposición interna. Esos son los hechos desnudos.
Los cubanos por décadas han descansado en el “sueño americano” de una actuación directa o decisiva – de alguna forma – para resolver los problemas que nos atañen a los cubanos. Y el gobierno de Castro temió esa intervención, utilizó los términos y los intentos legislativos para ahogar la dictadura, y los explotó con astucia en los organismos internacionales. Hoy los sigue esgrimiendo.
El embargo es la primera respuesta a toda crítica desapasionada y objetiva a la falta de libertades políticas, civiles, sociales y económicas en Cuba. Y a la vez, de manera caprichosamente contradictoria, los oficiales del gobierno de Cuba y sus acólitos internacionales se apresuran a catalogarlo como un fracaso, un arrastre de la época de la guerra fría que hay que eliminar, olvidándose que en el mismo momento Estados Unidos instauró el embargo, los socios europeos y Canadá se apresuraron a hacer las maletas para invadir el mercado huérfano de competidores norteamericanos.
Los principales enemigos de esa medida legislativa norteamericana hacia Cuba no son las políticas, ni los “logros” de la “revolución” de Castro, sino los socios comerciales de las administraciones norteamericanas. Los empresarios, gobiernos y políticos que negocian con la mano de obra barata del cubano. Esa es la realidad.
Hoy, frente a una próxima elección en los Estados Unidos, muchos cubanos exiliados – quisiera pensar que no son muchos – siguen apostando a la “mano de Washington” para resolver nuestros problemas. Los unos – esos que claman el levantamiento del bloqueo como llave mágica de la democracia en Cuba – apelan a que Obama sea re-elegido. Los otros ferozmente acuden a Romney.
Y es en este juego de malabares y frente a la inminencia de las elecciones norteamericanas que el régimen destraba “milagrosamente” – no hay nada de milagros aquí – el tema de las visitas de los cubanos a sus familiares en el exterior. En mi opinión, es una apuesta a Obama la jugada de La Habana. Y es también la necesidad de ofrecer “signos de reformas” políticas cuando las económicas no alcanzan mas allá de una pulgada. Es así de simple.
Y es así que los cubano-americanos – yo continuo con la esperanza de que no son todos ni tampoco la mayoría – siguen apostando porque las administraciones americanas hagan lo que nosotros no hemos sido capaces de hacer en 54 años: derrocar a la dictadura.
Sin embargo, ni los embargos han logrado cambiar los actores y las fichas castristas en el poder de Cuba, ni tampoco el juego diplomático y de “diálogo” de los socios europeos y canadienses de los hermanos Castros. Ninguno puede reclamar victorias en este terreno: esa es la verdad.
Ni Romney ni Obama tienen en sus manos el destino de Cuba si los cubanos de la isla no toman en sus manos el deseo de luchar por su libertad definitiva. Ya sé que es fácil, y muy cómodo decirlo desde aquí, cuando ya el que escribe estas líneas está ausente. La juventud cubana, generaciones y generaciones de cubanos hemos decidido escapar, irnos de Cuba en vez de enfrentar la disyuntiva de reclamar nuestros esenciales derechos. Esa es la realidad, y a esa realidad responde la jugada del régimen con el “levantamiento” del permiso de salida, y el resto es cuento.
Sin embargo, hay un último detalle que escapa al entendimiento del verdadero alcance de lo que se decidirá en 6 de Noviembre en los Estados Unidos entre Obama y Romney, y esto tiene que ver esencialmente conque la persona que finalmente ocupará el asiento en la oficina oval de la Casa Blanca será el futuro Presidente de los Estados Unidos, no el de Cuba. Su deber principal es con el pueblo norteamericano, no con el pueblo ni con los exiliados de Cuba. Y lo que debiera importar a los americanos, incluidos los ciudadanos cubanos con ciudadanía norteamericana, es el programa de gobierno de estas dos personas frente a América, y no frente a lo que puedan hacer – que es casi nada – en Cuba.
¿Apostarán por un enérgico mentiroso como Romney frente a un débil pero honorable Obama para sus próximos 4 años?
¿Escogerán al Romney que pulsa todas las teclas de trucos para no pagar taxes frente al más “transparente” Obama que sí los paga?
¿Decidirán por el que sólo quiere gobernar para el 47% de la población norteamericana y ser el presidente de los ricos?
¿O se decidirán por el que quiere imponer mayor gravamen a la riqueza?
Ver, leer y observar como estas dos personas se comportan frente al electorado es una lección que deben recordar los cubanos-americanos, y los americanos en general. Todos nosotros. Y aquí nadie es inocente: ni Obama lo es, pero mucho menos lo es Romney.
Yo mismo, en múltiples ocasiones, he criticado a la administración Obama por débil, indecisa, por apostar a medidas demasiado conciliadoras y poco enérgicas. Por aplazar decisiones y no acotar términos. Todo eso es cierto. Pero yo no puedo apostar a la mentira como arma para alcanzar el poder, o incluso para ganar las mejores causas. No hay ninguna virtud en la mentira, los cubanos lo conocemos muy bien en carne propia por 54 años.
Y es así que me tropiezo, una vez más, con las palabras de Zoe Valdés a raíz de la revisión cubana de los permisos de salida de Cuba. Dejando aparte los muy conocidos ataques a Yoani Sanchez, y algunos otros en la isla – y fuera también – la escritora cubana tiene mucho de razón cuando reclama el levantamiento de la Ley de Ajuste cubano, y cuando habla de que al parecer “la libertad no es primordial para estos cubanos” - usted puede leer el post Zoe aquí.
No puedo coincidir con los ataques y los insultos de la escritora, pero el centro de su post tiene un axioma esencialmente justo. Los cubanos hemos abandonado la idea de que lo más importante, y esencial, es la libertad humana. Hemos decidido escapar, huir de la lucha imprescindible por adquirirla. Y es así que la sociedad cubana de hoy apuesta a irse del país y entonces la revisión castrista en el acápite de los viajes es mayoritariamente aplaudida, aún por muchos cubanos en el exilio.
Los que estamos del lado de acá, de manera subjetiva unas veces y muchas veces de manera automática, descansamos la solución a nuestros problemas en las manos del inquilino de la Casa Blanca, olvidándonos que pasa por nosotros mismos la solución a nuestros problemas. Es así de sencillo.
Por lo que deberíamos preocuparnos más por, esencialmente, decidir quién será el inquilino elegido el 6 de Noviembre no de frente a los problemas de Cuba, sino de frente a los problemas que afrenta los Estados Unidos. Y aunque en el pasado expresé esperanza porque los republicanos pudieran cambiar la postura débil que la administración de Obama ha adoptado frente a la Cuba de Castro hoy, a la altura de lo que he visto de Romney, y de lo que se puede esperar de un hombre esencialmente mentiroso y p[peligrosamente enérgico en su mentira, apuesto porque Obama continúe en el poder por otros 4 años… con la esperanza de que algún futuro candidato pueda ofrecer una postura más valiente y enérgica, pero honorable.
Pero no nos equivoquemos. Ni Obama ni Romney decidirán por Cuba y por los cubanos, no nos traerán la Democracia. Esa es una tarea que nos toca enfrentar personalmente a nosotros, los cubanos.
Nadie más tiene  un futuro en ella.

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