Sunday, June 17, 2012

La obsesiva relación de los cubanos con Fidel Castro



El primer recuerdo que tengo de haber oído este nombre - debería haber dicho visto para hablar con más propiedad y exactitud en español - es haberlo “descubierto” en un pequeño cartel que ahora casi ya nadie tiene colgado de la puerta de su casa que decía: “Esta es tu casa, Fidel”.
De niño me parecía extraño que alguien escribiera ese pequeño cartelito y lo colgara en la puerta de su casa, porque evidentemente esa no podía ser la casa del Primer Ministro de Cuba, del Presidente, o como él mismo diseñara su denominación en la nomenclatura de poder en Cuba. No importa cómo fuese su denominación si al final era lo mismo: un dictador.
Mi lógica de niño siempre me decía que mi casa era la de mis padres, donde yo vivía y trataba de sobrevivir, y ningún político tenía cabida en ella. La política era un animal de la calle cuya existencia no traspasaba las puertas de mi casa, al menos de la mía. Mis padres no admitían más allá de la estampa del corazón de Jesús colgado frente a la puerta de entrada de mi casa, como para recordar que aquella era la casa de Dios y no la de ningún político de ocasión.
Pero los cubanos, desgraciadamente, han hecho de este nombre una obsesión. Lo han colgado, como ya he dicho, de las puertas de sus casas, lo han celebrado casi con espiritualidad religiosa en masivas concentraciones en una plaza que no fue construida por él y cuya finalidad fue honrar al Apóstol. Y desgraciadamente la renombraron “plaza de la revolución” cuando nació con el nombre de “plaza cívica”, quizás para borrar ese apellido diabólico de civilidad que apuntaba a la libertad personal que había sido tronchada con la erección de este nombre en el altar público del país. No más derechos civiles, no más plazas cívicas, más poder a la “revolución”, es decir, a ese nombre.
Con el tiempo, me he sorprendido aún de encontrar a cubanos aquí, fuera de Cuba, refiriéndose a este personaje por su nombre y no por su apellido. Incluso hasta a los más recalcitrantes enemigos de esta celebridad noticiosa a veces se le escapan la fatal denominación. No recuerdo otro ejemplo en la historia cubana.
Cuando nuestros grandes héroes de la independencia acuden a nuestra memoria se nos aparecen con sus apellidos: Maceo, Agramonte, Martí. Cuando los presidentes de la era republicana nos visitan en escritos y palabras se nos aparecen en sus apellidos: Menocal, Machado, Prío Socarras, Batista.
¿Por qué esta obsesividad con un nombre que no ha agregado nada a la riqueza espiritual y material de Cuba y ha destruido el país en pedazos?
Días atrás me encontré con unos cubanos, no interesa donde ni cuáles son sus nombres, pero viven aquí en Canadá, dos años llevan lejos de Cuba y me sorprende encontrarlos desgranando en pedazos la obra de este individuo y aún llamándolo por su nombre. Y cuando les hice notar el detalle me contestaron que se les hace difícil cambiarle la denominación: desde pequeños en la escuela le repitieron las cinco letras, con la obsesividad religiosa que el padre cura quizás me repetía el catequismo cuando era niño, día tras día. Cada uno de los aconteceres patrióticos están estampados en su nombre y se les hace imposible, prácticamente, cambiar aún cuando ya la fidelidad a este personaje dejó de ejercer su influencia en ellos.
Lo mismo sucede con la prensa internacional. En pura muestra de obsesión noticiosa, la prensa occidental reporta cada palabra, cada gesto fútil de un político que quiso reinar y establecer pautas hasta en nuestras cocinas, levantando en público ollas chinas, hablando de cómo cocinar mejor y de qué pescado comer. Viendo la famosa foto de cinco-letras con la olla en alto me duele reconocer que ese es el tipo que ha “gobernado” por 54 años mi país, y la memoria me juega la triste trastada de traerme a la memoria la figura de Nerón con la famosa lira en el Capitolio de Roma mientras la ciudad era devastada por el fuego.
Mi abuela paterna  comentó una vez con ese sentido despectivo y burlón que nuestras abuelas siempre tienen de ciertos personajes, y con la inteligencia y astucia que siempre les acompaña: “este tipo es casuelero”.
Casuelero es la denominación que nuestras madres y abuelas han usado siempre para despreciar al hombre que se “mete demasiado” en las labores del hogar y muestran una tendencia demasiado femenina. Para ellas,  la casa ha sido siempre cosa de mujeres. Pero en el caso de mi abuela era su forma de decir que el personaje de ocasión estaba siendo demasiado intrusivo en la vida personal de nuestra familia. Ha sido esta la forma obsesiva que utilizó a lo largo de los años este individuo para colarse por nuestras puertas, colocar guardianes en nuestras cuadras, elevar a política estatal y pública la soplonería y otorgarle al estatus de chivato un valor de uso y un prestigio social que nunca tuvo.
Hoy por hoy el nombre nos persigue por dondequiera. La machaconería del sistema educacional, de la prensa, de los medios y cada uno de los oficiales de Cuba ha creado el sello “fidel” – lo pongo en minúscula, porque es como merece ser referido-. No hay nada hecho, y deshecho, que esas cinco letras no tengan su referencia en cualquier parte. Y aún desde lejos los cubanos lo siguen estampando, como si ya algo quedara de su divinidad o no supieran deshacerse de ese nombre.
De suerte que todo parece haberse detenido el día que esta persona entró en La Habana. La historia de Cuba parece congelada en los cuadernos de estudio. No hay visión crítica del suceso histórico y del sujeto de la historia, como lo pedía Emilio Roig de Leuchsenring. Se nos ha escamoteado los detalles, los hechos que oscurecen un nombre, un acontecer divisor. La relación de la verdad con la historia se ha levantado sobre los cimientos de la fidelidad ciega a un nombre, y ya se sabe que la fe no acompaña nunca a la razón, viven en mundos separados y apelan a categorías distintas de nuestro razonamiento.
Aún hoy puede que usted encuentre ese pequeño cartelito de “la casa de Fidel” en alguna sala, o puerta, ya desvencijada por la falta de pintura o la vejez y descubrirá que es un viejo rostro el que lo mantiene y lo resguarda de descolgarlo. Sin embargo, aún esa obsesión obscurantista prevalece en la boca de los cubanos que siguen repitiéndola automáticamente a miles de kilómetros de la isla obsesionada.
En mi personal opinión, el futuro de Cuba está íntimamente ligado a la “diminutización” de ese nombre. Borrarlo definitivamente de nuestros libros de historia en la forma en que ahora está y colocarlo en el lugar que se merece. Ya el solo hecho de sustituirle el nombre y colocar su apellido contribuiría a oxigenar esos libros, las referencias en la prensa y la colocación adecuada de su estatura diminuta en la historia de nuestro país.
A la Cuba futura le tiene que aguardar el mismo proceso histórico que enfrentó la Alemania de Hitler: una adecuada valoración crítica de todo el desastre social que ha representado estos 54 años.
Hay que enfrentar estos años de sublimación obsesiva de un nombre con el espíritu crítico que nuestro Apóstol siempre pidió a los cubanos al enfrentar la realidad. Situar al hombre en su entorno, su historia, lo que hizo y dejo de hacer, lo que destruyo y deshizo. Conllevará también un proceso de cambio en la racionalidad cubana dentro y fuera de Cuba. Tendremos que volver a situar nombres que han intentado borrar de libros, manuales y referencias y algunos tendrán que ser relegados, sustituidos o sencillamente estampados con su apellido, que es la forma saludable de relacionarse con politicos, figuras históricas y personajes de influencia en la vida pública de un país.
Los nombres se usan para la relación sentimental con nuestros seres queridos, con nuestra familia, nuestros padres e hijos y nuestros mejores amigos. Ni aún la proyección soberbia de nuestro Apóstol en su estatura universalmente cubana ha hecho que le llamemos José, sino que siempre lo recordemos como Martí.
¿Cómo entonces llamarle a un pequeñajo "fidel”?
Es hora de voltear su nombre y sustituirlo por su apellido: Castro.

1 comments:

Anonymous said...

Buen articulo Juan, yo una vez pensaba en lo que el dijo referente a Giron y se me ocurria la siguiente parodia, cuando el se muera, los cubanos vamos a ser un poco mas libres, que desgracia nos toco a los cubanos el tener como compatriota a este individuo, es el mal que no termina, yo conosco tanta gente que han fallecido y solo anhelaban verlo irse a el, y todavia esa aqui solo para joder y escribir estupideses que un grupo de idiotas se la celebran, Jaiboguaso - toronto - canada