Monday, October 10, 2011

Algo está podrido… en Cuba

Es la primerísima frase del “Hamlet” de Shakespeare, un libro que junto a “Macbeth” y “Como gustes” son clásicos de la literatura mundial. Por supuesto, el clásico inglés no hablaba de Cuba ni de Inglaterra sino de Dinamarca, pero si usted lee entre líneas y conoce la historia oculta de mi país, el genio británico de las letras le parece un contemporáneo suyo, mucho más cercano a la realidad que se vive en La Habana que la de muchos escritores que danzan al ritmo del régimen. ¿Conoce algunos?
Confieso que personalmente, y por motivos que no deseo expresar públicamente, he tenido la oportunidad de leer intensamente en los últimos meses, algo que por la vida diaria, las responsabilidades cotidianas y el trabajo a veces se enlentece involuntariamente. Y así he vuelto a deshojar clásicos y libros que en mis días de juventud leí, o no pude leer por ser inaccesibles a mí: prohibidos en Cuba, ignorados por su inexistencia o su inaccesibilidad en las bibliotecas públicas, imposibles de encontrar dondequiera que buscara aun en viejas librerías de uso.
La lectura es una fuente inagotable de ideas, y es el mejor formador de la conciencia y del espíritu humano. Y honestamente pienso, intensamente, que los cubanos deberíamos leer una pequeña camada de libros para tratar de evitar que la tragedia, y el desastre social y económico de mi país ocurra, una vez más, cuando la sombra del castrismo desaparezca de la escena cubana.
Entre ellas están esas obras de Shakespeare que he mencionado. “Hamlet” por ser una extraordinaria advertencia de las consecuencias de un régimen corrupto y podrido. “Macbeth” para recordar como la falta de escrúpulos, la ambición desmedida y la matanza puede llevar a una sociedad de desastre en desastre, de matanza y odio a una sociedad peor. Y “Como gustes” porque nunca es muy tarde para recordar como las mujeres han tenido que disfrazarse de hombres para ejercer sus derechos, aun cuando supuestamente esa sociedad autocrática los “reconoce”… en papel muerto.
Intensamente recomendaría que se leyeran los discursos de Churchill para apreciar profundamente, y en su dimensión, como las palabras atinadas constituyen un arma insustituible para la buena política, como la razón debe y puede imperar sobre el voluntarismo y el desenfreno. Churchill es, además, un ejemplo de cómo el político siempre debe mirar lejos y apreciar mas la razón que la ambición y la excesiva autoestima. Tuvo la extraordinaria capacidad de humildad para aprender de sus propios errores, algo que es poco común en un estadista.
Cabria aquí incluir dos nombres clásicos en nuestra historia insular: el Padre Varela, y Martí. Los dos porque crearon la base espiritual verdaderamente democrática de lo que debería ser la república cubana. Y especialmente Martí, por su inflexible enfrentamiento a la militarización del poder estatal de esa futura república. No en balde la sospechosa desaparición de esas páginas de su cuaderno de memorias en sus encuentros con Gómez y Maceo, días previos a su muerte.
Hay un libro, editado en una muy pequeña edición en Cuba – quizás por la luz que emite sobre la personalidad oculta de Maceo, y sus diferencias con Martí – que recomiendo se encuentre y se lea: “Antonio Maceo, apuntes para una historia de su vida” por José Luciano Franco.
Desde el extraordinario nombre, teniendo en cuenta la inmensa acuciosidad que Franco hace, el libro es un dechado de sencillez y nobleza humana. Tres tomos donde la vida de Maceo es diseccionada día tras día y este excelente historiador, desde la altura de su humildad, solo se atreve a catalogar lo mejor que se ha escrito sobre el cubano hasta hoy día como “apuntes”. ¡Increíble ¡
Recomiendo que lean la extraordinaria carta de Maceo a Gómez al conocer la muerte del Apóstol, específicamente cuando dice: “ya tuvo que morir el hombrecito”. Son lecciones que nuestra historia patria debe recordar, sobre todo a la hora de enfrentar a los caudillos militares, buenos en el campo de batalla, desastrosos en la vida pública de nuestra nación.
Se hace imprescindible leer a Mañach, sobre todo en su polémica con Lezama Lima, para recordar que un artista es también un ciudadano y no puede, ni debe, enclaustrarse en su castillo encantado. Ineludible es su biografía sobre nuestro Martí, “Martí el Apóstol”, para recordar que nuestros héroes y políticos son también, y fueron, hombres de carne y huesos, de emociones y sentimientos, hombres de su época y de su vida y no simples estatuas de mármol.
También recomendaría leer a Nicolás Maquiavelo, sobre todo “Los discursos” ese compendio de ideas sobre la primera década de Tito Livio para tener presente las virtudes republicanas, y esa otra pequeña obra maestra, “El Príncipe”, para no perder de vista que la buena política se hace con buenas armas y buenas leyes. Que no se debe abrumar a la república con una marasmo de legislación y una abrumadora cantidad de leyes innecesarias que la hagan caótica e inmanejable. Y, sobre todo, que si bien para un mandatario a veces es mejor “ser temido que ser amado”, un buen dirigente debe constantemente cuidarse de no ser menospreciado u odiado. Especialmente esta última tiene una vigencia cristalina en nuestra Cuba de hoy.
