Friday, October 28, 2011

Los humanos derechos de los hijos de dictadores

“Los mitos no acuden a la complicidad de nuestra razón, sino a la de nuestros instintos” – André Malraux.
No importa el lugar, espacio, tiempo, las dictaduras comparten los mismos síntomas ideológicos, el mismo carácter de represión a todos los derechos de pensar, opinar y vivir una vida independiente del aparato represor, del autócrata de turno, del individuo devenido divinidad, mito intocable, figura omnipresente en la sociedad paralizada.
En estas sociedades asfixiadas, donde el hombre se mueve como hormiga arrastrando su vida como ese pequeño insecto arrastra un peso 10 veces superior a su verdadera estatura, haciéndole olvidar de paso sus derechos esenciales a la existencia, a la vida personal, puntualmente individualizada, en estas sociedades, repito, el único ciudadano elevado a la categoría humana suelen ser el propio dictador, su entorno de familia, el enjambre de pequeñas figuras oficiales que le tejen su red de poder, lo hacen vivir con estatura de gobierno. Ellos viven la vida que las hormigas no tienen.
Y es así como que ese ciudadano común devenido vocero automático, cabeza "pensante" - simple repetidor -, voz permitida y permisible , sin ningún otro talento personal que su interna o externa conexión con el poder, deviene una categoría diferente, con diferenciado grado de movilidad, relativa independencia y humana libertad, deviene la casta que goza de todos y cada unos de los derechos del enjambre de hormigas que es la sociedad estratificada, por debajo de él.
Y entonces nos aparece este tipo de turista político, que un día se pasea en una carroza del carnaval brasileño, sin ser mediáticamente hermoso, pero divinizado por el aura de su apellido, y su indistinguible “fidelidad” carnal a su familia autócrata. ¿Se acuerdan de Aleida Guevara?
O, tal vez, logran reclamar un papel relativamente moderno, de místico defensor de supuestas minorías como lo es el caso de Mariela Castro. Por supuesto, siempre y cuando esas minorías no se conviertan en herejes políticos y condenen al tío, padre, hermano, sobrino sentado en el trono omnipotente del poder.

El diálogo, sin embargo, es solo un monólogo escuchado en el mundo alejado a la isla, fuera del alcance del común ciudadano. Lejos, muy lejos de los que arrastran la carga de la vida para que seres como estos sirvan su té humanista en occidentales charlas, en alguna lejana Alemania, en la pintoresca Holanda, en la entretenida Europa y la culta sociedad de escuchadores de izquierda, que todo lo aplauden.
Para esos, los derechos del hombre se limitan a su libertad personal, a sus posibilidades puntuales en un país que solo reconoce fidelidades a prueba de sangre, filial se entiende. Son estos hijos de papa, que hablan de libertad de opinión, libertad de criterios, libertades de viajar y hacer un tour en Italia con su esposo extranjero - como el caso de la señora Mariela Castro -, o convertirse en experto beisbolero si se es hijo del hombre que es dueño del team nacional de pelota, como en el caso de Antonio Castro.
Por supuesto, aquí no importan la experiencia y el conocimiento en materia de beisbol. No interesa que no sean diplomáticos de escuela, que solo defiendan el sector homosexual alineadito a la política oficial del gobierno. Por supuesto, no van a defender los derechos gays de Reinaldo Arenas, figura anticastrista por esencia, o de alguna figura que no les reconozca su humano derecho a vivir por encima de otros. Esos, no cuentan, son derechos que no pueden pertenecer a la izquierda.
Estos hijos del poder autócrata defienden sus hermosas casas, su viajes pagados por el gobierno dictatorial, sus hoteles en Jamaica, en campos de golf de turísticos resortes caribeños, las profesionales charlas por Alemania, Europa occidental, o la bolivariana Venezuela donde defienden, a ultranza, el cierre de periódicos independientes, de la oposición, para crear esa libertad finita acotada por los vínculos de sangre que existe en Cuba.
Esos son los humanos derechos que hoy, y ayer, han defendido los hijos y parientes de cualquier dictadura en nuestro planeta tierra. Son iguales, y distintos, quizás porque en el oriente medio, en Libia, viajan y estudian en Londres, o porque les permiten algunos lujos occidentales en Corea del Norte, donde incluso pueden acceder a Twitter, y decir una que otra palabra no “elegante” contra sus padres enraizados hasta la muerte en el trono del poder.
Pero son iguales cuando hablan de los derechos de sí mismos, y por supuestos ignoran el de los demás. Cuando hablan de derechos se refieren a los suyos, no a los de las hormigas trabajadoras que circulan por las calles de un país que ellos no recorren. 

Hablan de los derechos de sus iguales a la altura de su mismo poder, de esos que circulando en sus refrigerados autos por las calles miran desde lejos a los que arrastran su vida a duras penas. Estos que viajan por otras calles, se visten con otras prendas, usan otros peinados y perfumes, no requieren supervisión y pagos de aeropuertos para otros, ni permisos especiales de aduana o largos minutos de esperas en oficinas de emigración para otros, ni documentos que avalen su viaje, o su salida y entrada.
Esos son los otros, los inexistentes. Las hormigas que no necesitan de humanos derechos.
Por supuesto, nada pagan. Un dedo divino salda cuentas y regalos, gastos todos de un turismo político de paseos y charlas. Ignoran limitaciones alimenticias, "bloqueos" de los que complementan sus occidentales charlas y quejas. Viven la aventura del mito que hablaba Malraux, ese que apela a los instintos y no a la razón. A sus instintos de su propia raza levantada sobre las espaldas de otros. A la defensa a ultranza de su “humano” derecho a sobrevivir por encima de la sobrevida de los otros, de ese torrente de pequeñas criaturas que nunca lograrán comprender, ni representar, y que aplastan con gestos y palabras.
Para ellos, para su poder mediático y su palabra divina, la hormiga ese animalito fastidioso pero tremendamente necesario… para pagar sus costosos lujos de libertad limitada. Y así se deben interpretar, sin esperar mucho de ellos, sin siquiera la pequeña esperanza de la humanidad perdida, posible de recuperarse en algún mejor futuro. Sin siquiera hacerles mucho caso a lo que dicen, mas allá de registrar su culpa y recordar, nunca olvidar sus palabras en el posible futuro.
Estos seres son miserables en su rastrera existencia. No viven su propia vida, alargan la de los que le prestaron sus libertades por filiación sanguínea, y tratan de disfrutarla, en toda la extensión de su fisiología, hasta crear del mito sagrado la leyenda necesaria para su subsistencia.
Como decía el escritor francés, acuden a la complicidad de los instintos, no de la razón. Son simples parásitos. Insectos desechables en el tracto intestinal de una sociedad enferma.
O en muy buen cubano… Mierda !!!!

0 comments: