Sunday, January 23, 2011

Una iglesia de rodillas

The ecstasy of St Francis by Francisco de Zurbaran

A juzgar por los acontecimientos, la Iglesia de Cuba se ha convertido del catolicismo cristiano al oficialismo fascineroso de los Castros.

Ya son lejanos los años en que la Iglesia Católica alzaba su voz por la pluralidad en Cuba. Aquellos tiempos en que desde los púlpitos Monseñor Pedro Meurice lanzaba, con su voz de cascabel, la protesta cívico-cristiana por la opresión a la libertad de opinión en la Cuba castrista.

Monseñor Meurice tuvo el valor personal, el extraordinario merito cristiano y la elevada conciencia civica para, frente al hoy monarca de Cuba, lanzar el más vertical ataque al sistema de opresión del castrismo durante la visita del papa Juan Pablo II a Cuba.

Hoy los obispos han cerrado las puertas a la voz de los que sufren por su opinión, su pensamiento y sus creencias en Cuba. Cuando el gobierno lanza miles de cubanos a las calles, los obispos no tienen nada que decirles.

Cuando las últimas migajas sociales que podrían ayudar miserablemente a la población de muy bajos ingresos, sin acceso al dolar, desaparecen sin ningún mecanismo alternativo de apoyo a esos sectores pobres, los obispos no tienen nada que decirles.

Cuando el gobierno lanza al destierro a los presos de conciencias, no solo los obispos no tienen nada que decirles, sino que sólo le ofrecen la puerta abierta a la salida de su terruño como solución a su martirio.

La iglesia ha claudicado ante el castrismo para acceder a lo que perdió en décadas anteriores ante ese mismo castrismo. ¿Ha sido ese el espíritu de la iglesia de Cristo en el mundo martirizado por las dictaduras?

Podríamos recordar a algunos ejemplos de por este hemisferio, pero sólo basta recordar a Monseñor Arnulfo Romero en El Salvador, cuando lanzaba su verbo cristiano contra el sangramiento de la población civil en una guerra entre comunismo y ultraderecha. Solo pudieron callarlo con su asesinato.

En Cuba, desde la partida de Monseñor Meurice hemos tenido menos suerte. Al cardenal Ortega sólo le queda en su escuálido resumé cívico aquella carta pastoral a los inicios de los 90, que no fue nunca de su propia inspiración valga recordarlo. Desde entonces, la voz de la iglesia ha sido el silencio conspirador.

Silencio conspirador para lograr la conformidad del gobierno: un seminario aqui, el acceso irregular de minutos a la radio y la televisión en fechas incidentales, la apertura de premisas religiosas aquí y allá. Me pregunto si estas son razones decentes para el silencio y el torcer de la mirada ante el abuso.

¿Como puede un obispo convivir con la conciencia de que no se habla con el espíritu libre, se cierra los ojos ante la injusticia y no se le brinda el cobijo de protección al perseguido?

Aún durante el régimen de Batista la Iglesia Católica Cubana tuvo obispos que se negaron a confabularse con el tirano. El señor Fidel Castro le debe la vida a uno de ellos. Gracias al obispo de Santiago, monseñor Perez Serantes, el hoy flamante dictador sigue con vida cuando el valiente obispo de santiago presionó a los mandos militares para que se detuviera la masacre de los asaltantes al Moncada.

Por supuesto, el señor Castro demostró después bastante mala memoria y muy poca decencia cuando se sentó en la silla del poder. Lo cual demuestra la corta memoria que tienen los oportunistas y los cobardes.

Hoy la iglesia católica se arrodilla ante las mismas autoridades que expulsaron de Cuba a sus hermanos de confesión. Me pregunto si es esto un elevado mensaje apostólico para que los obispos cubanos se sientan cómodos con su conciencia, su libertad espiritual y su fe en Dios.

Dios me perdone por mis blasfemias y mis malos pensamientos con sus representantes divinos ante la corte castrista en mi país. Otros podrán perdonarles sus pecados… Yo no puedo.

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