Thursday, March 8, 2012

El Cardenal de la Discordia

Desde que era un niño asistía a la Iglesia Católica más cercana a mi casa, en La Habana. Cada domingo mis padres y yo asistíamos con regularidad al servicio religioso donde solo encontrábamos a unos pocos feligreses, muchos de ellos personas mayores, de edad, la mayoría mujeres. Que mi memoria recuerde, el único niño en aquel recinto inmenso era yo, y las personas presentes durante el servicio religioso se podían contar con mis pequeños dedos.
El tiempo pasó, aires diferentes soplaron y la gente volvió a la Iglesia. Demasiada gente, pienso yo, muchos que realmente no miraban al santo piadoso católico sino a la deidad africana. En Cuba los verdaderos católicos solo alcanzan una cifra pequeña, un 10% alguien ha sugerido. De esa manera, los que regresaron muchos encienden una vela y saludan secretamente a Yemaya, Shango y Oshun, aunque el santo que tengan enfrente sea la Virgen de Regla, Santa Bárbara o la Virgen de la Caridad del Cobre.
Pero de sincretismos y religiosidad cubana no he venido a escribir este post. Otros motivos asoman, más urgentes.
He deseado comenzar por aquí, sin embargo, aclarando desde el inicio que fui de esos pocos que asistió – aun cuando el dedo incriminador nos señalaba como elementos desajustados a los “nuevos patrones” – para dejar bien claro que mi opinión de hoy está en coherencia con mi vocación de siempre: yo soy católico.
Y como católico hoy me siento abochornado de la “misión” que la iglesia de Cuba ha emprendido en los últimos años en Cuba. Porque desde que tengo memoria recuerdo las incontables veces el obispo, el padre cura, nos recordaba a los feligreses que rezáramos por los presos, por los que carecían de libertad y sufrían cárcel, por los perseguidos por sus ideas y su fe (esto último nunca faltaba entonces), y en ocasiones, el padre se inflamaba un poco más de lo normal y “levantaba la voz” contra los que nos desgobernaban en Cuba.
En los primeros años de la década del 90, incluso, el Consejo de Iglesias lanzo un duro ataque a la falta de libertad y la ideologización foránea a nuestra idiosincrasia que por más de 40 años habíamos sufrido. Entonces, la voz de la Iglesia se hizo escuchar e hizo temblar las columnas ideológicas del castrismo. Fue atacada duramente, como era de esperarse. Y me imagino que el Cardenal Jaime Ortega, entonces arzobispo, recibió su más duro bautizo recriminatorio de parte de las autoridades cubanas. Aprendió la lección demasiado rápido, al parecer.
Hoy el Cardenal Jaime Ortega no pasa de ser uno de los peores accidentes que nos ha ocurrido a los cubanos que aun creemos en la Iglesia sin pensar en las deidades africanas. Y es humillante.
Con vergüenza y mucho de desprecio leo las declaraciones de uno de los altos representantes del clero cubano cuando viaja a Bruselas para interceder por el levantamiento de las sanciones contra el gobierno de Cuba. Un gobierno que ha pisoteado todos los derechos desde hace 53 años, que ha destruido la nación, ha lanzado a la diáspora a mas de dos millones de cubanos, utiliza el básico derecho que tiene toda persona de entrar y salir a su país como herramienta de chantaje y coacción, tarifa la reunificación familiar para obtener, como lo hace un bandolero en la taquilla de un banco que asalta, el dinero que gasta sin darle cuentas al pueblo.
Cuba es un país secuestrado, y esto lo saben las autoridades católicas cubanas. Y lo callan: sumisamente.
 El Cardenal Ortega se ha convertido en el “guardián del silencio”, en esta especie de capellán divino, embajador celestial que visita Bruselas para negociar migajas para el gobierno a cambio de un seminario en algún lugar, poder leer unas pocas palabras en la antesala de la Navidad por la televisión nacional, que le permitan pasear a la Virgen por todo el país, ¡quién sabe que más!