De Max Weber deberían leer “El político y el científico”, para que no se olvide que la política debe ejercerse con convicción y responsabilidad, y para saber diferenciar entre el mero poder, que esencialmente se puede ejercer de manera arbitraria e ilegítima - ¿suena conocido a los cubanos? – y el ejercicio de la autoridad legítima que debe fundamentarse en la racionalidad y el apego a las leyes justas. Importante ese apellido de “justas”, sobre todo para nosotros en Cuba donde un régimen autocrático nos ha llovido demasiado con leyes inflexibles y arbitrarias, innecesarias.
Hay un filósofo e historiador inglés que ha sido catalogado como “la mente más fina de nuestro tiempo”, me refiero a Isaiah Berlin. Es crucial que se lea a este hombre por lo que aporta a la defensa de la pluralidad, y la crítica al dogmatismo. Hay unas palabras de Berlin muy esclarecedoras. Dice el historiador británico:
“Todas las formas de manipulación de los seres humanos, consiguiéndolo, de tratar de formarlos en contra con tus propios patrones, toda forma de control de pensamiento y de condiciones es, sin embargo, una negación de lo que hace al hombre ser hombre, y de sus propios valores”
Suena conocido, ¿verdad?
Nuestros políticos deberían leer el pensamiento particular y las contribuciones de grandes figuras como Churchill, Roosevelt, Weizmann, Golda Meir e Indira Gandhi. Las biografías y sus propios escritos, en vez de perder su tiempo leyendo best sellers, aunque estos sean recomendados por un Premio Nobel como García Márquez. Desafortunadamente, se escribe muy poco y objetivamente de los hombres y mujeres que han dado forma democrática a las más avanzadas sociedades humanas.
Especialmente recomendaría que se leyera “Alma grande: Mahatma Gandhi y su lucha con la India”, biografía escrita por Joseph Lelyveld que ofrece nueva luz sobre aspectos de la vida del fundador del la India como nación independiente del imperio ingles. El libro de Lelyveld demuestra cuanto de manipulación y maniqueísmo tiene la política cultural cubana en aspectos claves, ignorados conscientemente por las autoridades cubanas a la hora de ofrecer su “imagen” sobre el Gandhi persona. Demuestra también, que las limitaciones personales de los lideres imprimen especial estampa en sus políticas internas y de gobierno.
Sería recomendable que todos leyéramos, con nueva luz, los clásicos latinoamericanos sobre la autocracia: “El señor presidente” de Asturias, “El recurso del método” de Carpentier, un librito menor como “El otoño del patriarca” de García Márquez. Pero sobre todo y lo que, en mi modesta opinión, es lo mejor que se ha escrito dentro de nuestra literatura, “Yo, el Supremo” de Augusto Roa Bastos.
La historia reciente de América en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia demuestra que el peligro de esos caracteres de ficción no está ausente en las democracias latinoamericanas. Por supuesto, no hablo de Cuba aquí, nosotros saltamos de una dictadura a otra. El pueblo de Cuba no tiene instituciones democráticas desde hace mas de 60 años, pero nada es demasiado sobre todo cuando los peligros siempre están latentes con los lideres populistas.
Terminaría este pequeño listado con dos obras de George Orwell, imprescindibles especialmente para los cubanos: “Rebelión en la granja” y “1984”. Indiscutiblemente libros que no se pueden encontrar en mi país, prohibidos, innombrables quizás, porque el mismo sistema social cubano es el retrato que Orwell describe en esos libros. Por lo tanto, incuestionablemente imprescindibles su lectura.
La literatura puede ser usada de muchas formas, e indiscutiblemente existe una conocida bipolaridad en su lectura e influencia espiritual: aquella que se usa para la ilustración, esclarecimiento y explicación del razonamiento humano y social; y aquella que solo se usa para torcer, ejercer el control, doblegar y oscurecer el razonamiento humano.
En Cuba ha sido esta última la que ha estado sentada en el banquillo cultural en los últimos 50 años, y ha ejercido el control censor y obscurantista de la sociedad. Es, con extraordinario absolutismo lo digo, una lección histórica la lectura de las cartas que Fidel Castro escribió durante su estancia en prisión aquellos cortos años en el presidio de Isla de Pinos. Descubre como una mente torcida, ambiciosa y arrogante puede usar el conocimiento humano, el cúmulo de la inteligencia política, social y cultural alcanzada por el hombre, también para hacer mal, para manipular y conocer los resortes para establecer la mas férrea autocracia que el hemisferio occidental ha conocido. Ah, y con “iluminación” decimonónica, necesario es decirlo.
La democrática Cuba del futuro debe encargarse de conocer todo ese acerbo cultural, político y filosófico y dirigir el país hacia la corriente progresista del mundo actual. Cuba no puede aspirar a otra casta de dictadores. 

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