Thursday, October 20, 2011

Gaddafi, Fidel Castro y la humana justicia

Después de leer innumerables reportes de prensa, muchos comentarios en los sitios de los grandes medios de información del mundo, y algún que otra exagerada reacción no oficial de los pocos gobiernos que aún tienen la desfachatez de mostrar alguna simpatía con el ex-dictador libio ante su muerte – prevista por cierto, ya se saben cuales son –, la pregunta que me asalta con inesperada desazón es: ¿es esta la humana manera de buscar justicia a las miles de víctimas que este loco sátrapa torturó, encerró, dejo morir en cárceles y asesinó por el puro goce del poder autocrático?
Por supuesto, no significa que no sienta simpatía con esos millones de personas que este orate oprimió durante 42 años y que durante el día de hoy se han regocijado ante su desaparición. La simpatía es un sentimiento que brota de la simple solidaridad que todos tenemos con las víctimas de los crímenes, de las injusticias humanas, es un sentimiento espontáneo sin lugar al razonamiento frio y calculador. Y mis simpatías están con los que hoy celebran el final del terror en Libia con la caída del símbolo de su larga noche de terror.
Sin embargo, los muertos, las víctimas que ocasionó este ser despreciable, y los meses de incertidumbre, de despreciable propaganda de su aparato de poder y de odio ciego, de muerte y opresión, de crímenes fríos e implacables, merecían algo más que una muerte ante un proyectil, un ataque aéreo imprevisto, o incluso una simple bala perdida.
Más importante que su muerte era hacer justicia. Hoy muerto, sin vida, Gadafi escapó por la puerta más fácil de sus crímenes y ya no sentirá el peso de la justicia humana. Ya las víctimas no tendrán la oportunidad de acusarle sus crímenes, y esa parte de la humanidad que aún desconoce, ignora o sencillamente manipula toda la razón humana detrás de su muerte, no conocerá los abismos de su degradación como hombre, como ser social y como autócrata.
La muerte rápida, veloz de Gadafi me trae el tema de la desaparición natural de las dos caras parecidas del libio en La Habana: los hermanos Castros.
¿Desearíamos los cubanos que estos dos nombres fueran borrados de la lista de los vivos de la misma forma?
¿Sería esta la forma útil de sus muertes?
No puedo hablar por los demás, porque en primer lugar, cada hombre debe hablar por sí mismo frente a los grandes temas de la vida. Pero yo preferiría verlos sentados allí, de frente a un tribunal de justicia internacional, batallando con todos los recursos que un juicio justo ofrece al hombre común, con las mismas circunstancias que cualquier posible criminal debe enfrentar para sostener su vida. Y entonces hacerle justicia a sus víctimas.
Yo preferiría otorgarles a esas víctimas las oportunidades que estos otros dos sátrapas, de la misma naturaleza sicótica del libio, les negó a ellos en vida. A sus familiares, a todos y cada uno de los que han condenado por la simple opinión, por levantar una flor o pensar de alguna forma diferente.
A esos miles de cubanos que han tenido que abandonar a Cuba para tener un futuro, vivir una vida digna. A los miles que han muerto en las azules y peligrosas aguas del Caribe buscando un rumbo lejano a su país de origen. A los que condenó a morir sin un juicio justo, sin la oportunidad de la merecida defensa. A los que han mandado a golpear, detener, lapidar públicamente.
 La justicia no es una bala o un cohete autopropulsado, la justicia es el hombre enfrentado al criminal, denunciando sus abusos, hundiéndolo en sus propios despreciables crímenes, levantándole las capas de esa máscara que ha acumulado con los mitos, las mentiras, la manipulación astuta y el silencio hasta descubrirlos tal y cual son.
Entonces no habría estos “indignados” de la izquierda caviar, sentados en sus cómodos y lujosos hoteles de visita para hablar de abusos, de imperialismos o capitalismos salvajes. Los cultivadores afortunados de Michael Moore, haciendo fortuna con sus libros, filmes y escritos anti-capitalistas mientras guardan celosamente sus billetes en los bancos que condenan.
No podrían existir los Susan Sarandon para llamar al papa Benedicto XVI nazi, o los Sean Penn para reclamar dulces entrevistas con Hugo Chávez y Fidel Castro, mientras hombres y mujeres son encarcelados por portar solo una, o decir una palabra diferente a la de estos salvajes que cabalgan en el lomo de sus pueblos, de la misma forma que lo hace un espécimen parasitario.
Los dictadores son criminales de estado y deben ser juzgados por una corte penal, exhibidos ante su pueblo sus crímenes, denunciados ante los ojos indignos de los que le sirvieron en bandeja de plata su servilismo y traición. La muerte es un recurso demasiado fácil, demasiado oportuno para su criminalidad.
Por eso, y porque mañana esta oleada de tontos útiles estarán culpando a la bala y no al criminal muerto, yo hubiera deseado a Muamar Gadafi sentado en su banquillo de acusado, frente al coro de su pueblo para condenarlo y enviarlo entonces a su muerte merecida.
Y entonces, esos dos viejitos degenerados sentados en La Habana tendrían el show realístico de su verdadera condena… en el futuro.

1 comments:

Mario Riva said...

Coincidimos en la forma de pensar.