No son palabras que se soportan en ningún vacío, ni tampoco que se las inventan. Tampoco es el sentimiento ante la cercana visita del Papa Benedicto XVI al último baluarte perdido del comunismo en el mundo. No quiero blasfemar contra Joseph Alois Ratzinger, pero es un Papa que no me propicia simpatía alguna. Y dejémoslo claro: los católicos cubanos tienen derecho a que los visite el Papa.
Lo hizo Juan Pablo II en el 98, pero aquel era un Papa móvil, que viajaba el mundo y seamos justos: una mente inteligente y astuta. Benedicto XVI, sin embargo, casi no viaja. ¿Por qué entonces lo hace a Cuba?
Dos visitas papales bajo el manto rojo del Cardenal Ortega me parece demasiada coincidencia. Y son estas coincidencias las que molestan cuando descubrimos, por ejemplo, que fue bajo la presión de Ortega que la Revista Vitral tuvo que cambiar su perfil y su director, Dagoberto Valdés, fue forzado a renunciar. También fue jubilado el Obispo de Pinar del Rio José Siro González, principal patrocinador de la revista y, en cambio, apareció la figura más gris y plegable de Jorge Enrique Serpa Pérez.
Con el anuncio de la visita papal, sin embargo, estas manifestaciones de coqueteo y sumisión al gobierno se han recrudecido. Dos muy publicitadas muertes de prisioneros políticos en huelga de hambre han transcurrido y la Iglesia Católica, y especialmente su principal representante en Cuba, el Cardenal Ortega, casi no ha murmurado nada. No contemos las cotidianas agresiones a las Damas de Blanco que se han visto incluso acosadas a la salida de los templos, el último incidente ocurrido en El Cobre, donde el obispo tuvo que interceder para que no las agredieran físicamente.
Nada de esto ha movido a Jaime Ortega a ofrecer una misa en la Catedral para los simples cubanos que han muerto, sacrificadas sus vidas por la intolerancia e inflexibilidad de un gobierno que no les interesan los que se desvían un milímetro de su línea ideológica y política. A un gobierno al cual sí ha dedicado misas y celebraciones, que no se nos olvide.
Pero el Cardenal Ortega respondió inmediatamente con una misa para Chávez, ahora que enfrento un segundo tumor cancerígeno, y saludo sonriente al canciller bolivariano. No escatima sonrisas el Cardenal cuando se le acercan las autoridades cubanas, y no creo incluso que esa misa haya sido solicitada por ningún miembro del gobierno cubano, o el propio Chávez que mantiene una guerrita personal con la Iglesia Católica de Venezuela. Esa misa es a cuenta de Ortega, y es él quien  responde por ella.
¿Por qué entonces no lo ha hecho por los cubanos que murieron enfrentando a Castro?
Recientemente miembros del grupo opositor UNPACU denunciaron el desalojo que las autoridades cubanas llevaban a cabo en El Cobre, en preparación de la visita de Benedicto XVI. La Iglesia Católica de Cuba no movió los labios para la denuncia, pero fue la oportuna muestra gráfica de los disidentes cubanos lo que hizo detener la “operación limpieza” en El Cobre. ¡Quién sabe por cuánto tiempo!
De todas formas, ya hay dos familias desalojadas y con multas sobre sus espaldas. Familias pobres, que lo que tenían eran chozas en el camino que el Papa tiene que recorrer hacia El Cobre… y que la prensa mundial puede mostrar. He ahí la importancia de la “limpieza” de esos rostros pobres.
Pero el Cardenal no se ha dignado en hablar sobre el asunto. En cambio dispone que el Padre Conrado, muy conocido por ser un ardiente crítico del gobierno de Cuba, sea removido de su actual parroquia en Santiago de Cuba hacia una más pequeña, fuera de los predios de Santiago, a 15 kilómetros, en el Cristo, como “premio” a su elocuencia contra los abusos del gobierno cubano.
