Desde que Raúl Castro llego a la primera posición en Cuba, un hecho que aun nadie se aventura a decir no esté controlado por la mano oculta del hermano discapacitado, comprobado el espíritu de divismo del viejo sátrapa, la prensa extranjera y algún que otro político occidental no dejan de aprovechar cualquier minúsculo asomo de cambio minúsculo para hablar de “reformas”.
Digámoslo de una vez: la Cuba de Raúl Castro
no es la de Fidel, el tiempo ha corrido ya demasiado, la gente no cree en lo
absoluto en “el modelo” y la apatía social y la doble moral es el sello
distintivo del régimen. Pero, al menos, como dicen muchos de los cubanos, las
largas descargas televisivas de la diva caribeña han desaparecido y el cubano
puede disfrutar de las insoportables telenovelas espaguetis latinoamericanas.
El hecho es, ¿qué puede cambiar un tipo que
estuvo secundando al viejo troll en el poder por 50 años?
¿Dónde están los cambios?
Personalmente yo veo curitas de mercuro cromo
puestas aquí y allá. Sentaditas en el poder de militarotes que hoy ya no pueden
levantar el zapato a la altura de la cintura por la Plaza Cívica y se acomodan
en oficinas estatales refrigeradas.
No condenan a largos años a disidentes e
infractores de la política oficial, pero le dan su cuota de días y semanas sin
instrucción judicial en las cárceles, o el componte de actos de repudio.
Permiten los timbiriches populares mientras las hombreras verde-olivo se
sientan en gerencias empresariales.
Hablan de eliminar alguna listica negra de
artistas de la radio, para después decir que no serán todos y más tarde negar
que hayan existido esas “listicas”. Como dice la voz popular: “se ponen rolos o
se enganchan papelitos”.
Me causa risa este contagio de “cambios” que
la prensa extranjera, especialmente la norteamericana, nos regala de rato en
rato. Nadie puede pensar que personas que han ocupado tanto tiempo el poder de
manera unipersonal y sin posible cuestionamiento a la mas mínima opinión
quieran abandonarlo hoy, ni cambiarlo.
Las estructuras políticas siguen siendo las
mismas, las decisiones la siguen tomando a dedo los mismos personajes y el país
sigue estructurado verticalmente sin opciones visibles de opinión. La prensa es
un muro, una trinchera de silencio: no cuestiona, ni informa ni investiga,
aplasta.
Los cubanos que vivimos fuera seguimos con el
muro de burocratismo, imposiciones para visitar nuestro propio país, e
imposiciones sacrílegas monetarias. Todo en aras de soportar financieramente un
ideal político que fue suicidado por sus propios creadores hace ya mucho
tiempo.
Yo he decidido no volver a visitar nunca más
mi país de origen. Ni sus playas hoy me atraen. Hasta la arena fina de Varadero
ha sido arrastrada por políticas locas por estos que hoy dicen “cambian y se
reforman”. Y no exagero. El que haya visitado esa playa 30 años atrás sabe muy
bien de qué hablo. Saqueada de su arena natural, Varadero sufrió los embates de
decisiones verticales de esa estructura de poder que tuvo urgentemente que dar
marcha atrás al saqueo y depositar en sus aguas transparentes una arena ajena.
Es casi la metáfora de lo que le ha ocurrido
al país. Fuimos la nación que exportaba el mejor azúcar del mundo, y la mayor
productora y exportadora, para convertirnos en la importadora de azúcar brasileña,
con mucha menos calidad que la cubana.
De la gestora de artistas, telenovelas de éxito,
la meca de la televisión, un país al que muchos artistas latinos aspiraban
alcanzar el éxito para saltar al ámbito mundial nos hemos convertido en
segundones, creadores de chupi-chupi, basura musical e intelectual. La
verdadera raza de intelectuales cubanos o no está en el país, o disiente de la política
estatal y recorre un mundo que no es el oficial cubano o sencillamente calla.
El silencio es la obra del que no tiene palabra para expresar su pensamiento:
por miedo, hipocresía social o sencillamente apatía.
Los que aun continúan abanicándose en las altas
oficinas refrigeradas del régimen, y que deciden a punta de dedo, no han
cambiado lo esencial: la represión a la opinión ciudadana, las estructuras políticas
y sociales estalinistas, el poder vertical y omnímodo, la centralización del
poder en unos contados dedos, y la centralidad de las decisiones económicas y políticas.
El parlamento cubano sigue siendo un teatro de
marionetas. Por ahí están las anécdotas de una delegada del poder socialista a
la que quieren aplastar por, precisamente, querer representar los deseos de sus
electores. Y todavía sigue pensando, después de tantas amenazas y negativas,
que se puede seguir siendo “revolucionario” en un país que abandono la revolución
el mismo día en que se destruyeron las estructuras democráticas nacionales.
Ese es el surrealismo socialista que aun
algunos cosechan en el país producto de décadas de lavado continuo del cerebro. Pero ese mismo
caso demuestra como el ciudadano común no tiene la más remota oportunidad de
decidir el destino del país, de acceder al poder para cambiar en su favor las
decisiones políticas y sociales y demuestra que el llamado poder político no está
determinado por las estructuras temporales creadas por las elecciones
surrealistas cubanas.
La Asamblea Nacional no determina nada, los órganos
locales del poder popular no tienen poder de decisión alguna, el delegado local
es un ser diminuto al que le dieron una silla en algun teatro una vez al año,
solo para que levantara una mano a la hora de refrendar una ley que no ha
creado, ni generado ni cuestionado. Es sencillamente la marioneta en ese
teatro.
Por eso, cuando de análisis se trata, yo trato
de hojear las incontables paginas en periódicos, websites y cadenas noticiosas con
la sonrisa del que sabe, íntimamente porque vivió 41 anos allí, observando los
mismos que disfrutaban buenas casas, autos privilegiados pagados por lo que no
se le paga al cubano, viajes a ese Varadero con arenas ajenas, viajes y
privilegios negados al resto de la población cubana, de que no habrá ningún
verdadero cambio mientras los rostros del pasado estén encuadrados en la
estructura antigua del estado cubano.
Es una arquitectura que permanece incambiable.
Sencillamente, esos curanderos de mercuro cromo saben que sin un país de
rodillas no pueden existir: el resto es puro cuento.









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