Las voces discordantes a la tolerancia hacia el abuso son cautelosamente movidas hacia lugares lejanos, fuera del alcance del Santo Padre. Los obstáculos que afean el horizonte cubano se enmascaran, el Papa no los puede ver, y la Iglesia Católica Local ayuda al gobierno en ello.
Ayer mismo se conoció que Ernesto Borges, prisionero político cubano y en huelga de hambre, había suspendido su huelga ante las palabras de Jaime Ortega, “comprometiéndose” a interceder ante las autoridades de Cuba. Demasiadas coincidencias.
¿Por qué se precipito el Cardenal en ir y hablar con Borges a pocos días de la visita del Papa? ¿Por qué no lo hizo con Orlando Zapata o con Wilmar Villar?
Demasiadas coincidencias.
Mientras, el gobierno de Cuba ha corrido la voz de que no continuara el plan de despidos de empleados estatales hasta que la visita de Benedicto XVI pase, y toda la prensa acreditada al evento desaparezca de la isla.
Iglesia y Estado actuando de manera extrañamente semejantes una a otro. Demasiadas coincidencias.
Me pregunto: ¿Qué pasara con las Damas de Blanco si quieren asistir a las misas y las iglesias en los días del Papa en Cuba?
¿También le “celebraran” esas lapidaciones mediáticas de cientos de paramilitares insultándolas y no dejándolas salir de sus casas?
¿Qué diría entonces Ortega al respecto? ¿Se pronunciaría la Iglesia?
¿Qué diría el Cardenal Ortega si agreden a las agrupaciones disidentes, los detienen preventivamente o los amenazan cuando intenten asistir a los lugares públicos donde el Papa va a oficiar misa?
Y más importante de todo: ¿Qué pasaría después?
Cuando era un niño, y visitaba con mis padres la iglesia, recuerdo un dia como un grupito de personas apedreo las ventanas laterales de la iglesia local donde ese domingo nuestro padre cura oficiaba la misa a solo unas pocas personas. El padre detuvo el rito, le dijo con serenidad a todos que mantuviéramos la calma y nos pidió que nos sentáramos hacia los bancos de la derecha del misal, alejados de las ventanas laterales por donde los proyectiles (piedras) se atrevían a entrar rompiendo los bellos cristales de colores.
El padre cura era un hombre ya mayor, las canas adornaban sus sienes y era cubano (de los pocos curas cubanos de entonces), pero con una determinación que solo la fe y el valor puede dar a una persona a esa avanzada edad, salió a la calle y calmadamente, ante los ojos atónitos de los que tiraban piedras (hombres jóvenes) los invito a entrar y a sentarse a escuchar. Les dijo que también miles de años antes a los cristianos les habían tirado piedras por profesar la fe y, sin embargo, la fe aun existía en esa misma tierra acribillada a pedradas.
Sus últimas palabras sonaron proféticas: “estaremos aquí cuando se acaben esas piedras y ustedes nos pedirán perdón por haberlas tirado, ¿no es mucho mejor que comiencen temprano a dejar de tirarlas?
Y volvió pausadamente al servicio religioso. Los que tiraron las piedras desaparecieron y no volvieron a tirarlas.
Hoy la voz del Cardenal Ortega no tiene el valor de enfrentar  las piedras, y quiere incorporar a los que la tiran al templo aun sin el valor sagrado del perdón por haberlas tirado. ¿Se le hace algún favor a la víctima concediéndole la tregua al victimario?
Yo no sé, los valores religiosos actuales escapan a la lógica coherente de mis más íntimos pensamientos, especialmente cuando las pedradas aun siguen abalanzándose sobre los cristales y las personas, y ya no tenemos al viejo cura que interceda ante el victimario.

2 comments:

Anonymous said...

al fin... al fin leo la verdad.. la que yo conoci.... la que vivi,, gracias

Simon-Jose said...

Mi estimado amigo;
Ante todo un saludo.
Y mi reconocimiento por tu articulo, magnifico articulo, que señala el daño que ha hecho, para la imagen interna de los cubanos, el Cardenal Ortega a la Iglesia Catolica Cubana.
Un abrazo cubanisimo;
Simon Jose Marti Bolivar.